21 de septiembre 2021 - 11:09

Primaveras en pandemia: entre el duelo y la resiliencia

La primavera es la estación en que todo rebrota. Se produce la floración, los deshielos, el fin de la hibernación. En el imaginario social funciona como una metáfora de la renovación de la vida, la alegría y la vitalidad.

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Heraldo

Cuenta la leyenda que Perséfone (hija de Zeus y Deméter, diosa de la primavera) fue raptada por Hades (dios del inframundo y de la muerte) quien se había enamorado de ella. Su madre abandonó el Olimpo para buscarla desesperadamente, ocasionando que se resecara la tierra y se malograran las cosechas. Frente a este panorama, Zeus logró llegar a un acuerdo con Hades para que su hija permaneciera seis meses en el averno y seis meses en la tierra.

Desde entonces, Perséfone –como una semilla- pasa unos pocos meses del año debajo de la tierra con Hades. Este es el período de tristeza de Deméter que coincide con los oscuros meses de invierno. Pero cuando llega el momento en que Perséfone vuelve con su madre, la diosa trae de vuelta la luz y el calor y la tierra se regocija en abundancia. Así se representaban los pueblos de la Antigüedad los poderes de la naturaleza y sus ciclos, la muerte y la resurrección, problemáticas estas últimas que el catolicismo ha plasmado en la historia de Jesús.

La primavera es la estación en que todo rebrota. En esta época del año se produce la floración de las plantas, los deshielos, el despertar de los animales en hibernación, etc. En el imaginario social funciona como una metáfora de la renovación de la vida, la alegría y la vitalidad. Quienes trabajamos en el ámbito “psi” sabemos de la incidencia que tiene el clima y la época del año en el estado anímico de las personas. También conocemos aquello que retorna “cíclicamente” en el psiquismo con efectos que el psicoanálisis identifica como “tanáticos”, en los que debemos saber encontrar diferencias -aunque sean mínimas- para habilitar formas de elaboración y cambio. La que viene, será la segunda primavera que transcurrimos en pandemia. ¿Qué traerá esta vez?

Primavera

En el contexto actual, la realidad externa se presenta con inusitada potencia y con efecto disruptivo. Hallamos afectos ligados al duelo -no sólo como proceso individual sino también como proceso social- vinculados a toda una serie de pérdidas (de seres queridos, de cierta estabilidad en relación a la salud, de libertad en la deambulación y en la vida social, de alguna posibilidad de predicción económica, de formas de trabajo y producción tradicionales, de ciertos rituales, etc.). Pero también observamos la emergencia permanente de conductas resilientes y creativas y la activación de nuevas “versiones” de las personas.

Por ejemplo, la pandemia y sus vicisitudes, han sido un poderoso estímulo para la curiosidad. Se han presentado como motor de numerosos interrogantes acerca del presente y futuro de la Humanidad, el cuidado del Planeta, la vida y la muerte, el arte, la religión, la salud física y mental de las poblaciones, etc. Continúan surgiendo producciones literarias y se observa un avance vertiginoso en la tecnología y en las ciencias, uno de cuyos productos más valiosos, sin duda, fue la creación de vacunas en tiempo récord. Nos enfrentamos a la paradoja de un movimiento intenso que conmueve los basamentos de lo humano: por un lado destruye y por otro crea. Y produce cambios en los paradigmas imperantes.

En un mundo en acelerada transformación la incertidumbre parece haberse elevado a la categoría de principio regulador: “Es previsible que suceda lo imprevisible”, dice Janine Puget.

La sociedad bascula entre el duelo y la resiliencia. La palabra “resiliencia” circula mucho en estos tiempos. Coloquialmente decimos que se trata de la capacidad de transformar lo traumático y doloroso en fuerza impulsora. Proviene del latín “resilio”, que quiere decir “volver de un salto”, “rebotar”.

Uno de los primeros psicoanalistas en usar esta palabra fue John Bowlby, quien resaltando el papel del apego en la génesis de la resiliencia la definió así : “Resorte moral, cualidad de una persona que no se desanima, que no se deja abatir”.

Ricardo Rodulfo advierte de los riesgos de banalizar esta palabra y señala el error de considerarla como el poder para ampliar aún más el conformismo y la adaptación. Nada más lejos de esta idea.

Trae el ejemplo de Beethoven, quien para salir adelante tuvo que hacer algo con su dolor (con su sordera y la violencia padecida en su infancia), “sacar el dolor del dolor”, es decir, lo contrario de una adaptación. La resiliencia no viene de afuera. Aparece como emergente espontáneo, como respuesta activa y creadora, aunque no siempre logre “la solución”. Va de la mano de “lo suplementario”, de lo que no estaba antes. Es lo que suple y a la vez, resiste. Y se gesta entre “más de uno” en combinación con la potencialidad de un acontecimiento de engendrar, añadir, causar algo nuevo, inédito, no “pre” dispuesto.

Utilizando la metáfora de la primavera en un mundo convulsionado: la diferencia radica en si predomina la espera de que vuelva “lo anterior”, lo “conocido”, erigiendo el pasado en el ideal -perspectiva desde la cual todo lo nuevo resultaría insuficiente, defectuoso o estéril- o el ensayo de ir creando terrenos fértiles para nuevas siembras y cosechas. Y permitir transformaciones a través de la “curiosidad” -sostenida en el coraje, al decir de J. Puget- como “un funcionamiento mental permanentemente activo y, por lo tanto, inacabable, que abre a la inmensidad contenida en la relación consigo mismo, entre dos o más y con el mundo”.

Lic. en psicología. Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Especialista en parejas y familias. Asesora del Depto. de pareja y familia de A.P.A.

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