«Los éxitos que obtiene una política económica bajo ciertas circunstancias no necesariamente sirven para anticipar nuevos éxitos cuando se debe enfrentar un contexto diferente». Podría ser ésta una excelente síntesis de la historia económica de la Argentina. El último ejemplo palpable fue la convertibilidad, un instrumento apropiado (aunque hoy la mayoría lo calle) para abatir drásticamente 5.000% de inflación y motorizar el cambio organizacional positivo que se produjo desde 1991 hasta 1994. Es más, aguantó la recesión del tequila en el 95 y hasta permitió sacarle jugo al buen contexto internacional 96-97 creciendo otra vez a tasas generosas. Sin embargo, la misma convertibilidad, que gozaba de altísima popularidad en la sociedad que mira resultados, dejó de ser un instrumento apropiado para enfrentar el nuevo contexto internacional posdevaluación en Brasil, súper dólar mundial, caída de precios internacionales y aversión a mandar capitales a países emergentes.
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Hoy resulta fácil decir que a la convertibilidad habría que haberle dado gracias por los servicios prestados cuando estaba en su mejor momento y que se debió haber inaugurado una nueva etapa superadora que, como mínimo requería un tipo de cambio más alto. Pero en el momento del «enamoramiento» y cuando los resultados son buenos se hace difícil gatillar ese cambio superador.
Desde lo estrictamente económico, como fecha tope debió haber sido en enero de 1999 con la devaluación brasileña; desde lo político, en enero de 2000 había una oportunidad con la asunción del nuevo gobierno electo, también converso a la convertibilidad. Sin embargo, ni el equipo económico ortodoxo de Menem ni el heterodoxo de De la Rúa tuvieron esta intuición (unos, por la convicción e ideología de «dolarizo antes que devalúo», los otros, por «sobreactuar la búsqueda de credibilidad» armando un programa contractivo en plena recesión con deflación). Al final, el programa económico sólo fue cambiado cuando lo impusieron las circunstancias. Así se repitió la historia argentina. A partir de allí nació el actual período histórico que definiéramos como compuesto en partes iguales por herencia, aprovechando todas las inversiones legadas de la década del 90, suerte porque le tocó el mejor contexto internacional de las últimas décadas, y mérito de haber implementado un programa macroeconómico impulsador de la demanda agregada que generó por tres años, hasta 2005 un desenlace reactivador sin inflación. Tipo de cambio alto, con superávit comercial y superávit fiscal, política monetaria expansiva y tasas de interés bajas fue la receta apropiada y una verdadera lección para reactivar la economía, por supuesto de la mano de un ciclo brillante. La reactivación fue entonces el «caballo adelante del carro» de todas las restantes variables que estaban con grandes problemas y mejoraron «endógenamente» gracias a la reactivacióny no al revés.
Si en 2002 la preocupación se hubiera concentrado en sobreactuar reformas estructurales sin poner el acento en la reactivación, probablemente hubiera fracasado. Después de cinco años, la mayor crítica a la reactivación actual sigue siendo desaprovechar el momento de oro para encontrar soluciones de fondo que, con vacas flacas, serían más difíciles de implementar. Los enamoramientos se repiten. Cuando la cosa anda bien, cuando se patea de cualquier lado y la pelota siempre entra, cuesta hacer cambios. Pero ahora, comparado con el inicio impecable del nuevo período histórico, han cambiado algunas cosas del contexto local. Apareció la tasa de inflación que, en el mundo se mantiene en 3% anual y en la Argentina «coquetea» con dos dígitos. El gobierno cree en el concepto de benignidad, entendida como que mientras se siga creciendo con inflación «baja», no pasa nada. Y dado que, en las encuestas se percibe aún que desempleo y salariosbajos «rankean» como preocupación por arriba de una inflación de dos dígitos, cualquier cambio o actitud preventiva es dejada de lado, lo que es peligroso a futuro.
Se ensayan justificaciones fuera de lugar, como que los precios suben porque llueve mucho o porque llueve poco, por oligopolios o mercados concentrados, cuando en todas partes del mundo la inflación es un fenómeno fundamentalmente macroeconómico. Por supuesto que existen factores adicionales pero que no son de carácter permanente y juegan en uno y otro sentido. Si bien no hay una única causa puntual, la inflación es la sumatoria de una política macroeconómica que agita demanda interna y el consumo como cuando hace tres años había capacidad ociosa, alto desempleo y convenía aumentar volúmenes y no precios.
Otra vez, como ha ocurrido en cien años de historia, el contexto hoy ha cambiado, no para tragedia o explosión. Nada más que es diferente que cuando el programa empezó. El tipo de cambio alto, sobre todo contra los vecinos y otras monedas, la política monetaria todavía expansiva dado que coexiste con el deseado resurgir del crédito, tasas de interés que alientan el consumo más que el ahorro, la explosión del gasto público que va a niveles récord nunca vistos, los salarios que suben más que la productividad, son todos factores que generan presiones de precios, ya sean importadas del contexto internacional como acumuladas de factores internos.
Todo presiona para el mismo lado: fuerte demanda sin contrapartida de oferta. Los controles de precios, las prohibiciones de exportar, el congelamiento de tarifas y transporte y los subsidios son paliativos, casi equivalentes a todas las cosas que se intentaban para aguantar el 1 a 1 y evitar el reemplazo de la convertibilidad. Un salto superador sería una nueva etapa de la política económica, no significaría cambiar todo sino adecuar los instrumentos a un nuevo contexto diferente a cuando el programa empezó. No hacerlo lleva a correr el riesgo de que la realidad (en este caso inflacionaria y no cambiaria) se imponga por sobre los logros obtenidos. Mientras el contexto internacional sea favorable y haya superávit fiscal, no hay riesgos de crisis terminales. Pero aun con bonanza externa se están corriendo riesgos demasiados elevados de que la reactivación fuerte con inflación bajo control sean reemplazados por exactamente lo contrario.
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