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En ese sentido, es importante recordar que las principales potencias del mundo contemporáneo recurrieron a la obra pública para salir eficazmente de la depresión económica y social que las asolaba con motivo de la crisis del '30 (Estados Unidos) y de la posguerra (Alemania, Japón).
Es que la obra pública -a pesar de estar computada, en el presupuesto estatal, como un gastoconstituye una inversión importantísima en el orden económico y social, una herramienta fundamental para construir una prosperidad sustentable, como no me he cansado de pregonar durante mi anterior gestión a cargo del Ministerio de Obras y Servicios Públicos de la provincia de Buenos Aires y en la Secretaría de Obras Públicas de la Nación, y como no me canso de hacerlo ahora, en mi carácter de presidente de la Comisión de Obras Públicas de la H. Cámara de Diputados de la Nación.
En efecto, la obra pública activa la economía y, por ende, disminuye la desocupación, en forma directa y también indirecta (por ejemplo, está probado que por cada tres operarios que trabajan en la construcción de viviendas, otras dos personas obtienen beneficios laborales indirectamente), ya que no sólo utiliza gran cantidad de trabajadores -los cuales vuelcan sus jornales a la economía doméstica-, sino que, además, moviliza diversos rubros del comercio y la industria de la construcción. Se trata del llamado efecto multiplicador, en toda la actividad económica y también social, que es generado por la inversión en obra pública. Puede concluirse, entonces, que
Humildemente, también me permito traer a colación un proyecto de ley que he presentado durante este año, que tiene por objeto disponer que
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