23 de octubre 2000 - 00:00

ALFONSÍN, GANADOR POR UN DÍA, PRESENCIÓ JURA DE SUS FIELES

“Dejad que los funcionariosjuren en paz.” Repitió ayer Fernando de la Rúa ese estribillo oficialista a loscontertulios de su despacho que habían asistido al lanzamiento de la reformapolítica Corach-Storani. Parafraseaba así a un conocido moralista criollo y,con esa cita en los labios, se encaminó a la sala de ceremonias del gobierno.

Por ser la mañana de unlunes y habiéndose decidido las designaciones la noche anterior, laconcurrencia a la asunción de los nuevos colaboradores del Presidente fuecaudalosa. Además, la rutina semanal de esas ceremonias en la Casa Rosadadesalienta a muchos concurrentes. Tanto que un peronista histórico, de los queaplaudían a Nilda Garré, tuvo el mal gusto de bromear: «Me hace acordar a lostiempos de Isabelita, cuando había que venir al Salón Blanco cada dos horas acongraciarse con un nuevo ministro».

Tampoco es para tanto: no senotaba aquella intranquilidad setentista (ni mucho menos) en la toma de posesiónde Carlos Becerra (SIDE), Horacio Jaunarena (Secretaría General), Garré(Secretaría de Asuntos Políticos de Interior) y Marcos Makón (vicejefatura deGabinete).

El Presidente ocultó bienque las incorporaciones que realizó le fueron impuestas, de uno u otro modo,públicamente. Ayudó Carlos Chacho Alvarez, al no concurrir a la ceremonia,acaso para disimular mejor que tuvo más intervención que el propio dueño decasa en la nueva decoración. Menos sutiles, hubo radicales que lo excusarondiciendo que «las 11 es muy temprano para él». También se escuchó algunapreocupación: «A ver si al faltar está indicando que todavía no convalidó la'nueva alianza'». Nimiedades. Lo importante para los hombres del radicalismofue que, a falta de Alvarez, estuvo ayer Aníbal Ibarra en el estrado; loubicaron detrás del Presidente. Otra presencia inusual: la de Julio Nazareno,quien asistió al juramento en su renovada condición de titular de la Corte.

 

Asistencia masiva

 

A diferencia de ocasionesanteriores, entre ellas la elevación de Becerra a la Secretaría General haceapenas 10 días, la reunión de ayer contó con la participación masiva de losdirigentes del Frepaso, quienes estuvieron ausentes de anteriores exaltaciones.Por lo visto, sólo asisten cuando el reparto los favorece como partido o, talvez, profesan una pasión por Jaunarena hasta ahora desconocida (al recientejuramento de Becerra como secretario general habían faltado). Desde DaríoAlessandro a Pedro del Piero, pasando por la totalidad de la poco conocidalínea media de esa fuerza, el chachismo se prodigó en elogios a lo que para esesector es «el final de la crisis».

Cada uno de los radicalestuvo también su barra. Por Becerra se apiñaron en el salón muchos cordobeses,entre ellos Ramón Mestre, Mario Negri, Luis Molinari Romero y Oscar «Milico»Ahuad. Jaunarena convocó a su jefe Juan Manuel Casella, llegado desdeMontevideo y a militares de todo color (sobre todo verdes de Ejército,representados por Juan Carlos Mugnolo y Ricardo Brinzoni). Extrañamente no sevieron elementos del folklore que siempre acompañan a su esposa música, AnaD'Anna. Raúl Alfonsín aplaudía a rabiar, desde la primera fila, laincorporación de «sus hombres», menos interesado que Alvarez en disimular laspresiones que se ejercieron sobre el Presidente. El jefe de la UCR se siente unganador -al menos ayer, lo que no le resulta común-, en una fronda palaciegaque dejó vencedores y vencidos.

 

Frustración

 

No sólo por Fernando deSantibañes, quien sonrió desde la «platea» porque fuera un amigo, Becerra,quien lo sucediera (muestra de esa relación es que entró y salió de laceremonia con la llamativa esposa del nuevo titular de la SIDE). También por unala del gobierno que quedó frustrada al no poder ubicar a Jaunarena en la SIDE:la forman Adalberto Rodríguez Giavarini, Ricardo López Murphy y José LuisMachinea.

En cambio, Alfonsín estabaeufórico, casi como un padrino en una boda. Becerra es uno de sus hombres yJaunarena le pidió una especie de autorización -los radicales lo llaman«consejo»- antes de aceptar el ofrecimiento que el domingo por la mañana lehizo De la Rúa y que le había anticipado Chrystian Colombo.

A Mario Losada leinteresaban poco esos detalles. Ayer estaba inquieto porque le tocaría uninterinato más prolongado que el anterior, de apenas unas horas. Dicen que semolestó con las alusiones de Carlos Ruckauf a que «estamos preparados paragobernar». Un amigo suyo, cordobés, dijo ayer haberle escuchado lo siguiente:«No es que lo sienta como una falta de respeto personal porque sé muy bien ellugar que ocupo, pero también voy a ejercerlo con todo vigor».

 

Hilo suelto

 

Si lo que pretendíanAlfonsín, Federico Storani y Alvarez con la configuración de un nuevo esquemade poder era emancipar al Presidente de un circuito de decisiones familiar oamistoso, ajeno al aparato partidario, un pequeño hilo suelto molestaba ayer alos detallistas radicales: ya durante la jura se adelantaba que Darío Richarte,el segundo de De Santibañes, lo sería también de Becerra.

Es un amigo -y benefactor-deAntonio de la Rúa, el hijo del mandatario. Por lo tanto, el nuevo binomio quemaneja la institución de los espías se integra con «el mejor de laCoordinadora» y «el mejor de los Sushi», como lo definió alguien que los conocea los dos y que en la víspera seguía sonriendo. Tampoco debe pensarse queAlfonsín o Alvarez presionarán ahora por esa permanencia, que entienden comouna pequeña satisfacción que el Presidente tiene derecho a concederse en elarmado de su gabinete.

Richarte suspendió ayer suviaje a España; sin embargo, los conocedores del submundo del espionajeaclaraban ayer que en la nueva gestión crecerá Juan José Vila, actualmente alfrente de la Dirección de Análisis. Un personaje de anteojos negros y handy,que evitaba dar su nombre, lo explicó así: «Vila es cordobés y fue traído porBecerra a Buenos Aires en la época de Alfonsín; tiene toda su confianza».

Habrá que creerle, aunquemostró cierta inquina cuando también adelantó: «En cambio, Alejandro Broussón,de contrainteligencia, está en baja, igual que Patricio Finen». Internasdemasiado cifradas para un cronista que lo único que pretendía era una historiavistosa para ser contada.

 

 

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