Olvidó informar un detalle no menor Rodolfo Daer cuando entró en la Casa Rosada con el inglés Guy Ryder, secretario de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), para ofrendarle a Néstor Kirchner el apoyo de esa liga gremial a la postura argentina en la renegociación por la deuda en default. Ryder es un activo anticastrista (categoría que suele vedar todo ingreso en los despachos oficiales) que se lanzó a una batalla espistolar con el régimen de Fidel Castro por la condena que el gobierno de la isla impuso a siete dirigentes sindicales, sentencia que, en conjunto, suma 150 años de prisión efectiva.
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Ryder encabezó esa cruzada internacional denunciando «la falta de libertad sindical» en Cuba -¿tendrá conocimiento de lo que ocurre en la Argentina?-, lo que le valió una ácida contestación de la Central deTrabajadores de Cuba (CTC), acusándolo de no representar «a los miles de trabajadores» que asegura representar. Pero, como era previsible, Daer no notificó sobre ese incidente a la Presidencia.
Es natural: poca simpatía podría acumular Ryder si Kirchner se hubiese enterado de que el inglés acusó a Castro de imponer un sistema donde, para conseguir trabajo, los desocupados cubanos deben «firmar un contrato en el que prometen apoyar al Partido Comunista y a todos sus representantes».
Como no fletó micros para marchar al Congreso -algo que hizo, aunque modestamente, Hugo Moyano-, Daer buscó la bendición presidencial y, para eso, arrimó al inglés Ryder y al paraguayo Víctor Báez, de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT).
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