El pasado mes de diciembre, durante la apertura del seminario «El agro en el proyecto nacional», organizado por la diputada María del Carmen Alarcón, del Grupo Pampa Sur, el senador uruguayo por el partido gobernante Jorge Saravia abrió la jornada con palabras que fueron respondidas con una cerrada ovación. El descendiente del legendario caudillo oriental, general Aparicio Saravia, al hablar del origen común, sostuvo que «nuestra relación era mayor que la de hermanos, ya que proveníamos de la misma placenta», en clara referencia al entramado histórico, cultural y de sangre que une en un tronco común a argentinos y uruguayos.
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Gran parte de esta historia es una e indivisible, que se extiende más allá de la independencia de ambas repúblicas del Plata. Ya sea en el período colonial, enfrentando la expansión portuguesa o las invasiones inglesas de 1806 y 1807, ya durante la Guerra de Independencia o el enfrentamiento contra el Imperio del Brasil, ya en nuestras guerras civiles o en el conflicto de la Triple Alianza, el pulso político, social y cultural fue un entramado que jalonó nuestra historia. Peninsulares y criollos, monárquicos y republicanos, unitarios y federales, blancos y colorados, liberales y conservadores, existieron tanto en la Banda Oriental como Occidental del Río de la Plata.
Muestra de ello son los nombres que honran en ciudades y pueblos argentinos a compatriotas orientales y viceversa. En la República hermana, una relevante cantidad de calles, paseos y plazas de ciudades y pueblos recuerdan a nuestros próceres como a efemérides compartidas que tuvieron por actores tanto a orientales como a argentinos. Sólo en Buenos Aires encontramos en sus calles y plazas los nombres de militares y guerreros de nuestra independencia, como también de las guerras civiles y conflictos externos que tuvieron a ambas márgenes del Río a protagonistas como: José Gervasio de Artigas, Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Venancio Flores, Manuel Antonio Artigas, José Albarracín, Justo Germán Bermúdez (que combatió en San Lorenzo), Esteban Bonorino, César Díaz, José María Echandía, Román Rosendo Fernández, Manuel Fraga, Eugenio Garzón, Francisco Maciel, Enrique Martínez, Wenceslao Paunero, Hilarión de la Quintana, Ignacio Rivas, Antonio Saturnino Sánchez, Eusebio Valdenegro y Leal, Nicolás de Vedia, Conrado Villegas, entre otros. También juristas, políticos, historiadores y periodistas son recordados, tales como: Eduardo Acevedo, Manuel de Arrotea, José Batlle y Ordóñez, Francisco Bauzá, Joaquín Campana, Eduardo Couture, Isidoro Demaría, Juan Carlos Gómez, Nicolás Granada, Luis Alberto de Herrera, Andrés Lamas, Alejandro Magariños Cervantes, Pedro Medrano, Agustín de Vedia, Enzo Bordabehere, Eduardo Víctor Haedo. Poetas, escritores y músicos orientales también están presentes en las calles porteñas, como: Francisco Acuña de Figueroa, Adolfo Berro, Bartolomé Hidalgo, Horacio Quiroga, José Enrique Rodó, Juan Zorrilla de San Martín, Juan Manuel Blanes, Enrique Prins o Cayetano Silva (autor de la Marcha de San Lorenzo), por no olvidar al arqueólogo y etnógrafo Samuel Lafone Quevedo, a los actores José y Pablo Podestá, o a los sacerdotes patriotas como Dámaso Larrañaga y Juan Francisco de la Robla, o al salesiano Mario Luis Migone, patagónico por adopción, que terminó sus días misionando en las islas Malvinas. Sólo en estos nombres de orientales como de argentinos presentes en el Uruguay se reflejan páginas de gloria, de tragedias, de sueños homéricos, de sacrificios conjuntos, de victorias y derrotas.
Podrán existir desencuentros, pero los hitos de vida de nuestra historia, abarcativa a ambos pueblos son síntesis jalonada por vivencias compartidas que hicieron Ser a esta porción del sur americano, con un agregado no menor: muchas de las familias son resultante de sangre argentina y oriental. Pretender tratarnos como «extranjeros», como si habláramos de somalíes, bielorrusos o albaneses, sería un dislate, pero, por sobre todo, una muestra profunda de ignorancia sobre nuestro propio pasado. Y es aquí donde la dirigencia política de ambos países debe apelar a las raíces de la Patria común. De no hacerlo, faltaría a la memoria de todos aquellos que tallaron la genealogía común, además de exponer su supina ignorancia, negando algo que no puede deshacerse ni con ideología ni con voluntarismo. La historia es una, los hechos están concretados y los hombres que los forjaron dejaron su impronta con su acción, su pensamiento y hasta con su sangre en campos de batalla, pero también en las artes, la literatura y la ciencia. Por más que se intente no podemos dejar de ser lo que fuimos y, por relación causal, lo que hoy somos.
Al decir del senador Saravia, no está en nuestras posibilidades encontrar una nueva placenta que cobije a argentinos y uruguayos. Este torrente sanguíneo y cultural compartido estará siempre por encima y más allá de los intereses de empresas, de papeleras, de petroquímicas, de productoras de aluminio o del rubro que fueren, ya sean argentinas o uruguayas, o de vecinos devenidos en ambientalistas a los cuales se les ha permitido decidir por todos nosotros en materia de política exterior, algo indelegable en un Estado que se precie de tal.
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