Raúl Alfonsín produjo una noche, entre amigos, una definición memorable: «El menemismo es una banda, pero, ojo, el duhaldismo es una organización». Jesús Rodríguez, que comía al lado, creyó necesario aclarar: «¿Entienden en qué sentido dijo 'organización', no?». Jorge Capitanich y Rodolfo Gabrielli comenzaron a entenderlo en estos días. «La orga» los tiene a mal traer. José «Pepe» Pampuro, Aníbal Fernández, Antonio Arcuri, Oscar Rodríguez, Carlos Tempone, Raúl Alvarez Echagüe, Orlando Caporal, Rubén Citara, Carlos Caterbetti y Hugo Toledo podrán estar peleados entre sí, recibir en distinta proporción el favor de Chiche Duhalde, conservar cuentas pendientes por «camorras» de barrio. Pero ante terceros se comportan como una logia: ellos saben que Duhalde es «Negro» -no «el Negro»-, que la avenida Pavón de Lanús es «Champs Elysées» y que cuando se habla de «la Nona» es porque hay una valija dando vueltas. ¿Se entiende?
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Ese grupo comenzó a manifestarse cada vez con mayor hostilidad ante los dos miembros del gabinete que no son bonaerenses: Gabrielli, a quien ya bautizaron «Tristonio» y Capitanich, a quien acusan de ser «el capitanich del titanich». Humor de muchachones en la esquina. Sólo que ahora «la orga» habla con voz oficial, echa a rodar versiones, esmerila con los diarios. Por eso hablan de cambio de gabinete e incluyen a estos dos provincianos en la volteada. Duhalde desmintió ayer que vayan a producirse relevos y atribuyó las versiones a «la acción de algunos lobbies». Casi se tienta de risa al decirlo: él conoce a sus muchachos.
En el caso de las renuncias y reemplazos que Duhalde desautorizó en Ushuaia, los lobbystas están a su lado. Son «Pepe» Pampuro, auspiciante del reemplazo de Jorge Capitanich por Jorge Remes para la Jefatura de Gabinete, y Arcuri, quien pide silencio a sus contertulios -generalmente hombres del conurbano-cuando está por entrar Gabrielli a su despacho. «Este dura poco» comenta, cuando se va el ministro del Interior. De Capitanich la queja es otra: «Necesitamos a alguien que hable con las empresas» dicen en el gobierno y no porque el jefe de Gabinete no lo haga, sino porque no le tienen confianza.
José Ignacio «Bocha» de Mendiguren también tiene su lobbysta. En contra, claro. El ministro de la Producción debe notar que el viento a favor cesó y ahora viene de frente: Héctor Massuh, su verdadero jefe, descubrió que los servicios que De Mendiguren prestó al «mundo de la producción» ya fueron pagados con creces con la temporada de alfombra roja y chofer estatal que le concedieron como ministro. El industrial quiere ahora reemplazar a su ahijado. Por eso «Bocha» sonó desinformado ayer cuando atribuyó las presiones en su contra a que «hay mucha gente a quien le gustaría que este proyecto nacional que está encarando el gobierno fracase». Enseguida mencionó a «bancos que quieren la dolarización y juegan a que seamos una colonia». El viejo truco, nadie se va porque lo echen por incompetente, tampoco porque le hayan quitado respaldo quienes lo pusieron: la caída debe ser épica, merece ser la caída del modelo o, por qué no, de la democracia. Alfonsín expuso el ardid con bastante solvencia en la última sesión del Senado y Duhalde suele hacerlo cuando ofrece la opción «yo o el baño de sangre». En el caso de De Mendiguren, es cierto, el recurso suena exagerado.
•Tentación
A cambio de estas versiones, hay un dato que parece irrefutable en el oficialismo. Lo expuso el propio Duhalde el sábado por la tarde, tomando mate en su quinta de San Vicente con Osvaldo Mércuri, Alberto Balestrini, Arcuri, Pampuro y Oscar Rodríguez: a la Secretaría de Hacienda, cuando se vaya Oscar Lamberto, irá Jorge Sarghini, «el Oveja» para la orga. Felipe Solá recibirá la noticia con sentimientos encontrados: Sarghini debería ser contemplativo con la provincia, ya que fue el ministro de Economía del período de mayores desajustes. Pero también es cierto que la relación entre el actual gobernador y Sarghini quedó pésima, por lo que el nuevo «tesorero» puede tentarse con ser un verdugo. Para el resto del universo, la designación tiene un significado triple: a) Se hará cargo de la ejecución del presupuesto el hombre que más tolerante se mostró con la escalada del gasto bonaerense registrada entre 1998 y 2002; b) la Secretaría de Telecomunicaciones, a la que iría Sarghini, quedará vacante; c) Saúl Bouer, que peleaba la herencia de Lamberto, quedó rezagado en la carrera.
Más franco que los anteriores, el «Mono» José María Díaz Bancalari pidió ayer por radio que incorporen al gabinete «dirigentes más importantes». Mencionó a Rubén Marín, José Manuel de la Sota o Jorge Busti. Referirse a los dos últimos fue un mal favor hecho a Duhalde: ya dijeron que no en su momento, cuando se les ofreció la jefatura de Gabinete y el Ministerio del Interior, respectivamente. Hacerles pronunciar una nueva negativa es agredir al gobierno gratuitamente. Es cierto que el Presidente insiste con tener a Busti y el entrerriano le corresponde alentando movilizaciones que lo halaguen. El nombre de Marín, en cambio, fue motivo de evaluación en la comida que reunió a Duhalde con los senadores de su partido el jueves pasado, en Olivos. «Hablale, ofrecele si quiere sumarse» le solicitó el dueño de casa al senador Carlos Verna, cuando un par de legisladores le sugirió la designación. Verna, que está entre los legisladores más astutos del Congreso, se comprometió a hacer la gestión: «Yo voy a charlar con él el fin de semana, pero mejor llamalo vos» le dijo a Duhalde. El llamado, al parecer, no se había producido hasta anoche. Pero es casi seguro que, si le ofrecen incorporarse al gobierno, Marín se negará con cortesía: «Tengo responsabilidades en la provincia que no me dejan abandonarla en medio de la crisis». Como se ve, no todos son Carlos Ruckauf.
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