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Cómo fue el plan agropecuario de la dictadura y qué impacto tuvo
Poco duró
Eduardo
Lonardi como
presidente de
facto tras la
caída de Juan
Perón. Juró
en setiembre
(en la foto,
junto al
escribano de
Gobierno,
Jorge Garrido,
y al
almirante
Isaac Rojas),
y el 13 de
noviembre
fue destituido
y reemplazado
por Pedro
Eugenio
Aramburu
(der.).
Por otra parte, Lonardi, con su apotegma de «ni vencedores ni vencidos», intentó desarrollar una política de paz social y reconciliación nacional. Un «antiperonismo con métodos peronistas», como escribió Miguel Pruneda en «Esto Es», de la semana del 15 al 21 de noviembre de 1955.
Para llevar adelante esa política, el jefe militar de la Revolución Libertadora contaba con dos «tutores»: el general Justo León Bengoa como ministro de Ejército (quien se negó a hacer « purgas» en la Fuerza) y Luis B. Cerruti Costa, titular de Trabajo y Previsión, que había sido hasta su asunción asesor de la Unión Obrera Metalúrgica y le garantizaba una «aceitada» relación con los gremios.
Esta guía, suerte de transición no traumática entre el peronismo y su gobierno y que había comenzado con el otorgamiento del salvoconducto a Perón para viajar al Paraguay rumbo al exilio, tenía a juicio de sus oponentes un «talón de Aquiles»: los personajes escogidos por Lonardi para ejecutarla, por caso, su cuñado Clemente Villada Achaval, arraigado nacionalista católico, entre otros.
Mario Amadeo, canciller de Lonardi, recuerda en su libro «Ayer, hoy, mañana» que «el escalonamiento de las designaciones permitió advertir desde el primer momento que el gabinete ministerial no se compondría de figuras pertenecientes a partidos políticos» y a los efectos de compensarlos designó embajadores a Adolfo Vicchi (Inglaterra), Emilio Donato del Carril (Unión Soviética) y Alfredo Palacios (Uruguay) y tal como señala Amadeo «estaba en trámite al salir del ministerio la designación de otro dirigente conservador en un país americano».
Ese era Felipe Yofre, mi padre, en el Paraguay, donde tuvo que superar escollos que le interpusieron sus antiguos y liberales adversarios del Partido Demócrata que no le perdonaban la entrevista con Perón en 1953 en pro de la pacificación (y que quien esto escribe desarrollase extensamente en Ambito Financiero el 5 de julio de 2004).
Bien recuerda Lucio García del Solar que «esa reunión de voluntades ideológicamente dispares que hubiera debido constituir el umbral de la unión nacional sin vencedores ni vencidos resultó tirada de los pelos y, por ende, de corta duración». El relevo de Bengoa el 8 de noviembre y su reemplazo por Arturo Osorio Arana, interventor federal en Buenos Aires, desataron la crisis que se consumó en una reunión celebrada la noche del 12 en Olivos con el presidente, donde le exigieron la eliminación de Villada Achaval, el mayor Juan Francisco Guevara, el general Juan José Uranga y el recién nombrado ministro del Interior, Luis María de Pablo Pardo, quien no pudo asumir porque Carlos Muñiz, subsecretario de Eduardo Busso, su antecesor, trabó las puertas de entrada a los despachos con sillones y otros muebles.
Años después, José Deheza (efímero ministro de Defensa de Isabel Perón), casado con Marta Lonardi y mi vecino en un antiguo piso de la calle Riobamba, me narró en «Pink Gin» el contrapunto de su suegro con el general Jorge Videla Balaguer (había sido distinguido tiempo antes con la medalla de «la lealtad peronista») que le contestó muy suelto de cuerpo: «Señor, yo crucé las aguas del Jordán y me purifiqué». A lo que Lonardi le respondió que «el doctor De Pablo Pardo no tuvo necesidad de cruzar el Jordán porque siempre estuvo del otro lado». «Resulta paradójico -afirmó Lonardi en esa reunión en Olivos- que se erijan en sus jueces hombres que hasta hace tres meses fueron peronistas, y sólo reaccionaron cuando Perón atacó a la Iglesia.» Y mirando al contralmirante Samuel Toranzo Calderón y al jefe de la custodia presidencial, les dijo: «Sepan que están en libertad, junto con los compañeros de cárcel o de exilio, gracias a la decisión y valentía del mayor Guevara».
Después de parlamentos ríspidos con altos oficiales de las Fuerzas Armadas y que comenzaron sin demanda de relevo al presidente Lonardi, se le notificó la renuncia de la Junta Consultiva y también la que presentaría luego la Corte Suprema en discrepancia con los acontecimientos políticos. A la madrugada llegó Villada Achaval con Bengoa y le pidió que adoptase medidas de fuerza para conjurar la rebelión, a lo que Lonardi se negó y se fue a descansar cerca de las 8 del domingo 13. A las 10 se apersonaron los ministros militares exigiéndole la dimisión: «Señor general: debo manifestarle, en nombre de las Fuerzas Armadas, que ha perdido su confianza y exigen su renuncia. Otorgan sólo cinco minutos para presentarla», le dijo Osorio Arana.
En un primer momento, Lonardi concedió para luego resistirla apersonándose incluso a la Casa de Gobierno, previo a alejarse del cargo. En el despacho presidencial tuvo que escuchar el «paternal» consejo del general Julio Lagos: «He volado desde Mendoza, al tener conocimiento de lo que pasa, para recomendarle un renunciamiento sanmartiniano». La respuesta fue muy dura y en voz alta. Bien se conocen los sucesos que acontecieron «a posteriori».
El 13 de noviembre asumió como presidente Aramburu. Lonardi sufrió el mismo destino que el general Arturo Rawson. Ambos encabezaron revoluciones. Rawson el 4 de junio de 1943, Lonardi el 16 de setiembre de 1955. Para los supersticiosos: ambos tenían 59 años y los dos cumplieron años el día que iniciaban sus movimientos militares para deponer a los gobiernos técnicamente constitucionales.



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