16 de junio 2024 - 00:00

Ser un padre suficientemente bueno: la historia de Ignacio, Alberto y la nave espacial

Para Ignacio, la necesidad de admirar a su papá, era tan importante como el deseo de ser admirado por éste.

nave espacial niño

Ignacio, de 4 años, le dice a su papá: “Paaaaa!!! Quiero que me construyas una nave espacial para que vayamos al espacio…”

Alberto, su papá, responde: “Bueno, vamos a jugar a que vamos al espacio…”

Ignacio: “Nooooo! ¡Yo quiero que me construyas una nave para ir al espacio con vos de verdad!”.

Para Ignacio, la necesidad de admirar a su papá, era tan importante como el deseo de ser admirado por éste. Gran parte de su felicidad y poder residían en la ilusión de pensar que “papá podía todo”. Sentirse parte de él -compartir su vitalidad y su potencia- era el paso que le permitiría más tarde “disputar” el lugar paterno para poder crecer e independizarse. Si podía hacer objeto a su padre de sus fantasías grandiosas, sería capaz de identificarse con él cuando necesitara sentirse un héroe.

Estas sensaciones fueron reemplazándose en Ignacio paulatinamente por la capacidad de conectarse con su padre “real”, con sus virtudes y defectos.

Alberto pensaba en las ocasiones en que había podido acariciarlo, sostenerlo, participar del baño o hacerlo dormir tanto como la mamá. Tenía la idea de que su hijo, en sus primeros tiempos, percibió cuando él lo acunaba, el tono muscular de sus brazos, la seguridad que le transmitía. Y que además registró su voz, diferente de la de la madre. Se desarrolló entre ellos la ternura, desmitificando aquella creencia de que era un afecto no permitido entre varones.

También le cambió los pañales, lo ayudó a despedirse de ellos y le ofreció su mano al dar sus primeros pasos. Lo acompañó a correr, saltar, le enseñó a andar en bicicleta y a realizar piruetas en los juegos de la plaza. En esa etapa comenzaron a dialogar y crearon afinidades en relación al deporte.

Se dió cuenta de cuánto había disfrutado jugar con su hijo, y se agradeció a sí mismo el haberse permitido esos momentos, a pesar de que trabajaba todo el día. Dedicarle tiempo (no cantidad de horas, sino calidad) a jugar “porque sí” con su hijo fue una experiencia sumamente enriquecedora, una forma de conectarse con su “niño interior” y su propia infancia.

Recordó también su relación conflictiva con Ignacio en la adolescencia, preguntándose si habría sido un padre “suficientemente bueno”, cuando con su esposa pensaban “¿Qué hicimos mal?”. Se acordó de cuando su hijo se encerraba en el cuarto y permanecía con los auriculares, o simplemente quería no hablar y que no se le hablara-. O cuando comenzó a tener secretos y ocultamientos, momento en que ambos descubrieron que sus mentes eran “opacas”. Cayó entonces la ilusión de “transparencia” propia de la infancia, en la que padre e hijo suponían que sabían qué pensaba el otro.

Se acordó de cuánto le costaba no derrumbarse ante la confrontación y los embates de rebeldía de Ignacio, intentando a la vez sostener los límites que suponía que podían resultar beneficiosos para su crecimiento. Y la difícil tarea de construir el respeto mutuo, dando respuestas no vengativas sino ejemplficadoras.

Más tarde tuvo que prepararse para construir una relación con su hijo adulto. Ignacio sintió que contaba con el “permiso” de ensayar una separación de la familia. Sabía que esto no implicaba enemistarse, distanciarse ni olvidarse de ellos, sino que su “centro de gravedad” pudiera ubicarse en el armado de un proyecto de vida propio. Buscaba para ese entonces formar una pareja, elegir una carrera e insertarse en el mundo laboral.

El sistema familiar tuvo que tornarse permeable como para recibir a la familia política, ampliarse y complejizarse, con la aparición de nuevos personajes: una nuera, nietos, una suegra, un suegro, etc.

Treinta años después padre e hijo recuerdan risueñamente aquel diálogo sobre la nave espacial…

Las respuestas a las inquietudes pasadas de Alberto llegaron con la “recompensa” que confirma los frutos de una buena crianza -como dice Donald Winnicott- de que la pareja de jóvenes padres hoy le piden a él y a su esposa que en ocasiones cuiden a sus hijos. El padre supo, entonces, que podía disponerse a disfrutar de la abuelidad.

Psicoanalista. Coordinadora del Depto. de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autora de los libros “La familia y la ley” y “Familias a solas”.

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