Al final morimos todos

Política

Por Alberto Fuentes.- En el escenario político argentino, muy a menudo, algunos han echado mano a los sofismas, a las mentiras y hasta a las crueldades, con el propósito de embarrar al adversario y asegurarse una posición más sólida ante cierto sector del electorado.

Siguieron retractaciones y pedidos de disculpas por extremos indeseables; pero las palabras, una vez lanzadas como flechas, siempre dejan huellas, y siempre quedan dudas respecto de si lo que se dijo fue o no intencional. Ciertos dichos políticos suelen lograr su cometido, esto es complacer a los que repelen a la víctima del flechazo (léase dirigente político no querido por unos), y ponerlos bajo las alas del arquero.

Francisco de Narváez, en este caso arquero, candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires y socio político de Ricardo Alfonsín, sacó de su aljaba una flecha y disparó sobre un muerto para herir a ciertos vivos. Dijo, como se recordará: "Néstor Kirchner prefirió morirse antes que perder otra elección".

La frase desafortunada seguramente fue expresada sin maldad, pero con el propósito de congraciarse con cierto sector anti-K, de reunirlo y ponerlo bajo su referencia. Para cuando De Narváez pidió disculpas, la flecha había llegado a destino: había herido a muchos y logrado su propósito, agradar a los fundamentalistas (en este caso anti-K) que los hay en el país en todos los sectores políticos.

Estas personas que abundan en uno y en otro sector, y que han sido y siguen siendo autoras del descalabro nacional basado en la intolerancia, el ataque y la desunión, se regodean en la herida del prójimo, sin comprender que al fin y al cabo ellos también mueren por esa misma herida. La historia argentina abunda en ejemplos de odios y de muertes, y sólo por citar a algunos casos se podría arrancar con el fusilamiento de Dorrego hasta llegar a la más cruenta de las batallas entre federales y unitarios, la de Angaca, tras la cual fue asesinado el general unitario Acha.

Desde entonces y hasta hoy (pasando por la nefasta década de los 70) el odio persiste y la muerte impera. La muerte de sueños, de grandes posibilidades para todos y cada uno de los argentinos. Es una pena que siempre la flecha envenenada pueda más y ponga de rodillas al buen corazón y la hermandad, e impida sacar del infierno, entre todos los sectores en unidad de acción, a tantos compatriotas que son arrojados a la pena por la deplorable compulsa de los dirigentes.

Sólo por esta estupidez política, por esta bárbara estrategia, puede entenderse que en un país bendecido por el deseo de la naturaleza, no se haya logrado todavía un Pacto, como lo alcanzó España en la Moncloa, para acordar políticas de unos en beneficio de todos.

De Narváez pidió luego disculpas. Hay hidalguía en ese pedido, pero ella misma no alcanza a borrar los efectos de la frase y de la estrategia política que tanto daño le hace al país: matar políticamente al otro, sin comprender que al final morimos todos.

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