La deuda y el valor
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• Obsesión
La Argentina no encuentra su camino de vuelta al mundo. Adopta una actitud ofendida, como si nuestras desgracias fueran la consecuencia de actos de conspiración, perpetrados por acreedores o por empresas que apostaron su suerte al futuro argentino. Obsesionados por la deuda, nos concentramos en obtener la mayor quita posible, la menor tasa de interés y la menor garantía, acusando a los acreedores de haber prestado, formulando ofertas dignas de un país que ha sufrido una devastación nuclear y ya no tiene casi ningún futuro. Al mismo tiempo, persistimos en no cumplir con la palabra empe-ñada. Gracias a esto, estamos involucrados en un número récord de litigios ante los tribunales arbitrales internacionales. Así nos internamos más en el concepto de deuda y nos alejamos más del concepto de valor, y por ello del mundo: a nadie le interesa un país que solamente tiene deudas. Si la Argentina quiere reestructurar sus compromisos, paradójicamente debe dejar de centrar su acción en la deuda y debe poner el énfasis en el valor.
Nuestro país soportó dos grandes crisis, en 1890 y en 1930. La primera, fruto de sus propios problemas; y la segunda, por la crisis internacional de 1929. De ambas salió fortalecido, haciendo lo contrario de lo que hoy hace: mostró al mundo el gran país que era, su capacidad para producir, sobre la base de una mirada hacia adelante. En 1890 proyectó el sistema ferroviario, el puerto de Buenos Aires, imaginó convertir «el desierto» en pampa húmeda, abrió sus puertas a la inmigración y aseguró las garantías de su Constitución y la educación para todos los inmigrantes. En 1930, proyectó un enorme plan de infraestructura configurado por la red nacional de caminos, los nuevos puertos y la red nacional de elevadores de granos, redoblando su apuesta.
En los dos casos, la seriedad de la propuesta argentina entusiasmó al mundo, con un ciclo de inversión y de crecimiento sin precedentes. Por supuesto que la Argentina negoció su deuda, pero no le hizo falta soñar con conspiraciones, ni acusar a los acreedores, ni proponer quitas rayanas en la confiscación. Los mercados volvieron a creer en el valor argentino, y se reanudó el círculo virtuoso, que es el presupuesto de un stock de deuda: los mercados demandaron otra vez títulos argentinos, y la Argentina pagó, como los países que tienen valor, con nuevos títulos que colocaba.
Siguiendo estos ejemplos podemos salir de la postración actual, formulando una propuesta de crecimiento, basada en un profundo mejoramiento institucional, que haga creíble nuestro Derecho, hoy vapuleado. Se deben reconstruir instituciones fundamentales, la defensa, la seguridad, la Justicia, la educación, y definir para siempre la estructura monetaria y la independencia del Banco Central.
Debemos desarrollar un gran proyecto de infraestructura, que incluya las grandes obras transformadoras de nuestro país, para que crezca el agro, la industria y los servicios, con las inversiones asociadas del sector privado, que multiplicarán la actividad económica. Debemos ocuparnos menos de lo que falta, de la deuda, de lo que no tenemos y más de nuestras potencialidades, de la capacidad como sociedad para crecer, terminando los conflictos existentes con distintos actores de la economía. Un proyecto que incluya y no que excluya, que perdone y no que condene, que cimentado en la confianza en las instituciones y en el Derecho lance a nuestro país hacia un futuro de inversión y de producción. En suma, debemos restaurar el valor de la Argentina. Solamente se sale de una profunda crisis con una gran esperanza.
Valor, según el diccionario de la Real Academia, es la cualidad del ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. Esta es la cualidad que hoy necesitamos desesperadamente.
* Abogado




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