3 de octubre 2003 - 00:00

Antes de echarlo, se conversó con Duhalde

La alianza con Néstor Kirchner es indestructible", repite hasta el cansancio Eduardo Duhalde, aunque, cada vez más a menudo, esa relación se ponga a prueba y no por su propia iniciativa. Ayer, Duhalde visitó de improviso la Casa Rosada, para entrevistarse con su amigo Kirchner, quien acababa de disponer la defenestración del jefe de la Policía Federal, Roberto Giacomino. Gustavo Béliz, el ministro de Justicia, expuso los argumentos en una conferencia de prensa que se transformó en una especie de juicio sumario en el que Giacomino quedó condenado por, presuntamente, haber contratado a familiares en la provisión de insumos para el Hospital Churruca por 2 millones de pesos.

Duhalde debe haber sentido el golpe. No sólo porque Giacomino fue su jefe de Policía. Antes había sido su jefe de custodia, cuando el hombre de Lomas ocupaba la Vicepresidencia de la Nación (1989-1991). Lo heredó Carlos Ruckauf cuando ocupó el mismo cargo (1995-1999). «Rucucu» siempre prefirió a la Federal antes que a la Bonaerense, tanto que su custodia como gobernador estaba formada por «azules».

Cuando se hizo cargo del gobierno Adolfo Rodríguez Saá, Ruckauf pidió expresamente la designación de Giacomino al frente de la Federal. Le fue concedida, a pesar de las objeciones que interpuso el entonces ministro de Justicia, Antonio Zuppi, quien -según dijo por entonces-había recibido un informe con contraindicaciones del Centro de Estudios Legales y Sociales, Cels, que conduce el periodista Horacio Verbitsky (seguramente, esa entidad habrá insistido con la contraindicación, con poco éxito, delante de Kirchner).

Béliz se encargó de enfatizar, ayer, que las contrataciones de Giacomino se produjeron en los días en que el duhaldismo abandonaba el poder. Y ventiló que asesores de Juan José Alvarez, el ministro de Justicia y Seguridad de Duhalde, desaconsejaron esas contrataciones. En efecto, Alvarez se habría negado a autorizar la operación. Hoy este ex ministro es el encargado de la seguridad del gobierno de Felipe Solá, ubicado allí por Duhalde. Si no autorizó la compra de esos equipos informáticos el ministro, ¿lo hizo algún otro integrante del alto poder político? ¿Puede el jefe de una fuerza de seguridad en apuros financieros disponer una compra de esa dimensión sin consultar a sus superiores? ¿O fueron opera-ciones habituales durante su jefatura, que se extienden incluso a otras compras, como las de motocicletas para patrullar la Ciudad?

• Incomodidades

Los cañones de la exoneración de ayer parecen haber apuntado contra Duhalde. Pero hay otras figuras centrales del actual gobierno que también están incómodas. ¿Qué dirá el síndico general de la Nación, Alberto Iribarne, que fue el secretario de Seguridad de la gestión de Duhalde? Seguramente, le aportó algún dato a su socio, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, antes de que se tomaran las resoluciones de ayer. El propio Béliz, que expulsó a Giacomino, ¿cómo habrá explicado las razones por las cuales se lo mantuvo al frente de la fuerza durante los últimos 5 meses, evitando la remoción de este comisario cuando se produjo la purga inaugural de la Federal? ¿Qué criterio se siguió para determinar la continuidad de Giacomino?

Béliz no es el único complicado, por más que ayer haya sido duro con quien él puso al frente de la Federal. El ministro de Justicia y Seguridad fue implacable con Giacomino: esperó a que viajara a Francia a gestionar una posición en la conducción de Interpol para la Argentina (desde la jefatura de Adrián Pelacci que no es el país no ocupa esa sede) para cortarle la cabeza en público. Pero ¿por qué no tomó ninguna resolución cuando advirtió, hace ya tiempo, otras irregularidades, que llevaron al desplazamiento del superintendente de Administración, el comisario Juan Carlos Gandulfo?

También Aníbal Ibarra debería explicar por qué, cuando se enteró de que Giacomino había presuntamente cometido estas irregularidades, habría pedido que no se lo removiera porque, «si no (Mauricio), Macri me destroza». Tal vez, el alcalde debería ocuparse, también, de desmentir las versiones que lo indican como el hombre a pedido de quien Kirchner resolvió mantener a Giacomino al frente de la fuerza.
 
Estos interrogantes plantean otros, relativos a la sucesión del jefe de Policía. Es difícil que Eduardo Prados pueda permanecer al frente de la fuerza por mucho tiempo: fue hasta ayer el encargado de legales de Giacomino. Pecó, por lo menos, de distraído. Aunque nadie lo tenga como incorrecto, acredita una carrera demasiado ceñida a lo administrativo.

¿Volverá a circular la idea de una decapitación drástica hasta llegar al comisario «Fino» Palacios, encargado de la unidad antiterrorista de la Federal? Esta selección implicaría relevar a toda la cúpula actual, ya que Palacios es un oficial moderno.


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