Aumenta tensión Kirchner con Iglesia: también jueza Highton es una abortista
Si ya venía complicada la relación del gobierno con la Iglesia, sobre todo desde la nominación de Carmen Argibay a la Corte Suprema (por no hablar de la de Eugenio Zaffaroni), ahora ese vínculo parece más deteriorado. Resulta que Helena Highton de Nolasco, la otra mujer del oficialismo anunciada para la Corte Suprema, a quien frente a la Argibay se la reputa de moderada, comparte, sin embargo, opinión y criterio con ésta sobre un tema crucial para la Iglesia Católica: ambas están a favor del aborto. Y, en el caso hasta ahora desconocido de la Highton, con la peculiar y cuestionable teoría del «derecho del niño a no nacer», con la cual habilita luego a cualquier ciudadano infeliz a demandar al Estado porque éste no permitió que su madre abortara para salvarlo de la infelicidad. En las páginas centrales se publican partes de un artículo de esta profesora que habrán, seguramente, de enardecer al propio Papa, quien ya advirtió al gobierno por recomendar a la Argibay. Se supone que el Sumo Pontífice multiplicará esta demanda al canciller Rafael Bielsa, la semana próxima, también para romper el silencio, sobre una cuestión tan delicada, de los propios obispos argentinos, quienes a la hora de hacer oír una voz -como tantas otras en el país-han optado por callar.
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Más allá del debate jurídico que pueda inspirar en los expertos el razonamiento de la candidata de la Casa Rosada a la Corte, su pronunciamiento está destinado a tensar más la cuerda con la jerarquía católica.
Sobre todo, con la de Roma, ya que los obispos argentinos, salvo contadas excepciones, han mantenido un llamativo silencio sobre las manifestaciones de Argibay. La doctora Highton acaso sospechaba este efecto de sus posturas cuando, ante una consulta periodística, en vez de referirse a su posición respecto del aborto, dijo: «Yo me manifiesto a través de mis sentencias».
• Incomodidad
A los ministros del Ejecutivo los incomodan estas sorpresas de sus postulantes para el máximo tribunal. En el caso de Gustavo Béliz, el malestar es previsible: católico practicante y con simpatías hacia el Opus Dei, es nada menos que ministro de Justicia, condición que lo obliga a dictaminar delante del Presidentesobre las calidades de los abogados que el Ejecutivo propone al Senado para la Corte. ¿Qué dirá, por ejemplo, su informe sobre la jueza Argibay, quien se confesó abortista y atea militante? Otro funcionario que debió salir a aclarar la postura del gobierno fue Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Aclaró, cuando el Papa habló del aborto, que la candidata a ministra no legislaría, sino que dictaría sentencias. Como para la despenalización se requiere una ley del Congreso, está garantizada la permanencia del orden actual. Profesor de Derecho, Fernández no ignora que a la Justicia ya le fueron sometidos varios casos sobre la constitucionalidad de la interrupción deliberada de la vida del feto en situaciones límite; pero el ministro debe defender la postura del gobierno, claro.
En medio de esta polémica ético-ideológica por la recomendación de Argibay, que profundizó la que ya se había abierto con la promoción de Eugenio Zaffaroni, el oficialismo imaginó que el nombre de Highton sería visto como una señal de moderación. Este supuesto es el que viene a quebrarse con estas novedades literarias.




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