29 de diciembre 2005 - 00:00

A través de una carta, negó Chabán su responsabilidad

A dos días de la tragedia de Cromañón, el empresario Omar Chabán escribió una carta desde la cárcel de Marcos Paz, donde se encuentra detenido, en la que asegura que está "aterrorizado" y que no puede recuperarse por la tragedia. En ese mensaje, el gerenciador del boliche de Once acusó al grupo Callejeros de haber permitido el ingreso de elementos pirotécnicos durante el recital. Dijo que eran los encargados del control de ingreso del público. Chabán reveló, además, que vio a tres personas prender candelas y que nadie lo impidió. El empresario hizo llegar esta carta por medio de su abogado Pedro D'Attoli, quien pidió que el texto no fuera recortado, fraccionado o reproducido en ninguna de sus partes fuera del conjunto. Lo que sigue es el texto de la carta redactada por Chabán.

Omar Chabán
Omar Chabán
«Como si no bastara con la red de fatalidad que con nuestros inevitables actos vamos tejiendo, otra hay a menudo más opresora, la que nos tejen los otros.»

Arturo Capdevila, «Del libre albedrío»

Soy Omar Chabán. Estoy aterrorizado. No logro recuperarme de la tragedia y menos aún de las injustas acusaciones que pesan en mi contra. Me siento un agujero negro sin borde ni fondo, cualquiera puede decir o hacer cualquier cosa conmigo y a nadie le importa. Si digo lo que siento, me acusan de no decir la verdad.

Soy el único implicado en la causa que se disculpó públicamente a través de un obituario sin que nadie tomara en cuenta. No trato de defenderme acusando a los demás. Mi única defensa es la verdad. Sólo sé que mis culpas no son aquellas de las cuales se me acusa y necesito defenderme de lo que me impide llegar al duelo profundo para poder curar esta herida incurable. Ruego que me tengan paciencia, voy a intentar explicar las dudas que perduran con respecto a mi accionar.

1. Se me acusa de no hablar.


No he podido articular un pensamiento sólido por la profunda conmoción que me ha significado todo lo ocurrido. Además tengo la constante impresión de que nadie quiere escuchar lo que tengo para decir, sino que quieren escuchar lo que ellos (los jueces, los padres, la prensa) creen que tengo para decir. Parece que aún en tiempos cibernéticos, el mito supera la realidad.

2. Se me acusa de haberme fugado.


Nunca me fugué a ningún lado. Entré varias veces en el lugar hasta que no me permitieron más. Intenté sacar la gente que pude, pero mi pie operado no me acompañó. Me sentí superado, devastado. El espanto pudo más que yo. Cuando vi todo perdido no supe más qué hacer. El estado de angustia general era caótico. Sucumbí.

3. Se me acusa de no haber tomado los suficientes recaudos para evitar esta tragedia.


En primer término quiero dejar en claro que jamás imaginé que algo así pudiera ocurrir. Mi constante preocupación por el uso de pirotecnia en lugares cerrados no respondió a otra cosa que al más elemental sentido común.

Si hablé en forma exacerbada al respecto del peligro de esta costumbre, sólo fue para prevenir de manera obsesiva sobre los riesgos obvios que esto implica. Pero mi advertencia se circunscribía a las bengalas, pirotecnia de corto alcance, que ya me parecían suficientemente peligrosas.

No logro entender cómo a estas tres personas que yo vi, se les ocurrió prender candelas, que son unos artefactos que miden 45 centímetros y tiran bolas incandescentes a una distancia considerable en el exterior, y ellos las tiraron en un lugar cerrado lleno de gente. Nadie lo impidió.

Yo los vi y corté el sonido inmediatamente, antes que se corte la luz, si no hubiéramos muerto todos.

Sobre la supuesta puerta de emergencia.

Hay en el lugar una puerta lateral que sirve de paso entre el hotel y el espacio para espectáculos. No era la puerta de emergencia. No conducía a una salida, sino a otro lugar cerrado: el hotel.

