Con motivo de la visita del presidente Lula da Silva,los medios, sobre todo escritos, han desplegado abundantes consideraciones respecto de las relaciones bilaterales entre ambos países, aderezadas con algunas referencias generales sobre el Mercosur. Resulta sorprendente que las reflexiones no destaquen algunos hitos seculares que servirían a una construcción que se despegue de los discursos de circunstancia e instale una estrategia duradera y bilateralmente provechosa.
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Además de haber sido recomendada por el inolvidable Schumpeter junto con la teoría y la estadística para examinar cuestiones económicas, las experiencias históricas enriquecen el accionar de la política y de la diplomacia, porque permiten vislumbrar escenarios y prever acciones y respuestas que «mutatis mutandi» tienden a perpetuarse, sobre todo en el comportamiento de las naciones que, a la hegeliana, buscan resplandecer en la historia. No es casualidad que Lula da Silva apele a Marco Aurelio García, un hombre de la historia, como refuerzo de su gestión, al margen de Itamaraty con su reconocida solvencia profesional.
Hace un par de años presenté un extenso informe en la UBA, donde describía la perseverante y ambiciosa ofensiva de Brasil no ya en América latina, sino sobre el resto del mundo, con el legítimo derecho de ejercer un liderazgo que siempre impacientó a su dirigencia.
Primero, la Imperial hace exactamente dos siglos y después las administraciones republicanas a partir de 1889. De ello se desprenden dos cosas. Primero, que la irrupción de Brasil en la escena global no es nueva, ni remotamente. Segundo, que los enfoques de política económica que prescindan de los antecedentes históricos de Brasil están fuertemente limitados si lo que se busca es extraer beneficios pacíficos y equitativos. Las distancias entre las palabras y las concreciones lo confirman cotidianamente.
Incursiones
En 1810 «La Gaceta» dirigida por Mariano Moreno denunció incursiones brasileñas en el Ibicuy no precisamente con intenciones turísticas. El destino inicial del Uruguay no es ajeno a las pretensiones de Brasil, diplomacia británica mediante, para evitar que la Argentina ejerza sus intereses por derecho propio sobre el vasto y rico espacio de la Cuenca del Plata. La caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, como lo reconoció el mismo Sarmiento enjuiciando severamente al General Urquiza, lo mismo que la guerra de la Triple Alianza, no fueron episodios ajenos al interés del Imperio. Finalmente, los desencuentros de Estanislao Zeballos con la astuta diplomacia del Barón de Rio Branco tampoco respondieron a fuerzas empujadas por el destino. Fueron la miopía y la deserción nacional frente a los móviles expansivos de Brasil las causas motoras de resultados que hoy sorprenden como si fueran ajenos a la voluntad política del vecino ascendente.
Supone una gran ingenuidad afirmar como lo ha hecho la Cancillería argentina que «El Mercosur ha demostrado ser el principal instrumento de inserción internacional de nuestros países». En rigor de verdad, como lo sostengo desde el Tratado de Asunción, el Mercosur, y aclaro que no está mal como expresión de política nacional, ha sido una poderosa herramienta al servicio de la dinámica expansión internacional de Brasil. Tan es así, que sin la unión aduanera de marras, Brasil instaló, por no citar sino a insignias, a Petrobras en una treintena de países y supo consagrar su producción aeronáutica allí donde hubiera un aeropuerto. Ahora bien, la aspiración actual de convertirse en granero del mundo, sin abandonar un ambicioso enfoque desarrollista con objetivos científicostecnológicos de alta calificación, lo confirma. La actitud en la reciente Ronda Doha también lo ratifica.
Después de la malograda reunión celebrada en Mar del Plata en noviembre de 2005 para articular un sistema americano más ambicioso, entre los agravios al presidente Bush y los ejercicios retóricos paralelos del presidente Chávez, Brasil resultó ser el gran ganador. A partir de ese momento los cumplidos norteamericanos aceleraron la influencia de Lula en la región y mayor presencia en el mundo. En mayo de 2008 Brasil ganó una apelación ante la OMC contra los EE.UU. por subsidios a sus productores de algodón. Resultado: podría imponer sanciones por más de mil millones de dólares por año. Un reciente acuerdo de asistencia técnica agropecuaria a Cuba lo confirma, al igual que la pacífica asociación entre Petrobras y la rusa Gazpron.
Empuje
El proyecto de corredor bioceánico que partiría desde Porto Alegre atravesando cuatro provincias argentinas hasta llegar a La Serena en Chile, muestra el formidable empuje estratégico que complementa otra iniciativa para salir también al Pacífico por Perú. Luego la pertenencia a los emergentes denominados Bric con Rusia, India y China, además del Grupo de los 20, con encuentros periódicos con Sudáfrica, amplía una esfera de influencia que parece pasar inadvertida a los aturdidos dirigentes que se entretienen en intrascendentes diferendos internos. Las serias advertencias susurradas en los oídos de Evo Morales en ocasión de amenazar con la privatización mal compensada de Petrobras en Bolivia, también impusieron una impronta que empieza a ser inconfundible. Brasil tiene prioridad y recibe el gas comprometido a un precio inferior al que factura a la Argentina. Evidentemente nuestra confusión es enorme.
Cuando se reprocha a Lula su alineamiento unilateral con los países desarrollados en la reciente Ronda Doha por fuera del Mercosur, respondió que «Brasil es un país soberano» y confirma el estilo secular aquí presentado.
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