Los cambios en la maternidad y las nuevas formas de ser padre, madre e hijo

Opiniones

La familia es una organización en permanente reconfiguración, sujeta también a los movimientos de la trama socio-histórica en la cual está inmersa. Vienen bien algunas reflexiones acerca de la maternidad de nuestro tiempo.

El que nos toca, sin duda, es un momento de profundo cambio de paradigmas en relación a la crianza. Las formas de maternar han ido cambiando a través de la historia de la Humanidad y lo siguen haciendo en función de un mundo en permanente transformación. En épocas anteriores no existía el concepto de infancia, así como tampoco nociones respecto del cuidado de los niños.

Fue en parte, gracias al psicoanálisis -ciencia que se encargó de estudiar al niño que hay en el adulto- que se delimitó esta etapa. A partir de este “invento científico” de Sigmund Freud y quienes continuaron sus investigaciones, se puso de relieve la importancia de los cuidados infantiles por parte de los padres. Se dio lugar a la estimulación del vínculo temprano (sobre todo con la madre) y se consideró la incidencia de estas vicisitudes en la conformación de la futura personalidad. Winnicott realizó valiosos aportes.

maternidad

Nos habló, por ejemplo, de la “preocupación maternal primaria”, para aludir al estado que experimenta la madre durante el embarazo y el parto, entregándose por completo al cuidado de su bebé. Tanto es así que éste parece formar parte de ella, lo que ha llevado a Winnicot a decir que “el bebé no existe”, ya que al inicio sólo existe la pareja madre-lactante. No obstante esto, una madre “suficientemente buena” -según su denominación- sería aquella que se permite ir “fallando” cuidadosa y gradualmente para que el niño pueda ir tolerando las frustraciones ambientales y para favorecer su progresiva individuación.

Sabemos que la maternidad modifica profunda e irreversiblemente la psiquis de la madre y que la llegada de un hijo activa aspectos de su personalidad que de otra manera nunca saldrían a la luz. También se dice que no basta con engendrarlo y parirlo, sino que es necesario “adoptarlo” y alojarlo emocionalmente, siendo quizás éste el factor crucial, más allá de que la filiación sea o no biológica.

Se conocen también aspectos maternales presentes tanto en mujeres como en varones y se habla de “función materna” más allá del género desde el cual ésta se ejerza. Y es un hecho que la crianza hoy es generalmente compartida, siendo necesario para el sano desarrollo psicológico de los hijos que el padre (o quien cumpla o represente este rol) esté presente, sobre todo, dentro de la mente de la madre.

Se han producido también, en los últimos tiempos, importantes modificaciones en algunas leyes y en las formas de nombrar las relaciones entre padres/madres e hijos, que sin duda tienen -o tendrán- fuerte incidencia en la vida familiar: en vez de “patria potestad” se dice “responsabilidad parental” y en lugar de “tenencia” (del hijo) se dice “cuidado personal”. Se introduce la figura de los progenitores “afines” para reemplazar la despectiva denominación de “padrastro” y “madrastra”.

Ha cambiado la forma de inscribirse y nombrarse frente a la sociedad en el matrimonio: cualquiera de los cónyuges puede ahora optar por usar el apellido del otro con la preposición “de” o sin ella.

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Además, los hijos pueden llevar el apellido del padre, de la madre o ambos. Hasta antes de esta reforma, el apellido materno “se perdía” para el hijo -y con éste también un signo que formaba parte de su identidad-. Paradójicamente, en la vida familiar, los hijos “pertenecían” a la madre quedando el padre en posición periférica y en lugar de visitante, en caso de separación. Ya no se menciona la preferencia materna al momento de otorgar el cuidado personal de los hijos, aunque sean pequeños.

