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En esa reunión, el Ejército Argentino, sorprendía en su afán de estructurar nuevas políticas de colaboración verdaderamente innovadoras. Se trataba de eliminar, paulatinamente, las políticas de confrontación basadas en hipótesis de conflicto por otras de confianza mutua. Así, podrían alcanzarse objetivos compartidos por varios países o incluso aunar esfuerzos en torno a fines regionales, consolidando los esfuerzos para mantener la soberanía de cada Estado-Nación. Aceptada la iniciativa de nuestro Ejército se fueron marcando acciones de otras fuerzas y los respectivos ministerios de Defensa se ocuparon de pulirlas para convertirlas en experiencia propia.
Con el paso de los años, se profundizó la colaboración y la cooperación permitiendo el desarrollo de tareas educativas, ejercicios de instrucción, controles y acciones operacionales, operaciones militares de paz -como la misión de paz americana que, en 1995, contribuyó al cese del conflicto entre Perú y Ecuador-entre otras. Asimismo, favoreció intercambios de personas, tropas y experiencias militares que luego se volcaron a una doctrina de empleo cada vez más compatibilizada.
Simultáneamente, los ministros de Defensa y de Relaciones Exteriores abrazaron la idea de un Centro de Prevención de Conflictos, aporte inicial para un mejor aprovechamiento de recursos tendientes a asociar esfuerzos entre los países de la región y a instaurar temas que fomentaran la creciente confianza mutua.
Las operaciones militares de paz, las tareas de ayuda humanitaria y la coordinación ante catástrofes fueron, para los ejércitos de tierra, los mecanismos más idóneos. A través de ellos pudieron compartir misiones reales y ejercicios -en el gabinete o en el terreno-brasileños, uruguayos, chilenos, paraguayos, bolivianos y argentinos, en diversas partes del mundo.
Procesos similares ocurrieron en las demás fuerzas armadas hasta que llegaron a organizarse, como no podía ser de otra manera, reuniones de ministros a nivel continental y regional así como lo hicieron también los jefes de estados mayores de la región (Mercosur más Chile y Bolivia).
La actual misión en Haití consolida esta tendencia y parece indicar el momento de avanzar hacia una integración aún mayor. La preparación, adiestramiento y empleo combinado, es decir de tropas de dos o más países, deberían reducir los costos de recursos y optimizarlos en forma simultánea. Los centros de formación de fuerzas de paz, podrían especializarse regionalmente atendiendo las necesidades comunes y evitando reiteraciones que sólo satisfacen intereses parciales. La coordinación de las industrias de defensa que, en todos los casos, son de empleo dual (civil y militar) y en varios países atañen al ámbito privado, ampliarían sus potenciales mercados. En este orden de cosas, la investigación y el desarrollo recibirían impulsos ciertos y se enriquecería la experiencia al sumar los aportes de los diversos estados regionales. El paso siguiente sería, entonces, una mayor participación, tanto de las tropas (Cascos Azules) que acuden a mitigar los flagelos que sacuden a la humanidad como de los cargos directivos de la ONU y de los registros de proveedores de efectos logísticos.
Esta misma ligazón de las estructuras de defensa del Mercosur podría implementarse también en casos de catástrofes naturales. Inundaciones, terremotos, derrumbes, erupciones de volcanes e inclusive accidentes químicos, sabotajes o actos terroristas, se verían favorecidos por la intervención de medios especializados que hoy en día se repiten en el interior de cada país y en países vecinos. De hecho, ante este tipo de desastres, la ayuda humanitaria y solidaria aparece generalmente como un gesto mediático, un montaje fílmico más que como un servicio eficiente y efectivo en pro del bienestar general. De nada sirve, por ejemplo, que los aviones con frazadas y sueros partan raudos si no pueden luego verificarse los resultados.
Muchas veces se convoca para una determinada acción pero surgen imponderables que ameritan la participación de los contingentes militares en otros campos. Esto ha sucedido, sin ir más lejos, en Haití tras el paso del huracán Jeanne. Los 614 efectivos debieron pasar a desempeñar funciones en un marco sustancialmente más complejo que el originalmente previsto. De allí, la trascendencia de una instrucción y un equipamiento considerablemente especializado para poder desempeñarse con eficiencia, ligando estructuras de defensa.
La región ha discutido, durante años, la conveniencia de los pactos, tratados y acuerdos entre naciones, así como las ventajas y desventajas de la seguridad «colectiva» o « cooperativa». La primera se entiende como una integración y la subordinación de todas las fuerzas empleadas, a un solo comando, supuestamente ejercido por el o los países más desarrollados. La segunda, como coordinaciones y esfuerzos en similares niveles de participación, según los criterios nacionales ratificados para cada caso en particular.
Hoy, en el continente, ya ha sido aceptada la idea de la «seguridad cooperativa». La palabra «asociación» es utilizada como eufemismo o como un inexacto sinónimo de «integración» a fin de evitar recelos y suspicacias, pero nada más. Para que esta idea sea verdaderamente operativa, y posibilite los beneficios que imaginaron sus teóricos, debería comenzarse con una mínima célula de coordinación regional dedicada a la cooperación en casos de catástrofes así como en operaciones militares de paz.
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