¿Puede una economía con riesgo país persistentemente por encima de 560 puntos básicos, reservas netas internacionales negativas y un perfil de vencimientos incompatible con su generación de divisas sostener un sendero de optimismo financiero sin acceso al mercado voluntario de deuda?
Riesgo país a 564 puntos, deuda récord y el arte de Luis Caputo de convencer que esta vez sí es diferente
La Argentina ingresa a 2026 bajo un fenómeno conocido por cualquier operador senior el autoengaño colectivo.
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Argentina ingresa a 2026 bajo un fenómeno conocido por cualquier operador senior el autoengaño colectivo.
En los mercados financieros, el optimismo no siempre es información; muchas veces es fe. Y la fe financiera, cuando se combina con deuda creciente, liquidez menguante y narrativa política, suele convertirse en un activo tóxico. Argentina ingresa a 2026 bajo un fenómeno conocido por cualquier operador senior el autoengaño colectivo. El gobierno proclama solvencia, el mercado compra tiempo y ambos se refugian en una idea tan seductora como peligrosa: “esta vez es diferente”. Reinhart y Rogoff (2009) demostraron que esa frase antecede, con regularidad alarmante, a crisis soberanas. Sin embargo, el consenso financiero local parece decidido a ignorar ocho siglos de historia.
La paradoja es brutal; mientras el riesgo país se mantiene en niveles incompatibles con una reapertura del mercado internacional de deuda, la narrativa oficial insiste en estabilidad, desinflación y normalización. La brecha entre precios financieros y fundamentos macroeconómicos no se cierra con presentaciones, ni con voluntarismo. Se cierra con dólares. Y los dólares no están.
La deuda pública argentina no es una novedad, pero su dinámica reciente merece atención aguda. Desde 1975, la deuda se multiplicó de USD 7.800 millones a USD 453.000 millones, es decir, 58.07 veces en cinco décadas, incorporando estatizaciones de deuda privada, fuga de capitales y ciclos recurrentes de default y renegociación. El período actual no es una excepción histórica, sino una reiteración con instrumentos más sofisticados y narrativa renovada.
Según datos del Ministerio de Economía y la Secretaría de Finanzas-último dato diciembre 2025-, la deuda aumento USD 85.000 millones durante 24 meses del periodo Milei-Caputo, aun sin computar completamente diciembre-enero, sin sumar colaterales del REPO como deuda contingente y deduciendo pagos realizados. En paralelo, las reservas netas internacionales negativas se ubican en torno a USD (-16.000 millones). Los datos de deuda en el sector privado llegan hasta USD485.000 millones. La deuda -según datos oficiales-creció más de 23,09% en 24 meses, mientras el PBI cayó 1,8% en 2024 y repuntó 3,5% en 2025 (p). El resultado es inequívoco: deterioro acelerado de la relación deuda/PBI, pérdida total de la competitividad cambiaria obtenida tras la devaluación inicial y un superávit externo proyectado para 2025 inferior a la mitad del observado en 2024.
El frente externo de 2026 es particularmente restrictivo. Las necesidades brutas de divisas por pagos de deuda en moneda extranjera ascienden a USD 38.700 millones, representan 8.73% de la deuda, entre intereses y amortizaciones. Ya se pagaron USD 4.300 millones, pero el anuncio de un REPO por USD 3.000 millones a un año quedó neutralizado por la cancelación simultánea de USD 2.500 millones del swap con Estados Unidos, el más breve y controversial de la historia mundial reciente. De los USD 40.000 millones de apoyo financiero anunciados en octubre -USD 20.000 millones de bancos internacionales y USD 20.000 millones del Tesoro estadounidense- no quedó nada o no quedo en nada, en menos de tres meses.
Para 2026, los pagos pendientes en moneda extranjera suman USD 15.600 millones, con julio como mes crítico. Del total, USD 18.900 millones corresponden a bonos duales cuya amortización es en pesos, lo que evita demanda directa de divisas pero inunda el mercado de liquidez local, con potencial traslado al dólar. Excluyendo deuda ajustada por tipo de cambio, la necesidad neta de divisas se reduce a USD 19.900 millones: USD 8.700 millones en intereses y USD 11.100 millones en pagos de capital.
Las fuentes de financiamiento que proyecta el gobierno incluyen USD 5.000 millones de organismos multilaterales y USD 6.000 millones de colocaciones en moneda extranjera en el mercado doméstico. Aun aceptando ese escenario optimista, persiste un gap de USD 5.000 millones, solo para la deuda en dólares. El retorno al mercado voluntario internacional es inviable con un riesgo país estabilizado en torno a 581 bps. Por lo tanto, el Tesoro deberá adquirir divisas al BCRA o mediante operaciones en bloque, presionando sobre reservas ya negativas.
El FMI agrava el cuadro. En 2026 vencen USD 4.400 millones, con desembolsos decrecientes respecto de 2025, lo que convierte a Argentina en pagador neto por USD 2.300 millones. El stock de deuda con el Fondo asciende a USD 57.000 millones, equivalente al 1.300% de la cuota. Incluso un aumento del 50% de la cuota solo reduciría ese ratio al 870%, aun excepcionalmente elevado. La alineación política no sustituye la aritmética financiera.
En pesos, el panorama no es menos exigente. Los vencimientos de títulos en 2026 rondan los 138 billones de pesos, equivalentes a USD 92.000 millones, sin computar intereses futuros de cada renovación, y de la capitalización de déficit fiscal. Las licitaciones clave se suceden en un contexto de tasas reales elevadas y expectativas inflacionarias crecientes. Dos Lecaps concentran vencimientos por 19,3 billones de pesos, de los cuales aproximadamente la mitad permanece en manos privadas, exigiendo rollover genuino. La sostenibilidad del esquema depende de sostener tasas de hasta 50% que erosionan el supuesto superávit fiscal.
La acumulación de vencimientos se intensifica hacia diciembre 2026, en un escenario global incierto y con riesgos geopolíticos latentes del principal socio-EE.UU. El esquema descansa en la compulsión del sector público a renovar y en la paciencia del mercado local. Ambos recursos son finitos.
La narrativa oficial colisiona con los datos. La inflación volvió a acelerarse a 2,8% en diciembre; la actividad industrial se contrae por segundo año consecutivo, los indicadores de CAME se deterioran, crece la morosidad bancaria en préstamos personales, tarjetas de crédito y el desempleo aumenta. Se prepara una andanada de concursos preventivos. Nada de esto coincide con el relato de estabilización virtuosa del equipo económico. El problema no es solo macroeconómico; es financiero y psicológico. El mercado acompaña no por fundamentos sólidos, sino por falta de alternativas, apostando a que el ajuste permanente sustituya al acceso al crédito.
Como advierten Reinhart y Rogoff, las crisis no llegan por sorpresa, sino por negación. Argentina no enfrenta un problema de expectativas, sino de liquidez y solvencia. El voluntarismo y el pedaleo del equipo económico en la peraltada pueden sostener todo por un tiempo “sine die”. Lo cierto es que en 2026, la realidad financiera amenaza con imponerse, una vez más, sobre la ficción de que esta vez es diferente.
*Doctor en Ciencia Política. Master en Política Económica Internacional. Profesor de UBA y UADE
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