Miami (enviado especial) - El Boeing 777 de United Airlines estaba a punto de despegar del MIA (Miami International Airport); dos centenares de argentinos -con la excepción quizás de dos o tres estadounidenses-a bordo de la máquina contemplaban por las ventanillas, con una mezcla de asombro y solidaridad, la inusual manifestación de los empleados de tierra de la castigada línea aérea.
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Una veintena de empleados de UA se había alineado junto a la aeronave para despedir el primer vuelo que salía de esa terminal aérea rumbo a Sudamérica desde el lunes a la noche. Como si los viajeros no fueran turistas, hombres y mujeres de negocios o periodistas sino tripulantes de un bombardero a punto de emprender una misión, los trabajadores de UA levantaban en saludo sus pulgares, hacían flamear una bandera estadounidense y hasta aplaudían el aparato y a sus ocupantes.
Era una visión casi fantasmagórica, y los buenos deseos eran seguramente también para ellos mismos: buena parte del personal de las aerolíneas corre peligro de quedar en la calle si no se normaliza la actividad de las empresas aéreas. Y aun así, es un hecho que el número de vuelos y viajeros se desplomará por lo menos durante los próximos meses, lo que a su vez causará más despidos, más suspensiones, más caída en la actividad.
Pero ésa no era la principal preocupación para esos mismos argentinos que -en muchos casos-después de estar varados durante cuatro días lograban emprender el regreso al país, no sin algunas peripecias: dada la falta de vuelos de cabotaje (UA está operando menos de 20% de sus frecuencias) para muchos no hubo más remedio que comenzar el retorno por tierra, viajando hacia Miami por tren, micro o alquilando autos.
A bordo del 777 las bolsas de compras habían sido reemplazadas por caras de preocupación, alimentada por la evidente liviandad de los controles: un pasajero atravesó el detector de metales con un reloj de acero, un portatarjetas de plata, un puñado de monedas y una pesada hebilla metálica en su cinturón; la máquina no dijo ni «mu» ni «beep» ni nada. Lo mismo sucedió con los aerosoles de desodorante que portaba en su bolso de mano: nadie se tomó el trabajo de verificar su real contenido.
Muchos de los pasajeros del vuelo UA 985, que partía a la medianoche, estaban en el MIA desde las 16: es que, a pesar de estar confirmados, nadie quería perder su lugar. No hubo problemas: las cancelaciones de pasajeros estadounidenses hicieron posible que quienes estaban stand-by también viajaran.
Para quienes no hubieran logrado embarcar, o incluso en la nada improbable contingencia de que el vuelo fuera cancelado, era una oportunidad única de pasar algunos días en esta ciudad a precios de remate: por caso, el Sheraton Bal Harbor (uno de los preferidos de los argentinos) tenía una oferta especial para «distressed passengers» de u$s 99 la noche (su tarifa en temporada alta casi triplica esa cifra). Es sólo un ejemplo: la hotelería en todo Estados Unidos está a precio de ocasión.
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