El mundo parece estar pisando una vez más el acelerador, sin preocuparse mucho de la burbuja inmobiliaria, de las elecciones en EE.UU. o de los altibajos del precio del petróleo.
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Los mercados están en plena euforia, y los gerentes de fondos de inversión, que no creyeron en una recuperación tan rápida de éstos, se ven presionados a invertir a precios mucho más altos que en agosto pasado. Las compañías siguen publicando resultados excelentes, alimentados por continuas reestructuraciones.
Cada anuncio de despido masivo es festejado por la Bolsa en una forma que tiene algo de cínico. Las grandes operaciones financieras se suceden, las fusiones de sociedades son siempre el mejor pretexto para reducir gastos (o sea: proceder a más despidos). El capital, disponible con una excedencia jamás vista, está siendo invertido en la automatización, la racionalización y en el aumento de la productividad.
Paradigma
Se ha generado un paradigma: hoy los mayores inversionistas del mundo son los fondos de jubilación, que día tras día levantan billones que tienen que colocar de alguna forma. Tienen que garantizar las futuras prestaciones prometidas y se han acostumbrado a tomar un rol activo en las empresas en las cuales invierten, poniendo a los directorios bajo presión para que logren mejores resultados. Estos, lo acabamos de ver, pueden ser aumentados sólo reduciendo los gastos, o sea, reduciendo la masa salarial. En otras palabras: con el pago de las contribuciones de jubilación, los empleados les dan tanto poder a los fondos de pensión que, con el pretexto de poder cumplir con ellos, acaban haciéndolos despedir. Ni la imaginación de Kafka habría logrado tanto. Las empresas occidentales pueden darse el lujo de dejar en la calle a miles de personas con la conciencia tranquila: los gobiernos se harán cargo de los despedidos, los alimentarán primero como desempleados y luego como casos sociales si se da la situación.
China
Otros países no pueden permitirse despidos. En China cada día se están generando 200.000 nuevos puestos de trabajo. China, como la India, tiene que crecer; no le queda otra alternativa. Tiene que incluir en el mundo económico al máximo número posible de sus habitantes. Si no lo lograra, el riesgo sería un estallido social sin precedentes, ya que más de las dos terceras partes de la población sigue viviendo en la miseria. Sólo el año pasado hubo 87.000 casos de «levantamientos populares».
¿Qué ha cambiado?: probablemente, el nivel de instrucción ha mejorado y el alcance de la información -gracias a la publicidad y la informática- está penetrando en los rincones más remotos de los países. Hasta el miserable, hoy, es martillado por la propaganda de productos que -él es bien consciente- no logrará comprar nunca si no cambia su estatus social. Pero existe el miedo de que se estén repitiendo los errores que llevaron a la burbuja de Internet. ¿Será China otra burbuja inmensa? ¿El cuento chino? ¿O de verdad estamos sólo ante el comienzo de un ciclo económico con nuevas, enormes y muy lucrativas oportunidades de inversión? ¿O se trata de un nuevo paradigma, como el de arriba, donde el que invierte al final es castigado? La impresión de quien escribe es que esto no es una burbuja, es real. Las implicaciones van a ser maravillosas para la humanidad, de un lado, y devastadoras para el planeta, de otro.
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