26 de enero 2021 - 00:00

Orígenes de un imperio en discusión (Segunda Parte)

El nuevo país exprime al máximo los conflictos europeos. Pero la revolución industrial transforma su grieta en abismo.

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1788. Los conservadores que redactaron la Constitución sabían que necesitaban que la aceptara el gran perjudicado, el sector agrario, pero sobre todo su líder, Thomas Jefferson. Los estados del sur mantenían su negativa a la unificación de la deuda a valor nominal, o sea, no querían pagar.

Pero Jefferson prefirió no romper, exigió reformas en la Constitución e hizo un trueque con Hamilton: habría consolidación de la deuda a cambio de que la nueva capital se construyese en territorio sureño y esclavista.

La libre portación de armas, la segunda enmienda, nace de las reformas exigidas por Jefferson, quien no quería que un gobierno manejado por los sectores financiero y comercial tuviese la posibilidad de desarmar y someter a su electorado: los pequeños y medianos propietarios rurales. El que sería el tercer presidente de Estados Unidos pensaba que, cada tanto, un controlado baño de sangre era necesario para mantener las libertades y la democracia. Una idea que nunca dejó de sobrevolar en Estados Unidos hasta el día de hoy.

Entonces ¿fue la derecha la que agregó a la Constitución el derecho a portar armas? La respuesta es no. Por el contrario, quién lo promovió fue el miembro más radicalizado del establishment, al que sus contemporáneos tachaban de “jacobino”.

Por su parte, los conservadores lograron su fin de limitar la democracia: se votaría siempre un día laboral, la cámara más importante del Congreso no tendría representación proporcional y los senadores no serían elegidos directamente por la ciudadanía. Pero el golpe decisivo fue la creación de un colegio electoral, un intermediario para la elección del presidente. Como los estados asignan, casi invariablemente, todos sus electores al ganador, cinco veces ya sucedió (1824, 1878, 1888, 2000 y 2016) que quien gana la presidencia no es el candidato con la mayor cantidad de votos. Les salió redondo hasta la actualidad: las cinco veces benefició al candidato más conservador.

Dos meses y medio antes de que comience la Revolución Francesa, George Washington asumió el recién creado poder ejecutivo. Su gabinete reflejaba la grieta: Hamilton fue a Economía y Jefferson a Cancillería. No duró. Jefferson se fue dando un portazo.

Los conservadores llegaron hasta a suspender la libertad de prensa para evitar que Jefferson llegue a la presidencia. Aún así, en 1800, llegó. Se encontró con una Corte Suprema íntegramente nombrada por sus adversarios. A los jueces opositores entonces se les ocurrió una gran idea: por primer vez empezaron a declarar leyes como inconstitucionales. Esa atribución del poder judicial no figura en la Constitución, era una desagradable novedad para el gobierno de Jefferson, quien otra vez decidió tragarse la bronca y aceptarlo. Así nace la interpretación “constructivista” de la Carta Magna: los jeffersonistas no querían más sorpresas, entonces insistieron en que el texto tenía que interpretarse de manera literal, no expandiendo su “espíritu”. (En la actualidad esa interpretación es sostenida por el bando opuesto: los republicanos argumentan, por ejemplo, que el aborto, consagrado como derecho por la Corte Suprema en 1973, representa “la ilegalidad de legislar desde el poder judicial”.)

¿Cuán lejos llegó la división entre los llamados “padres fundadores”? Muy lejos: el vicepresidente de Jefferson asesinó a Alexander Hamilton, líder del partido opositor.

A pesar de esta tensión al comienzo de su administración, Jefferson resolvió jugar con las reglas de sus adversarios: aceptó continuar sus políticas y no buscó una segunda reelección. De ese modo, le dio el sello de calidad definitivo a lo que había resuelto Washington: la regla no escrita de no más de dos mandatos se respetó por 130 años. Los conservadores habían logrado que no se discuta el 90% de su legado. Recién ahí el sistema quedó firme. Los jeffersonistas estaban aplicando el programa de gobierno de sus adversarios. Como al hacerlo no perdieron a su electorado sino que sumaron buena parte del de los conservadores se produjo una situación casi de partido único. En las elecciones de 1820, por ejemplo, directamente no hubo candidato opositor.

Mientras tanto, las plantaciones de tabaco estaban en decadencia. La legislatura de Virginia llegó a evaluar seriamente abolir la esclavitud. Pero un invento de la revolución industrial arruinaría el tan deseado fin de esa inhumana institución: la desmotadora de algodón. Este invento de 1793 hacía muy rentable la cosecha y exportación de ese cultivo. Estados como Alabama, Georgia y Carolina del Sur estaban en perfecta capacidad de explotar esta innovación. Y así lo hicieron.

Los negros empezaron a ser transportados masivamente al sur profundo. La esclavitud perdió su fecha de vencimiento: nacía otra grieta más terrible en la que, al contrario de lo proyectado, el paso del tiempo sólo hacía que empeore. La prueba está en el endurecimiento de la esclavitud: se prohibió la liberación de los esclavos, se incentivó que no se les enseñe ni a leer ni a escribir, también se profundizó la separación de familias y el trato se hizo cada vez más cruel.

Simultáneamente, en el frente externo se vivían las guerras napoleónicas. Tal vez ningún país se benefició tanto de esos conflictos europeos como Estados Unidos: dejó de pagar su deuda con los franceses argumentando que el verdadero acreedor ahora tenía lamentablemente su cabeza separada de su cuerpo (Luis XVI), duplicó su territorio cuando en 1803 le compró a Napoleón la Luisiana, lanzó a los estados del norte a la industrialización por sustitución de importaciones y reemplazó a los europeos en buena parte del comercio caribeño. Estados Unidos fue cambiando de bando según su conveniencia hasta que finalmente el imperio de la época decidió ponerle los puntos. Tanto se envalentonaron los yanquis que, en coincidencia con un avance francés en Europa, volvieron a proyectar una invasión de Canadá en 1812. Los británicos resolvieron impartirles una dura lección: no sólo los derrotaron sino que prendieron fuego dos símbolos, el Capitolio y la Casa Blanca.

Aún con la derrota en esa guerra, el progreso y la expansión parecían no tener límites. El país crecía, pero la esclavitud también. El norte y el sur eran cada vez más diferentes: el norte necesitaba más inmigrantes alemanes e irlandeses para su industria, el sur necesitaba más esclavos para su economía agroexportadora. El norte no quería más estados esclavistas, el sur no quería más estados libres. Empate.

Ese empate lo resolvieron los nuevos estados del oeste, que eligieron alinearse con el sur llevando en 1828 a la presidencia al primer outsider: el general Andrew Jackson. La clase política tradicional tembló y con razón.

Había ganado el fundador del actual Partido Demócrata, un presidente decididamente pro esclavista, que, como no controlaba la Corte Suprema, no acataba sus fallos; como tampoco controlaba al Banco semiestatal que regulaba el crédito y la moneda, lo cerró.

Durante el segundo mandato de Jackson, arribó un barco al puerto de Nueva York que transportaba a un funcionario francés cuya misión supuestamente era investigar el sistema de cárceles del nuevo país. Lejos de hacer a eso, este intelectual gastó los viáticos en recorrer la nueva república para tratar de entender su sociedad y su sistema de gobierno. ¿Cómo era que la democracia funcionaba en ese país y no en el suyo?

Alexis de Tocqueville, en su viaje de nueve meses por Estados Unidos, se convenció de que las diferencias entre el norte y el sur no tenían ya solución pacífica. Y no se equivocaba.

Haga click aquí para ver la primera parte.

(*) Analísta político.

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