Petra, la pequeña hija adoptiva del matrimonio de Lydia Tár (Cate Blanchett) y Sharon Goodnow (Nina Hoss), juega en su dormitorio. Tár es la primera mujer que obtuvo el cargo de directora titular de la Filarmónica de Berlín; Goodnow es la concertino de esa orquesta. En el juego, Petra ordena sus muñecos en semicírculo, como si formaran una orquesta, y les va dando a uno tras otro una varillita, la batuta. Tár la descubre, sonríe, y le explica: “No, Petra. Sólo dirige uno. Una orquesta no es una democracia”.
Para la antiheroína Lydia Tár, una orquesta necesita una dictadora
Múltiple candidato al Oscar, el film de Todd Field, con una notable Cate Blanchett, aborda temas incómodos sujetos a una única clave: el juego del poder
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Tár. Cate Blanchett, como la directora abusadora, en el preludio a una de las escenas más violentas del film.
En ese punto exacto, en esa idea definitoria, está la clave (en un sentido musical, si se quiere, como en una partitura) que determina el sonido de la película. La clave no es ni el feminismo, ni la orientación sexual, ni la identidad de género, ni la cultura conservadora contra la “woke”: todos estos tópicos están presentes en el guión pero, para continuar con el símil musical, únicamente como “leitmotiven” en una ópera de Wagner, porque “Tár” es una película de este tiempo y no del siglo pasado: no son determinantes; la propia protagonista lo afirma cuando, en el reportaje con el que se inicia la película, el entrevistador le habla de género, si debe llamarla “Maestra” o “Maestro”: es una discusión, dice con cierto fastidio, que no le interesa.
La clave es la autoridad omnímoda como condición necesaria para dirigir una orquesta. El poder. Para Tár, aunque no lo exprese en esas palabras, toda orquesta necesita un dictador (de manera delicada, se lo hace saber al delegado cuando éste manifiesta, equivocando los reglamentos, que debe votarse una subdirectora). Los músicos, sus subordinados, cumplen la misma función que los actores para Hitchcock (otro dictador), son las piezas que mueve a gusto, sobre las que influye hasta donde quiere, para la realización de una obra tal como ella la concibe. Sólo que a veces su influencia trasciende la sala de conciertos, y esa voluntad de poder será la semilla de su caída. “Tár” es una tragedia, no un debate de panelistas.
Si bien su definición (el personaje es ficticio) la emparenta con una larga tradición de directores reales, empezando por Arturo Toscanini, cuyos gritos quedaron registrados en sus grabaciones, y siguiendo por otros del siglo pasado y el actual (como se verá más adelante), esa característica también ubica al film de Todd Field en otra tradición: la de aquellas películas (“Tár y sus precursores”, diría Borges) que plantearon el mismo asunto, y lo resolvieron según el verosímil de sus respectivas épocas y estilos.
Para limitarnos sólo a dos casos paradigmáticos: en “Ensayo de orquesta” (“Prova d’orchestra”, 1978), Federico Fellini llegaba a una conclusión similar; tras un ensayo que adquiría, fellinianamente, la dimensión de una batalla campal donde cada uno quería imponer su voluntad, el orden solo se restauraba cuando el director recobraba el mando. Por el contrario, en “Encuentro con Venus” (“Meeting Venus”, 1991), de István Szabó, el director que interpretaba Niels Arestrup, una paloma contra el halcón de Fellini, asistía impotente a la desintegración de su orquesta, planteo tras planteo, capricho tras capricho, y terminaba por dirigir un “Tannhäuser” escuálido.
Lydia Tár, discípula de Lenny Bernstein, comparte con su mentor la devoción por Gustav Mahler, y es a través de ese compositor que establece su propia lengua y que se aparta del maestro. En uno de los pasajes más bellos (y diáfanos) del film, cuando están por grabar la Quinta Sinfonía, ella les dice a los músicos: “El Adagietto de esta obra tiene la desventaja de ser demasiado popular. Olvídense de Visconti [es la banda de sonido de “Muerte en Venecia”]. Bernstein, cuando lo dirigió en los funerales de Bob Kennedy, lo hizo en 12 minutos: para él era una marcha fúnebre. Nosotros lo haremos en 7 minutos, veloz, apasionado, porque es música de amor. Mahler estaba enamorado de Alma cuando la compuso”.
Sin límites
Según ella, el arte no tiene límites, al igual que su propia interpretación de ese arte: el inconveniente (para Tár, para los otros) es que extiene el mismo criterio a toda su existencia. Como cualquier dictador. Y, desde luego, eso se paga. En su caso, el suicidio de una discípula que se había enamorado de ella es el inicio de la bola de nieve que conducirá a su caída.
La película es candidata al Oscar en numerosos rubros, y elogiar una vez más la excepcional labor de Cate Blanchett sería redundante. Eso no obsta para que en los Estados Unidos y Europa (aquí se estrena hoy, tardíamente) el film tuviera numerosos verdugos, no solo por escenas tildadas de “retrógradas”, como la del choque entre Tár y un alumno “no binario” en Juilliard, sino más bien por la mención de nombres y apellidos reales, mezclados con personajes de ficción. Esa combinación es explosiva.
El extitular de la orquesta berlinesa, el también ficticio Andris Davis (Julian Glover) nombra a James Levine, caído en desgracia poco antes de fallecer, y al acusado Charles Dutoit, y hasta Michael Tilson Thomas es ridiculizado por Tár cuando dice que “dirigiendo Mahler parece que gritara como una estrella porno” (comentario de pésimo gusto ya que MTT, como se lo llama en EE.UU., tiene un cáncer terminal, lo que no se ignoraba cuando se rodó el film). Last but not least, la directora Marin Alsop, también nombrada -aunque de forma elogiosa- fue una de las primeras en atacar la película. Según muchos, ella incluida, su perfil personal y profesional fue la base que inspiró el personaje de Tár.
También el guión la emprende contra el millonario, filántropo y director de orquesta amateur Gilbert Kaplan, ya fallecido, a quien sólo le cambia el nombre de pila (aquí es Eliot Kaplan). Se lo describe como un cholulo de Tár y, ulteriormente, su reemplazante y plagiario, cuando ésta cae en desgracia; eso da pie a una de las escenas menos verosímiles de la película: cuando ella aparece en un concierto y a puñetazos empuja a Kaplan del podio.
No es el único lunar de un film que, casi en su integridad, transcurre con fluidez y vértigo, pese a su duración. La caracterización de Francesca (Noémie Merlant), es más la de una servil ayuda de cámara que la de una aspirante a subdirectora de la Filarmónica: en ningún momento se ve su relación con la música, y su lugar dentro de la historia es más funcional que otra cosa. Pero, más allá, de estas disonancias, algunas ambigüedades, y un desenlace un tanto grotesco (aunque coherente) “Tár” es un film que los amantes de la música clásica y del cine con personajes fuertes y controversiales no olvidarán fácilmente.
“Tár” (EE.UU., 2022. Int.: C. Blanchett, N. Hoss, M. Strong.




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