Tren bala frenará en Washington
El primero, que el mecanismo involucra al Grupo de los Siete (EE.UU., Gran Bretaña, Canadá, Alemania, Italia, Francia y Japón), donde Italia ha debido responder por el default argentino de los bonos adquiridos por sus fondos de pensión (y por ello incrementar su gasto público con cargo al presupuesto) cuando la Argentina repudió su deuda pública. Al gobierno anterior se le ocurrió que los jubilados italianos eran unos usureros medio degenerados que se aprovechaban de la tasa de interés de los bonos argentinos, olvidando que los fondos sólo negocian en función de las tasas de interés ofrecidas por bonos con calificación de riesgo similar. Antes de esta reunión, la Argentina nunca había repudiado su deuda pública.
El segundo problema es que el Fondo Monetario Internacional es asesor del Club de París en la sustentabilidad del acuerdo ofrecido. Las últimas proyecciones del FMI de noviembre de 2007 excluyen a la Argentina, por carecer de información. Al evaluar el comportamiento de la región y aplicar el «filtro de Hodrick y Prescott», que descompone las series de tiempo macroeconómicas en un componente tendencial no estacionario y un residuo cíclico estacionario, los informes del FMI dejan la sustentabilidad económica argentina en un interrogante, que citan varias veces. Los estudios posteriores de Edward Prescott sobre la Argentina le significaron compartir el Premio Nobel con Fynn Kydland en 2003, observando el impacto negativo de las regulaciones sobre la inversión, y es probable que si llegara una misión del FMI a Buenos Aires para estudiar la sustentabilidad de un acuerdo en el marco del Club de París, las carcajadas de los enviados se escucharían desde el Louvre sólo al observar los índices de inflación de Moreno.
Tampoco contará con el Fondo Monetario, y el gobierno se encuentra ante una megaobra ya anunciada, pero sin financiamiento. Es difícil que el actual gobierno pueda formalizar un acuerdo en el marco del Club de París sin antes desandar sus pasos, ya que no existiría el consenso entre los acreedores: la Argentina no podrá decidir la destrucción de las estructuras de las sociedades exitosas de Occidente «para regenerarlas a su manera mediante un ejército de pobres, a quienes reclutaban mostrándoles como cebo los despojos de los ricos», como escribía desde París Edmund Burke a William Smith en 1795.
Por supuesto que tiene otro recurso: llamar a los acreedores y pagarles al contado, en un gran acto público similar al que ensayara cuando canceló su deuda con el Fondo Monetario: en la teoría de Gary Becker, eligió licuar las reservas contra un pagaré del Tesoro para sacarse a los auditores de encima, como los gangsters que pagan al contado por carecer de crédito. Esto le ha permitido mantener ocultas las cuentas públicas al escrutinio occidental, pero también le ha impedido reinsertarse en el mundo que produjo la tecnología del Tren Bala. Habrá que recordar, por el camino duro, el viejísimo adagio chino: «No es posible desear la miel y repudiar a las abejas».




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