La salud de Adrián Di Blasi: Te pido otro grito de gol

Opiniones

El relator de radio y televisión está en una sala de terapia intensiva como consecuencia de una neumonía bilateral que se profundizó por un positivo de Covid-19.

Su relato es visceral. A veces, nervioso. De a ratos protestón, quejoso. Cada tanto, poético. Siempre, emotivo. Esa mixtura narrada con lengua sencilla, definitivamente, está afincada en centro del corazón de la cultura popular conurbana. Hace 30 años está allí. Inalterable. Como un prócer que no se la cree y sigue escribiendo nuevas páginas que serán evocadas en un futuro no tan lejano.

Porque, hay que dejarlo dicho desde ahora, en su patria, la del barrio, la de las cuadras que siguen al río y llegan hasta las avenidas donde veredas y asfalto tienen la misma altura, su voz y su temperamento forman parte de la cotidianeidad de sus vecinos con una centralidad indisimulable.

Y reflexionando sobre la patria, si es cierto aquello de que la patria es la infancia, entonces este hombre, este hombre es nuestra patria. La de los que nos definimos quilmeños. O, si prefiere, cerveceros. Lo escuchamos desde pibitos. Tratando de conocer las nuevas incorporaciones en las temporadas de pases. Intentando hallar palabras que describan nuestra bronca ante una nueva frustración. Consiguiendo términos reconocibles que, sin embargo, se nos escapaban del vocabulario, para sentir la felicidad ante aquellos pocos pero intensos momentos de gloria que nos ha deparado el decano del fútbol argentino.

¿Quién no hizo propio el ruego agónico “por el amor de tu santa madre” para emplearlo en sus propias peleas? ¿Quién no utiliza la expresión “avanzamos en la carpeta” para simplemente indicar que hay que seguir, que no podemos quedarnos parados de por vida? ¿Y “el barba”, para referirse al de arriba? Se lo escuchamos a él antes que al Diego.

Y así, sin darnos cuenta, hasta nuestra musicalidad a veces se tiñe con las inflexiones de su voz. Luego, y ahora que lo escribo lo entiendo con claridad, este Señor, así, con mayúsculas, es parte sustancial de la identidad de miles. Aún de los que se han enojado con él.

Aquí hago un punto aparte. Hay que dejarlo dicho. Hay mucha gente que dice no quererlo. Parece tener buena prensa, para cierto sector de nuestra población, alardear que no lo bancan. No reconocerlo como el prócer que es, da la talla de sus aspiraciones. Entonces, nuestro hombre es ordinario, grasa, chabacano y mentiroso. Y le pifian, che. De cabo a rabo. Y yo creo que, en el silencio de sus conciencias, lo saben.

Siempre fue fiel a sus verdades. Y en esto de las verdades, no vamos a descubrir ahora que no hay una única verdad revelada en lo que son las pasiones, las sociedades, los amores. Son interpretaciones de los hechos, en definitiva. Y el gordo (sí, el Señor sobre el que estoy escribiendo es gordo, rotundamente gordo) es de verdades terminantes. Las suyas. Las que defiende con oraciones incendiarias y honestidad intelectual brutal.

Una vez le dije que cuando la hinchada le dedica la estrofa de la adaptación de la bella canción de Callejeros en términos que parecen injuriosos, en verdad lo están enalteciendo. Me refiero a aquella “Al fin va a decir la verdad el gordo de la radio”. Él se sonrojó y prefirió cambiar de tema. Los pueblos, a veces, tienen esa forma de expresarse. Reconocen a alguien nombrándolo, adjudicándole algún desliz, pero destacándolo sobre el resto. Son muy pocos los que entran en la historia. Nuestro gordo, que ya sabemos que trabaja en una radio y relata, está en un podio de selectos. Con el gordo Muñoz y Víctor Hugo (algunos que peinamos canas nos acordamos bien del “llora el gordito Muñoz, llora también Tatatá”). Y eso, por más que la frase que la hinchada eligió sea falsa, porque, repito, siempre dijo sus verdades, esa canción es un rotundo halago, tal vez una coronación.

Este hombre, emblema de nuestros colores, ha dejado jirones de su vida por nuestra causa. Cuenta con pérdidas familiares dolorosas en el trayecto. Su hermano. Muerto en un incidente vial cuando iban, juntos, a relatar al viejo y querido Quilmes en esos viajes interminables por la Argentina profunda. A Adrián no le pueden contar lo que es darlo todo por la azul y blanca.

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La televisión y las radios nacionales lo vinieron a buscar para llevar su registro a todos los hogares de la nación. Y el gordo fue. Con su profesionalismo y con su carisma. La única condición que puso es que no le asignaran partidos los días que jugaba Quilmes. Por más que creció en popularidad y traspasó las fronteras de la General Paz, el gordo siempre siguió leal a los suyos. A los nuestros.

Para ellos es Adrián Di Blasi. Para nosotros, el gordito, el gordo, Adrián. Nuestro prócer. ¿Qué es un prócer sino alguien que por sus acciones ha dejado huella en sus contemporáneos y ha marcado hitos y epopeyas que forjan la identidad de los pueblos?

Todavía lo recuerdo con sus cachetes redondos y sus ojitos como semillas, envuelto en un saco bordó enorme, cuando pasaba los partidos de Quilmes, jugando en el añejo Nacional B, por Canal 7 de Cablevisión Sur. Una foto que circuló hace un año y monedas da cuenta de su compromiso profesional. El gordo con un sombrero de lana relatando un partido del cervecero en el hosco frío invernal de una platea mendocina.

En estas horas aciagas, evoco la cortina de uno de sus programas de radio, me animo y, ya que nos dio tanto, le pido otro grito de gol.

(*) Texto publicado en la Revista Indios Quilmes, Edición Nº 406.

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