No se puede habilitar una puerta que no conduce al exterior como puerta de emergencia. Los encargados del hotel no querían que estuviera la puerta abierta para evitar problema con el paso descontrolado de individuos de un lugar a otro. Las puertas de emergencia principales estaban todas abiertas, si no por un simple cálculo no hubiera podido salir la gente que salió

Sobre la habilitación.

La habilitación del lugar no estaba a mi nombre y data del año 1997. Yo entré a trabajar en el lugar en abril de 2004 y en forma discontinua. Sabía que había funcionando allí El Reventón por varios años, por ese motivo no pensé que el lugar estaba mal habilitado, me parecía seguro y bien organizado como espacio todo lo que yo con mi experiencia en Cemento pensaba que un lugar tenía que tener.

Sobre la cantidad de gente.

En las habilitaciones de "local de baila clase C" que es la que corresponde a ese tipo de lugares no había prescripciones sobre la capacidad y la cantidad de gente. Recién ahora, después de Cromañón, se permite un máximo de tres personas por metro cuadrado. Cromañón tiene un plano de 1.470 m cubiertos. La cantidad de gente de esa noche no excede la permitida en día.

Sobre los papeles acústicos.

Al trabajar en el ámbito de la música una de mis principales preocupaciones como organizador fue siempre el sonido. Tanto por la acústica como por el aislamiento sonoro busqué un material que no tuviera riesgos, en este caso, busqué un material "ignífugo". Mal podía imaginar que ese material vendido como ignífugo, tenía tan sólo sustancias retardantes o era del tipo autoexigible como me vengo a enterar ahora y que la combustión producida a altas temperaturas libera ese gas letal llamado ácido cianhídrico. Las personas murieron por inhalación del ácido cianhídrico, según lo certificaron los análisis posteriores. Acabo de enterarme que ahora han prohibido el uso de ese material en discotecas y lugares para recitales.

4. Me acusan de tener empresas offshore.


Siempre fui independiente. Mis únicas actividades laborales fueron Café Einstein, Cemento y República Cromañón. No tengo ninguna vinculación con los dueños del espacio República Cromañón, ni con los dueños de la habilitación, más que la de organizar recitales.

5. Me acusan de ser codicioso.


Sacando cuentas en el tiempo, los grupos siempre se llevaron más plata que yo, 70% a 30% para mí, de lo que tenía que deducir los gastos. Las entradas eran las más baratas del medio y he realizado el mayor número de recitales a beneficio del país para todo tipo de entidades. En mis lugares nunca hubo problemas de honestidad económica.

6. Me acusan de estrago doloso seguido de muerte.

Creo sinceramente que cubrí todos los riesgos por mí previsibles. Hubo controles en el ingreso y en el recinto por parte de la seguridad de Callejeros, así como la prohibición expresa por mi parte del uso de la pirotecnia. Todos los espectáculos multitudinarios siempre conllevan riesgos. Estampidas, peleas, incendios, desmayos, aplastamientos, daños materiales, etc. Estaba preparado para resolver cualquiera de esos problemas.

La Cruz Roja estaba en el lugar, preventivamente. Los extinguidores eran los reglamentarios, las puertas de entrada y de emergencia eran amplias y la cantidad de gente no era más de la que hay en cualquier espectáculo de esa clase. El desastre se produjo apenas empezado el show todo sucedió en forma imprevista y rápida.

No hubo dolo ni intención de mi parte para provocar esta tragedia, y tampoco por parte de Callejeros, porque nadie quiso que mueran la madre y la novia de los integrantes de la banda, ni que mis familiares, amigos y personal que hace mucho trabaja conmigo, hayan terminado algunos de ellos con problemas de salud a consecuencia de la inhalación tóxica.

Cumpliéndose un año de este trágico accidente, quiero expresar una vez más el profundo e irreparable dolor que siento por todo lo sucedido y conmemorar junto a todos los damnificados esta horrible tragedia.

Emir Omar Chabán

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