En la mañana del pasado sábado 23 de junio, S.S. Benedicto XVI desarrolló dos actividades sin duda vinculadas. Primero recibió al todavía primer ministro británico, Tony Blair, con quien seguramente habrá hablado de la anunciada conversión al catolicismo del político inglés. Inmediatamente después recibió, en el Aula Paulo VI, a los más de mil profesores universitarios que concurrieron al «Encuentro europeo de docentes universitarios», del que tuve el honor de participar como expositor en el área temática jurídica. La conversión del líder laborista tiene un significado muy especial. El sistema político inglés todavía conserva sus viejos prejuicios anticatólicos, «antipapistas», como ellos dicen. De confirmarse su conversión, Blair no podrá aspirar nuevamente al cargo de primer ministro, ni a ningún otro de importancia significativa: lo impediría una norma no escrita pero de total vigencia. Tal circunstancia subraya la autenticidad de la conversión, quizá ya ocurrida, dado que los rumores señalan que Blair escuchaba misa y comulgaba en su casa, acompañado por su esposa e hijas, todas católicas. Sin duda que son muchas las personas que, diariamente, se convierten a la fe católica, aun ya en su edad madura, como también son muchas las que la abandonan, a veces hasta de hecho sin saberlo.
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Pero la conducta de un líder político, de un gobernante, siempre tiene un efecto de resonancia pública. Es, en gran medida, un hecho simbólico. En este caso simboliza y representa la adhesión a la fe por parte de una de las personas más importantes del mundo. Es un testimonio, para todos, de que la Iglesia sigue siendo una madre atractiva y acogedora, y para cada uno de nosotros, la confirmación de que no estamos solos en el esfuerzo, y la dicha, de sostener una «locura» cada vez más «políticamente incorrecta».
El encuentro de los profesores universitarios europeos fue convocado por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas para discutir, en el nivel de excelencia, la cuestión de «Un nuevo humanismo para Europa». Se trata también de un hecho, además de académico, testimonial. Europa fue el espacio cultural del más grande humanismo, pero podría estar marchando hoy hacia formas sutiles, pero profundas, de deshumanización. Sobre aquella cuestión trató el discurso que el Papa -también profesor universitario- dirigió al millar de profesores que lo escuchaban. Precisamente, dijo Benedicto XVI, lo que está, o debería estar hoy en el centro del debate es «la cuestión del hombre», que se encuentra inmerso en la «crisis de la modernidad», y su intento de cerrarse a lo trascendente. La respuesta a esa crisis, con la posibilidad de ampliar el espacio «de la idea de racionalidad» y con «la contribución que el cristianismo puede dar al humanismo del futuro», fue el tema central del discurso del Papa y también del debate académico del encuentro, que se desarrolló por áreas temáticas correspondientes a las distintas ciencias que tratan del hombre, en todas las universidades de Roma. En definitiva, la universidad es una creación de Europa en general y de la Iglesia en particular, o bien de Europa con la Iglesia y de la Iglesia con Europa. Es en la unidad del saber que la universidad debe promover y garantizar la vía en que Europa y el mundo podrán superar el relativismo que tiende a «deshumanizar» a la cultura moderna.
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