Luego del riesgo de vida y de la incapacidad física permanente la violación es la mayor aprensión permanente que sobrellevan padres y adultos en general. Mucho más que los jóvenes salvo que les toque muy cerca el problema.
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La violación es considerada aberrante al extremo aunque linde con la enfermedad que no llega a excusar penas judiciales ni acepta contemplación alguna de la sociedad. Hay países donde se han publicado listas de violadores y lugares donde residen para prevención sin concederles el olvido por haber purgado la culpa precisamente por eso, porque se considera al violador no curable. La violación de la mujer es parte de la acechanza de la vida diaria y una persistencia de todas las guerras donde la libido se desata animalmente apenas se traspasa una frontera a la nación que no es propia. Y a veces en la nación que es propia.
Dentro de la ira, del enceguecimiento, del afán de venganza que causa una violación, de la necesidad de búsqueda de castigo se llega a niveles extremos en el ser humano en el caso de violación de niños. Una perversidad casi igual al violador de menores -con el agravante de que ni siquiera lo excusa la posibilidad de enfermedad- es acusar de tal aberración sin certeza a un ser humano. Hay múltiples especialistas que pueden hablar del temor de un niño a denunciar la violación, de la humillación de hacerlo -en niños y en no niños- de la resignación si es repetido el hecho en menores. Inclusive puede entenderse si se lanza la acusación simplemente en previsión sin que haya pruebas certeras. Es cruel, puede arruinar la vida a un inocente, puede el fin no justificar el medio. Esa actitud no puede justificarse pero puede entenderse. Sería muy sutil y ajeno al juicio de hombres comunes pensar si la reputación perdida de un inocente acusado es equivalente en valor a la de un niño violado por no arriesgar una denuncia.
Defenderse de la imputación de aberraciones de este tipo, si es inocente, es difícil. Y aunque logre zafar cargará una sospecha permanente.
Si interviene la prensa en una acusación de este tipo se complica a la Justicia. En su forma más benigna, pero igualmente perversa, es con la sola noticia calificar a un acusado como violador (ladrón, asesino o lo que sea). Es lo que se llama «condena por la prensa» antes que se pronuncie un juez, antes que alguien haya podido cumplir su derecho al debido proceso. No hay manera de informar de un hecho sin decir qué, por qué, cuándo, dónde, aunque hay responsabilidades de prensa para no ser tajante pero ser informativo.
Casos aberrantes
Cuando deliberadamente la prensa necesita encontrar o crear un culpable por razones de mayor venta, rating o venganza; cuando califica (que es distinto a referir) a partir de anónimos, cuando usa como base al resentido, el de intereses contra una persona; cuando hay envidias o cuando hay dinero en juego para acusar ya ahí se está en casos aberrantes equiparables al violador. En el caso del padre Julio Grassi no hay acusadores, ni prensa benigna disculpable. Es un caso de bajeza extrema porque los fiscales iniciales y un juez de garantías conocían el caso antes pero -por falta de pruebas y denunciantes firmes- necesitaron forzar una denuncia televisiva, un escándalo que justificara recién su intervención.
Hace una semana el Tribunal Oral en lo Criminal No 4 debió salir a reivindicar su «conducta imparcial y prescindente». Y agregaron que durante la etapa de consustanciación del juicio «observamos una grosera tergiversación de actuaciones judiciales regulares llevadas a cabo por fiscales y jueces de impecable trayectoria con finalidades mediáticas».
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