La FUBA, entre la moral y la ciencia
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Entre 1999 y 2004 publicamos tan sólo 45 trabajos originales en las diez revistas más importantes de biomedicina del mundo (0,27% del total). La Argentina produce menos que la mitad de ciencia que Brasil; nuestra producción científica no aumenta desde hace cuatro años, tiempo durante el cual en Brasil se duplicó; ningún argentino figura entre los cincuenta investigadores médicos más citados del mundo (y nos llenamos la boca con el «nivel de la medicina argentina»); nuestros aportes científicos son escasamente citados por colegas de la comunidad global, y por cada investigador viviendo en el país hay dos en el exterior.
La FUBA corporativiza la universidad, y eso es entendible. La raíz misma del fenómeno universitario es gremial. En el latín medieval la palabra «universitas» venía a significar algo así como «la totalidad de...» o «todos los...», o «la suma de...». Podía hablarse de la universitas de panaderos, o la universitas de carpinteros, o de la «universidad de maestros» de París, que no fue otra cosa que la corporación de los maestros y alumnos de filosofía, lógica y teología, que enseñaban en tabernas y departamentitos del pobre «barrio latino».
El gremio medieval era una institución profundamente docente con autoridades elegidas en forma bastante democrática. De hecho el rector de la universidad de París era un alumno y los mismos estudiantes se encargaban de los programas y la disciplina. Luego, el gobierno estudiantil no es nada extraño al espíritu universitario. Lo que sí es extraño es el reclamo moralino y la falta de diálogo. Con esto muere el propio gremialismo, lo que podemos constatar de manera experimental en nuestro territorio nacional.
FUBA y Consejo equivocaron los fundamentos de la misión política de lo universitario. Cuando los pensadores del Iluminismo demostraron que el progreso del conocimiento va de la mano del progreso en la política, allí nació la universidad moderna. El Iluminismo intentó reestructurar la vida política e intelectual de manera que cayese bajo la supervisión de la filosofía y la ciencia. Así, la educación superior proveyó los fundamentos para la democracia liberal y fue reservorio de sus principios. Pero esto a condición de comprometerse con la verdad científica, cosa que, según las afirmaciones de nuestros investigadores más relevantes, aquí se olvida. El principal aporte de la universidad a la vida política nacional viene de su misión científica y no de su «piqueterización».




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