1 de mayo 2020 - 13:04

La economía en danza: 20 años no son nada, tal vez para un tango

Es hora de pensar hacer de este un país distinto en materia tributaria, penal, institucional, económica y por sobre todo, en la revalorización que necesite por parte del Estado el ya desgastado y vapuleado sector privado.

Como en el Tango, las malas decisiones tienen siempre un costo y la Argentina no escapará a su propia condena. 

Como en el Tango, las malas decisiones tienen siempre un costo y la Argentina no escapará a su propia condena. 

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La Argentina sigue transitando su eterno camino de la decadencia. Hasta no hace mucho tiempo teníamos una economía estancada, desocupación creciente, inflación descontrolada y un Gobierno que intentaba dejar atrás las atrocidades macristas, atrocidades éstas que no distaban de las que durante 12 años ellos mismos habían pregonado. Un círculo vicioso que (salvando algunas raras excepciones) nos acompaña desde hace décadas y al que hoy le hemos adicionado el más grande drama sanitario del Siglo XXI.

La decadencia poco nos ha importado y al parecer nos importa cada vez menos. En el 2001 salíamos a la calle a pelear por un país mejor, entre aquel corralito que nos anticipaba la confiscación de nuestros ahorros y un gobierno que no correspondía con su gente. Incluso no nos importó el Estado de sitio decretado por aquellos tiempos: optamos por la libertad y por intentar defender nuestra propiedad privada. 20 años no son nada, tal vez para un tango.

La Argentina demuestra que en ese lapso de tiempo uno puede adormecerse, con los somníferos del Estado presente, las ayudas sociales y las promesas de igualdad entre los que se esfuerzan producen y generan riqueza, y los que no solo no lo hacen sino que no tienen la menor intención de hacerlo.

La cuarentena obligatoria no ha traído consigo algunas extrañas sorpresas. Muchos han caído en la cuenta al fin que el sector privado es fundamental en el proceso económico, en la generación de empleo, en el sostenimiento del Estado y en la capacidad para adaptarse a nuevos desafíos: automotrices fabricando respiradores, empresas de cosmética fabricando barbijos y muchos de los ricos malvados donando parte de sus fortunas colaborando con la lucha contra el Covid-19.

Por estas latitudes los aprendizajes forzosos que estamos teniendo en este confinamiento obligatorio son abrumadores: 10% más de pobres no es para nada preocupante, el coronavirus si es capaz de llegar a la Argentina, los presos deben permanecer en libertad y la emisión monetaria no genera inflación.

También aprendimos a que no poder sacar nuestros pesos del banco no se lo llama “corralito” y que los ricos son demasiado ricos y que deben pagar más, siempre más, mucho más.

Aprendimos que un supermercado o una farmacia pueden abrir sus puertas al público gracias a sus estrictos protocolos de prevención, pero que no pueden hacerlo una peluquería, una librería o un bazar.

Aprendimos que el dólar es la moneda de refugio de los especuladores que quieren proteger sus ahorros a costa del pueblo.

Aprendimos también que el peso no vale nada aunque no se entiende bien porqué (a pesar de que un peso de hoy equivalen a un trillón de pesos de hace medio siglo) y que la policía y los médicos están de nuestro lado (sin comprender que siempre lo han estado).

Aprendimos que no podemos estatizar todo el sistema de salud (tal vez solo porque la opinión pública no lo permite), que el Congreso no es una actividad esencial (al menos así lo demuestran sus miembros) y que el libre comercio no es para nosotros.

Aprendimos también que congelar precios por decreto no impide la inflación ni el desabastecimiento pero que por alguna razón vale la pena hacer el esfuerzo de implementar recetas que nunca han funcionado, ni lo harán (nunca, jamás).

Aprendimos que no hemos aprendido casi nada.

¿Qué más aprendimos?

Siempre nuestras decisiones se han basado erróneamente en una cuestión binaria: en este caso, la decisión fue entre salud y economía. Y cuando cegamos nuestras nuestro campo visual y elegimos, lo hacemos mal. Esta vez escogimos solo el camino sanitario sin pensar más allá, cuando debimos haber elegido ambos a la vez, porque lejos de no cruzarse, son caminos que corren prácticamente juntos. Y en ese error que hemos cometido al tomar la decisión, hemos perdido ese eslabón que debió existir entre la pandemia y el futuro.

Ese eslabón significaba la necesidad de pensar hacer de este un país distinto en materia tributaria, penal, institucional, económica y por sobre todo, en la revalorización que necesite por parte del Estado el ya desgastado y vapuleado sector privado.

El mundo ha ayudado en primer término a todos aquellos que pagan impuestos, a los que producen y a los que dan generan y dan empleo cada día de sus vidas. Acá hemos priorizado el gasto en salarios públicos (incluso hemos aumentado algunos de ellos) y en subsidios a los sectores tal vez si más vulnerables pero que también son aquellos que ya vivían gracias a las múltiples ayudas sin contraprestación por parte del Estado.

El resultado no puede ser otro que empresas cerrando, personas sin trabajo y una caída en la economía que pocas veces se podrá ver cuando uno vuelva a revisar la historia económica argentina.

Las malas decisiones tienen siempre un costo y la Argentina no escapará a su propia condena. Por desgracia esa Argentina somos todos los que cada día intentamos hacer un país mejor, en el que destinamos buena parte de nuestro esfuerzo (produciendo, brindando servicios y/o trabajando en un sinfín de actividades) en intentar sostener (desde siempre y a muy duras penas) un Estado que cada vez nos complica más y más el camino que necesitamos transitar para poder seguir adelante.

(*) Analista económico, docente universitario.

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