Belgrano: no había adiestramiento para rescatar náufragos
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El hundimiento del buque General Belgrano también fue recordado entre ex combatientes y dirigentes políticos que reivindicaron la soberanía sobre las islas Malvinas.
Ironías del destino, un destructor con seis cañones de cinco pulgadas, cuatro misiles Exocet y cargas de profundidad antisubmarinas, no tiró un solo proyectil contra el enemigo en la contienda. En cambio, cumplió junto con el Bouchard y el remolcador de mar Gurruchaga la mayor operación de rescate -por el éxito en recuperar vidas humanas- que se conoce desde la Segunda Guerra Mundial.
Auxiliamos a 276 marinos del crucero Gral. Belgrano. El Gurruchaga, más dúctil para las maniobras con mar gruesa, pudo sacar a 365 hombres del agua mientras que el Bouchard, 64. La memoria es inútil para describir ese oleaje encrespado -olas de 12 metros- por un temporal que se abatió, complicando los rescates. Balsas cubiertas de fueloil -el combustible del Belgrano- hacían más difíciles los trabajos para recuperar personas.
Bajé aquel día de mi puesto de combate en el director de Control de Tiro, un cubículo metálico con espacio para tres personas más el radar, ubicado en lo más alto de la superestructura del buque, y seguí las órdenes del entonces capitán de corbeta Juan Carlos Rolón, que dirigió la operación de rescate (hoy encarcelado tras la reapertura de la causa ESMA), quien, al finalizar el conflicto, recibió, como tantos veteranos, el diploma de reconocimiento del Congreso de la Nación firmado por Eduardo Menem, presidente provisional del Senado, y por Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados.
No había adiestramiento para rescatar náufragos, ésa no era nuestra misión; sin embargo, el comandante Grassi ordenó a los dos escoltas navegar a máxima velocidad con todas las luces encendidas hasta el punto en donde se había perdido el contacto con el Gral. Belgrano en búsqueda de sobrevivientes aun con el riesgo de ser nuevamente torpedeados.
Aprovechábamos cada crestadel oleaje para «pescar» las balsas, verificar si había náufragos a bordo -hubo llantos contenidos ante las vacías- recuperar a los marinos no era sencillo. Muchos venían sin ropas, con toda la piel de ese tono entre blancuzco y ocre que exhiben los expuestos a la deflagración de la carga explosiva, impregnados de combustible, otros. Un médico, el entonces teniente de navío Ricardo Dickson (psiquiatra) y tres enfermeros improvisaron un quirófano y una sala de terapia intensiva en el comedor de oficiales, fue la mejor solución ante tanto náufrago herido.




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