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Algo similar ocurre en sociedades más modernas, enfrentadas con la riqueza fácil de sus recursos naturales. En nuestro caso, fue la riqueza agropecuaria de principios del siglo XX la que convalidó la idea de que el éxito económico no estaba asociado al esfuerzo personal, sino a la herencia de la tierra. Un caso actual son los países petroleros.
La segunda explicación de las diferencias culturales es la religión. El progreso material es más importante en sociedades influidas por el cristianismo protestante, el judaísmo y el confucianismo oriental, que enfatizan las virtudes del esfuerzo, la frugalidad y la responsabilidad personal. Las religiones que atacan el materialismo y ponen las expectativas en el otro mundo, no transmiten valores culturales que incentiven la realización personal y el progreso.
La tesis institucional sostiene la preexistencia de una democracia como condición necesaria para el crecimiento económico. Es el ejemplo americano el que sugiere que la democracia con división de poderes es la causa original del crecimiento. La idea básica es que los derechos de propiedad, esenciales para el proceso de inversión, sólo pueden ser garantizados con gobiernos limitados por la división de poderes y la efectiva vigencia del estado de derecho.
Nuestra historia reciente nos indica, sin embargo, que no cualquier democracia puede garantizar los derechos de propiedad. Las defraudaciones pueden ocurrir en democracias que adoptan políticas económicas equivocadas o que tienen poderes legislativos y judiciales dependientes.
La pregunta de fondo es si una democracia con gobiernos limitados, estado de derecho y respeto por la propiedad puede existir en cualquier contexto cultural.
Existe evidencia para argumentar que las instituciones democráticas y republicanas, más que la causa del desarrollo, son consecuencia de culturas benignas preexistentes o que evolucionan positivamente con el mismo crecimiento económico.
La tesis cultural y la institucional no son suficientes. La cultural no puede explicar casos como los de Corea del Norte y Corea del Sur, en donde las condiciones culturales iniciales eran idénticas antes de 1950, y sin embargo, ambas partes han tenido resultados económicos polares.
La tesis institucional también tiene sus limitaciones. Las democracias con división de poderes no son las únicas que se desarrollan. China crece extraordinariamente con un gobierno autoritario del mismo Partido Comunista de Mao. Esto apoya la tesis ideológica, que sostiene que el crecimiento económico se explica fundamentalmente por la aplicación de ideas económicas liberales, que favorecen el libre comercio y una limitada y benigna intervención del Estado. Más que las instituciones políticas, son las instituciones económicas del liberalismo las que aceleran el crecimiento.
Estados Unidos es un ejemplo de que las condiciones óptimas para el crecimiento ocurren cuando coinciden una cultura apropiada, una democracia limitada y republicana y una ideología económica liberal.
Pero, ¿es posible el desarrollo cuando no se conjugan todas las condiciones? China atestigua que es posible. Allí se combina una cultura apropiada (el confucianismo) con la ideología económica apropiada (el liberalismo) y ambas logran crecer incluso sin los valores democráticos occidentales.
Aún gobiernos dictatoriales generan confianza en el respeto a los derechos de propiedad. Esto es así porque los gobiernos dictatoriales orientales son estables. Una vez que se opta por el liberalismo económico, es el mismo éxito económico la garantía de facto de que las reglas de juego no cambiarán y los derechos de propiedad serán respetados.
¿Es posible el desarrollo aun cuando las condiciones culturales no sean las óptimas? La Argentina, a partir de 1853, fue un intento exitoso de impulsar el desarrollo con ideas económicas liberales e institucionalidad política, a pesar de que la cultura preexistente no era propicia. Un cúmulo de factores externos (la gran depresión y la influencia fascista) e internos (un crecimiento muy concentrado y una cultura facilista) terminó con el modelo liberal, que fue reemplazado por el populismo político y el intervencionismo económico.
Chile, a partir de 1973, es un ejemplo más reciente en donde se intenta el desarrollo comenzando por el liberalismo económico, sin democracia y en un contexto cultural latinoamericano.
En el siglo XXI ya no será posible experimentar con imposiciones dictatoriales en contra de la opinión pública.
La democracia universal está para quedarse, y por lo tanto, los valores culturales medios serán determinantes del voto y del camino que los países elijan.
La Argentina en particular parece entrampada en un círculo vicioso que no tiene salida. Existen sólo pocos elementos para la esperanza. La demanda por progreso económico es cada vez más universal y la influencia de lo religioso es cada vez menor. Es también posible que la globalización y las comunicaciones hagan cada vez más evidente que los países que progresan son aquellos que incentivan el esfuerzo individual y evitan el distribucionismo que ahuyenta capitales. Sería así posible que, frente a los fracasos por venir, la opinión pública deje de apoyar a políticos populistas e intereses económicos que rechazan el comercio y la globalización.




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