La fábrica argentina de inconsistencias
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Las recomendaciones de política macroeconómica de esta visión son en cierto sentido bastante claras: abandonar la búsqueda de un tipo de cambio real por encima del equilibrio para ayudar a hacer converger los precios, y reducir la expansión del gasto público para detener la tendencia a la apreciación cambiaria y fortalecer la solvencia fiscal. Pero más allá de las recomendaciones, quedan algunos interrogantes referidos a la relevancia de este diagnóstico para explicar la inflación dado que el enfoque es casi agnóstico respecto del rol de la aceleración de la actividad económica y la presión salarial. Otro interrogante no menor para la relevancia del argumento se refiere a cuál es verdaderamente la situación de tipo de cambio real de equilibrio de la Argentina. Lo importante aquí es formarse una idea de qué tipo de cambio real es sostenible para un país con un alto grado de endeudamiento y una visible aprehensión hacia el capital privado extranjero como la Argentina post-2002.
La macroeconomía de tener que apoyarse en el ahorro interno por muchos años es el elemento más contundente para pensar en el tipo de cambio real de la Argentina. Pero también lo es la cuestión energética si lo que estamos viendo es una caída permanente de las exportaciones y, algo que yo he argumentado, una pérdida de la base de recursos naturales que obliga a aumentar los requisitos de capital de la economía para compensar la menor disponibilidad a futuro de gas natural. Si vamos a generar energía eléctrica con menos gas natural, entonces cualquier alternativa nos lleva a más capital (por ejemplo, para generar energía hidráulica y nuclear) y por esta vía a un tipo de cambio real de equilibrio más alto. En la jerga macro, la Argentina tiene en energía lo opuesto a la enfermedad holandesa.
Sabemos que la Argentina es por su historia una máquina de fabricarse inconsistencias macroeconómicas. Pero la que se está fabricando ahora, me parece, no es por no querer dejar caer el tipo de cambio nominal, sino que viene de algo más estructural y profundo. Es porque el requisito de un tipo de cambio real más alto es inconsistente con la puja distributiva provocada por la bonanza de los precios internacionales, el pleno empleo y la consecuente expansión de los salarios reales y, pari pasu, del gasto público nacional y provincial.
Una de las lecciones poco aprendidas de los 90 es que el gasto público es bastante más endógeno (a los precios relativos y la suba del salario real) de lo que normalmente se cree y que controlar el gasto requiere de un diseño institucional que la Argentina nunca pudo implementar. Si el milagro macroeconómico argentino en lo fiscal no se debe a una reforma fiscal y sí, en cambio, a la «operación» de bajar los salarios reales con la devaluación, entonces aceptemos que cualquier puja como la que estamos viendo por mayores salarios hace intrínsecamente endógeno el gasto público. Si además la crisis de gobernabilidad contractual aleja al sector privado del financiamiento de la infraestructura, el gasto público tiene que subir vertiginosamente porque la inversión pública, explícita o implícita, va a ser convocada a cubrir el vacío. Esto es lo que estamos y vamos a estar viendo en materia de gasto público y no quedan otros «drivers», ya que lo previsional entra en la categoría del gasto social alimentado por la puja distributiva. Querer hacer un mini-2002 de vez en cuando, dejando ir el tipo de cambio para corregir las cuentas fiscales luce hoy, con pleno empleo, muy inflacionario.
Es curioso ver cómo diagnósticos disímiles en cuanto a las causas de la inflación y los roles del gasto público y la crisis energética convergen en recomendaciones similares en cuanto a la solicitud de prudencia fiscal. Es que semejante empuje del gasto público asusta a cualquiera que piense constructivamente en la estabilidad macroeconómica del país.
Pero como se argumentó, el gasto público no nace de un repollo del despacho del Ejecutivo o del recinto del Congreso (si bien esto último, y no lo primero, sería lo normal); tiene vida propia otorgada por un número amplio de razones estructurales asociadas a un genoma social-distributivo de larga data y arraigado en la cultura del país. Más vale que en la concertación propuesta, si gana el oficialismo, se entienda esto y se tenga conciencia de que no va a haber paz macro-financiera por mucho tiempo más si continuamos fabricando inconsistencias macroeconómicas.




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