Orígenes de un imperio en discusión (Primera Parte)

Opiniones

Una autonomía insólita para el mundo colonial y un sector minoritario que se adueñó de la Constitución. El nacimiento de Estados Unidos de América.

“Muéstrenme dónde firmaron Adán y Eva” se quejó el rey francés Francisco I al conocer el tratado de Tordesillas, que dividía el mundo no-cristiano entre España y Portugal. Inglaterra resolvió no hablar tanto y actuar, así fue como fundó su primera colonia americana a la que llamó Virginia.

Lo que comienza en 1607 es una conquista en la que los ingleses no encontraron ni metales preciosos ni mano de obra indígena ni una civilización sobre la que asentar un imperio ultramarino. Entonces, esas colonias se proyectaron como una excelente oportunidad para descomprimir los interminables y sangrientos conflictos internos de Inglaterra enviando a las nuevas tierras a disidentes político-religiosos.

Si Alexis de Tocqueville no pudo separar lo que en la construcción de Estados Unidos correspondió a los ingleses de lo qué correspondió a los puritanos, tampoco podremos nosotros, pero lo cierto es que esa sociedad colonial supo potenciar instituciones tomadas de Inglaterra con el fanatismo de sectas religiosas ansiosas de crear una mundo desde cero. Tampoco está resuelto si esas instituciones trasladadas de la metrópoli a la colonia se remontaban a la Edad Media o nacieron con la Edad Moderna, pero lo cierto es que fueron poderosas desde el comienzo. Un ejemplo de ello fue que las legislaturas coloniales llegaron a destituir a gobernadores designados por el rey.

La Inglaterra del siglo XVII iba de guerra civil en guerra civil (llegando a cortar la cabeza de su rey 140 años antes que los franceses) y no podía ejercer un poder completo sobre sus dominios americanos, los cuales se manejaron con autonomía aunque siempre bajo el amparo de la Armada Real. Entonces, sin quererlo y sin advertirlo, Inglaterra terminó criando a Estados Unidos de la forma correcta que se debe criar a un niño: con la suficiente protección y con la suficiente autonomía. Y para cuando la madre patria (ahora Gran Bretaña) ya había clausurado sus baños de sangre y se estaba convirtiendo en superpotencia, Estados Unidos ya era mayor de edad y no le costó tanto decir adiós cuando mamá insistió en que llegase a casa en horario.

La primera medida que tomó el nuevo país representa el mayor fracaso de Estados Unidos en su política exterior. El primero de los artículos de la “Confederación y Unión Perpetua” de 1777 era la invasión, y por lo tanto la anexión, de la colonia catorce: Canadá. Pero los quebequenses y su Iglesia Católica ya estaban cómodos en su nueva convivencia con Londres y no se les movió un pelo ignorando tanto a los revolucionarios como a sus antigua metrópoli Francia cuando esta se unió a la guerra independentista.

En esa guerra, lo ingleses ya sabían cual era el punto débil de sus provincias rebeldes -y que nunca dejaría de serlo- y buscaron explotarlo; por eso, dispusieron que todos los esclavos que se uniesen a la causa realista serían liberados. Además, quienes fuesen leales a la corona podrían emigrar a una nuevo territorio en Ontario, Canadá, haciendo aún más difícil el segundo intento de anexión al que Estados Unidos se lanzaría treinta y seis años después.

Obtenida la independencia, el país nació no sólo con una enorme deuda -que se creyó no se pagaría nunca- sino con un precario sistema de gobierno que, aunque no impidió el progreso económico, tampoco aseguró cohesión ante las constantes amenazas externas que podrían arrasar con el pequeño y periférico proyecto republicano.

Los sectores financiero y comercial tomaron entonces la iniciativa de matar varios pájaros de un tiro: harían que la deuda -de la que ellos eran acreedores- se pague, crearían un gobierno central fuerte y, prohibiendo que las legislaturas estaduales emitan moneda, le asestarían un tremendo golpe a su adversario que licuaba lo que debía a través de constantes devaluaciones: el sector agrario.

Sin Thomas Jefferson, el principal representante de ese sector agrario (y al que convenientemente dejaron del otro lado del océano como embajador), los conservadores redactaron toda la Constitución. Su mayor interés era limitar la democracia, restringir la participación electoral y quitarles gravitación a las todopoderosas legislaturas estaduales que por 150 años habían sido dueñas del escenario. Así evitaban lo que ellos denominaban “la dictadura de la mayoría” representada en su imaginario por los pequeños y medianos propietarios rurales.

El historiador Charles Beard aseguró que el proceso de ratificación de la Carta Magna no tuvo consenso y que los sectores financiero y comercial la impusieron de diferentes formas poco democráticas en cada estado, llegando a amenazar con la intervención militar a los que se rehusaran a aceptarla. Sin embargo, en algunos distritos sí hubo que convencer a sus electores, como en Nueva York. Por eso fue que se publicaron los textos que hoy conocemos como El Federalista, donde los conservadores de Alexander Hamilton prometían ya en 1788 que, si los neoyorquinos votaban a favor de la creación de un gobierno central fuerte, el país se convertiría en “árbitro de Europa en América”. La palabra “nacional” fue cuidadosamente omitida en el texto constitucional y reemplazada por la mucho menos enfática “federal”.

Hasta aquí mencionamos el gran fracaso externo en el inicio del nuevo país: no pudo anexarse Canadá. La repercusión de ese hecho en el presente es la nada misma. El sistema de defensa estadounidense tiene tanta presencia en Canadá que ni se molesta en ser secreto y el comercio entre ambos aliados está liberado desde 1988.

Por el contrario, si el gran fracaso interno no estalló durante los debates constitucionales fue porque todos los bandos aceptaron sumergirse en agotadores tomas y dacas. ¿Cómo se contarían a los negros e indígenas a la hora de medir la representación en el congreso? ¿La nueva capital del país se emplazaría en un estado libre o en uno esclavista? Ambos asuntos fueron parte de una extensa agenda que tanto el norte como el sur, tanto conservadores como jeffersonianos cruzaban los dedos para que se resolviera naturalmente con la progresiva decadencia de la economía de plantaciones, la cual ya se percibía. Entonces, la cuestión esclavista sería un problema que el simple paso del tiempo llevaría a su superación.

Pero el destino tenía peores planes.

(*) Analista político

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