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Además de un ataque contra el clero, el de Kirchner es también un dardo contra Gustavo Béliz, ministro al que ayer se le buscaba reemplazante (se mencionaba para eso al chubutense Marcelo Guinle). Sucede que la razón por la que se criticó al arzobispo de La Plata es por su relación con el ex banquero Francisco Trusso, quien apadrinó a Béliz emocional y crematísticamente durante toda la década del '90, hasta caer en desgracia.
Aguer, un obispo del clero más tradicionalista -todavía reza las misas de pontifical con guantes de encaje almidonados a lo Pío XII-, se había manifestado de manera alarmante sobre el curso que tomaron los acontecimientos a partir del desborde de los piqueteros asociados al gobierno (ver nota aparte). Kirchner le contestó con lo que en la lógica clásica se denominaba argumento «ad hominem», es decir, descalificando la afirmación del prelado por la identidad de quien la pronunció. En efecto, el Presidente le pidió a Aguer que dejara de hablar por haber sido fiador de un banquero preso. ¿Estará advertido Kirchner de que con esa acusación tocó uno de los nervios más sensibles de la Curia en su trato con la Argentina? La situación judicial de la familia Trusso por la quiebra del Banco de Crédito Provincial, por la que el cardenal Antonio Quarracino debió dejar las huellas digitales en el Departamento de Policía porteño, formó parte de la agenda de Estado en las relaciones entre la Argentina y elVaticano, como lo sabe cualquier diplomático que haya tenido responsabilidades en ese vínculo durante los últimos años.
Es cierto que Aguer fue el fiador de Francisco Trusso (h), cautivo en una comisaría de La Plata. El episodio fue otra manifestación de la ingenuidad de este obispo, más conocedor de las lenguas germánicas que de las picardías de los penalistas o los compromisos de sus superiores. En efecto, Aguer recibió una madrugada un llamado desde la Santa Sede, más precisamente del «terzo piano», donde residen el cardenal Angelo Sodano y su mano derecha, el obispo argentino Leonardo Sandri (en casa de cuyo hermano, en Miramar, alojaron a Trusso cuando estaba prófugo de la Justicia). Esa comunicación de los grandes jerarcas de la Iglesia universal era una orden: debía comparecer esa mañana en una dependencia de la Policía y acompañar con su presencia la liberación del banquero preso. Allí fue Aguer, lleno de candor, en la 4x4 del audaz abogado Fernando Burlando. No calculó el arzobispo que le reclamarían la fianza por la emancipación de su encomendado Trusso (puso como garantía el patrimonio de su diócesis) y menos aún que un coro de periodistas lo estaría esperando para que explicara su conducta: «Los obispos a veces debemos hacer cosas sobre las que no podemos dar explicación», dijo el prelado ese día.
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