Hoy se considera, por ejemplo, que las funciones materna y paterna no necesariamente están ligadas al género de los padres, ni a cuerpos que sostengan géneros acordes a los mismos, sino que ambos podrían ejercer estas funciones. Se sabe de la existencia de elementos masculinos y femeninos presentes tanto en el hombre como en la mujer que son fundamentales para la crianza del hijo. Se estudia desde otras perspectivas la presencia del deseo de hijo en el varón, a diferencia de lo que sucedía antes, cuando se pensaba que pertenecía sólo al campo de lo femenino. Podemos hablar entonces de la emergencia de nuevas formas de ser padre, madre y de ser hijo (neoparentalidades y neofiliaciones). Cada una modifica a la otra.

El deseo de hijo es la base sobre la que se construye la historia del hijo por nacer. Se interpreta como “voluntad de procrear”. Pero una mirada “compleja” de la maternidad da cuenta de que el engendramiento de un hijo no produce automáticamente su correlato afectivo y no siempre está ligado al deseo de criarlo. Podríamos pensar que el sentimiento de maternidad se construye, no puede atribuirse únicamente a cuestiones del orden del instinto. O en todo caso, si pensáramos que existe solamente un instinto materno, tenemos abundantes muestras de que sentir al hijo como propio es un proceso mutuo, de ida y vuelta, sujeto a distintas vicisitudes, entre las cuales tiene enorme incidencia la relación con el otro progenitor, la historia de la madre como hija, las circunstancias del engendramiento, la etapa evolutiva por la que atraviesa la gestante, el sostén familiar y social que posea, etc.

Patricia Alkolombre -miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina- en su libro “Deseo de hijo, pasión de hijo”, por ejemplo, diferencia entre “deseo de hijo” y “deseo de embarazo”. En el primero la madre concibe al hijo como un ser discriminado de ella y puede renunciar a “poseerlo”. En el segundo ésta lo necesita para “ser con él”, impidiéndole un crecimiento autónomo. También se habla de “pasión de hijo”, cuando su búsqueda tiene una intensidad inusual, aún al precio de la autodestrucción o de la destrucción de la pareja.

Es decir, que son diferentes deseos y posiciones, para una mujer, los que pueden llevarla a la concepción de un hijo, a transcurrir el embarazo y a sentirse en condiciones de criarlo y “narcisizarlo”. Narciso es el mítico personaje cuya leyenda representa el amor que el ser humano se prodiga a sí mismo. El término “narcisismo” ha sido utilizado con frecuencia por el psicoanálisis para asociarlo a aquellos procesos emocionales en los que se pone en juego la autoestima, el orgullo, la capacidad de amar y de verse reflejado en los propios productos.

¿Por qué los padres mienten a los hijos?

Freud se refiere al hijo como “Su Majestad el Bebé” en alusión a la sobreestimación que por lo general caracteriza la actitud de los padres hacia los hijos. “Narcisizar” a un niño, por lo tanto, forma parte de la crianza e implica amarlo, mostrarle interés y, de esa forma, apuntalar su autoestima y consolidar su identidad. Yo agrego, a partir de mi experiencia en el trabajo con familias en conflicto, que para que el psiquismo de los hijos se desarrolle saludablemente es necesario también que éstos puedan respetar y admirar a sus padres. Tienen que poder verlos como “Sus Majestades los Padres”, cada uno -madre y padre-, a su vez, habilitado en esa posición por el otro.

Considero a la familia como una organización en permanente reconfiguración, sujeta también a los movimientos de la trama socio-histórica en la cual está inmersa. El vínculo madre-hijo ha sido uno de los que se ha puesto más en tensión por las vicisitudes que acompañaron -y aún acompañan- a la pandemia, creando nuevos desafíos para la crianza. Ser mamá en tiempos de pandemia no ha sido tarea fácil: entre la crisis y la resiliencia seguramente dejarán sus improntas el encierro, el home-office, el home schooling, el esfuerzo por mantener los ritmos y las rutinas y a la vez la construcción de herramientas para afrontar un mundo en profunda transformación.

Lic. en psicología. Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Especialista en parejas y familias. Asesora del Depto. de pareja y familia de A.P.A.

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