14 de mayo 2004 - 00:00

Ardid bonaerense: que no se conozca al más votado

Eduardo Duhalde
Eduardo Duhalde
Gustavo Béliz anuncia planes de reforma política. Y Aníbal Fernández se prodiga por las radios explicando las medidas de seguridad que se tomarán con los piqueteros. El primero es ministro de Seguridad. El segundo, de Interior. Pero parecen tener las facultades cruzadas. ¿Será otra característica del «estilo K» para gobernar? Lo cierto es que ayer ni Béliz ni mucho menos Fernández comentaron el principal desafío al que sometió Eduardo Duhalde hasta ahora al gabinete de Néstor Kirchner: el lanzamiento de un proyecto de modificación de la ley electoral que elimina el sistema tradicional de lista sábana y lo sustituye por una suerte de ley de lemas de carácter parlamentario, como la que rige en Brasil. Fernández, nacido a la política en las entrañas del duhaldismo y ex ministro del propio « Negro», quedó mudo ante semejante baldón. Tiene un motivo más para morderse los labios: el impulsor de la medida, que viene a frustrar el corazón de la que sería «su» reforma, es Alfredo Atanasof, hacia quien profesa malos sentimientos.

En efecto, fue Atanasof quien presentó ayer el proyecto legislativo, que expresa a una alianza de bonaerenses, cordobeses, santafesinos y porteños. Kirchner ya tiene a esa alianza en sus oraciones desde que vio a sus jefes, sugestivamente acompañados por el vicepresidente Daniel Scioli, subidos a un vagón de tren en San Vicente y saludándolo a él desde una foto: claro, ese día partía hacia los Estados Unidos.

El sistema que auspicia Duhalde a través de esta iniciativa legislativa consiste en que los partidos mantengan el monopoliode la postulación de candidatos pero que sean los electores quienes ordenen su orden de entrada en el Congreso. El voto sería, en adelante, uninominal. Ya no se votarían listas sino candidatos individuales, seleccionados dentro de la lista que proponen los partidos. Como suele suceder con los sistemas electorales, muchas claves de su significado político se esconden en los detalles:

• El primero que llama la atención, al que el proyecto le dedica especial esmero, es la manera en que debe realizarse el escrutinio electoral. En Brasil, éste se produce sin considerar la pertenencia partidaria de cada candidato: se ordenan según los votos obtenidos, en orden descendente, todos los candidatos participantes en los comicios. Ingresan al Parlamento tantos como bancas se pusieron en consideración. Así es posible saber, por ejemplo, cuál es el candidato más votado en términos absolutos.

La ley que promueve el «grupo vagón» prevé dos escrutinios. Uno, inicial, por partidos: se suman los votos según las boletas en las que están incluidos los candidatos para determinar cuál es la fuerza más votada. Una vez finalizado ese recuento se realizaría otro, para establecer cuál fue el más votado de cada lista. De este modo, se evita que quede en primer plano la identidad del candidato más votado de toda la oferta de un distrito. Se trata de un ardid muy comprensible en hombres que pertenecen a un partido como el PJ bonaerense que, posiblemente, cuente con la estructura más poderosa de un territorio pero no con las figuras más atractivas o queridas. ¿Obtendría, por ejemplo, Duhalde, más votos individuales que un Mauricio Macri, Ricardo López Murphy o, por ir a un extremo odioso, Cristina Kirchner? «Mejor que se diga quién fue el más votado del partido más votado y que no se ingrese en comparaciones menosconvenientes», habrán pensado quienes imaginaron el proyecto.

• Conquista personal

El sistema promovido por Duhalde cobija un virus dispersivo, capaz de disolver cualquier disciplina partidaria dentro del Congreso. Cada candidato debe concebir su banca como una conquista personal, alcanzada en competencia con los demás partidos y con los demás candidatos de su propio partido. La financiación para obtenerla también se convierte en cuestión de cada cual. Esto explica que en Brasil los diputados cambien de bloque vertiginosamente, sin que se les reclame lealtades teóricas, según las prebendas que ofrece el gobierno o quienes controlan la «caja» de cada cámara.

Es bastante prudente calcular que nunca el texto propuesto ayer conseguirá los 2/ 3 que se requieren para cambiar la ley electoral. Pero el ex presidente habrá logrado uno de sus objetivos: que Kirchner advierta su poder de fuego parlamentario. Y el otro: que quede bloqueada cualquier debate sobre esa norma. No vaya a ser que el Ejecutivo, en su afán por expandirse hacia la provincia, termine haciendo votar una propuesta más agresiva y peligrosa para el poderoso «aparato bonaerense». Un desenlace imposible si se advierte la lentitud con que trabaja el ministro del Interior, siempre atareado con los micrófonos radiales, para enviar sus proyectos al Congreso.

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