Néstor Kirchner ayer en un acto de entrega de bienes para pobres en la base aérea de El Palomar, junto a Aníbal Fernández. Este acto ya fue de franca campaña, así como la apertura de relaciones con los legisladores, a quienes promete ahora tratar mejor.
-Si miramos para atrás, vemos que arrancamos casi sin nada y hoy tenemos el respaldo de la gente, a pesar de que Néstor no es un tipo carismático.
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- ¿Cómo que no? Para mí, sí lo es: si no no tendría 80% de respaldo popular.
- Es cierto, «Cuto». Pero no me refería a eso: quise decir que logró este apoyo con trabajo, después de mucho laburo, que fue construyendo su carisma con su acción.
Alberto Fernández hizo malabares para no caer en la emboscada de Carlos «Cuto» Moreno, que como todo kirchnerista desmesurado no acepta que se dude de la genialidad de Kirchner, ni siquiera si el que lo hace es el ministro más cercano al Presidente de quien no cabe sospechar deslealtad alguna. Tibio entrevero entre el Fernández porteño y el Moreno de Tres Arroyos, sobre las virtudes oratorias y de seductor de masas de Kirchner, que tienta a mirar al pasado y comparar, si no es un exceso, como era el Juan Perón del '43, tres años antes de la plaza masiva del 17 de octubre. Un debate para peronólogos que asomó su cresta anteanoche en la sede del PJ sobre calle Matheu, con el interventor partidario Ramón Ruiz como anfitrión y la casi asistencia perfecta de los 116 diputados nacionales del Frente para la Victoria (FpV).
Simpatía y carcajadas donde antes -no tanto tiempo atrás- hubo miradas hieráticas. Toda esa cordialidad, un homenaje a que Fernández se hizo un hueco en la agenda para sentarse a conversar -o monologar- con los diputados que votan las leyes, que manda el gobierno.
Un festejo particular para Agustín Rossi, el más feliz de la noche porque facturó la concurrencia del jefe de Gabinete -que se sentó en la cabecera con el santafesino, Alberto Balestrini y Patricia Vaca Narvaja («Cuto» llegó tarde y tuvo que sentarse en un aparte) como un gesto de respaldo.
Tiene pesadillas Rossi con José María Díaz Bancalari y el complot que le atribuye para desplazarlo de la jefatura del bloque. El pánico se acrecienta ante hechos eventuales, como la cena que Carlos Zannini compartió hace 15 días con 60 diputados del FpV, donde no fue invitado.
Por lo pronto, a raíz de aquella incursión gastronómica de Zannini en los aledaños legislativos, Alberto Fernández se prestó al encuentro con los diputados que organizó, enérgicamente, Rossi. Ganó el porteño: 110 a 60, en lo referido a la cantidad de asistentes.
Excluidos
Claro que en aquel caso como el asado lo pagaba el santacruceño José Córdoba y los comensales eran, en su mayoría, kirchneristas quejosos, se excluyó expresamente a los bonaerenses para que evitar un respingo de «Cuto» Moreno o de su apacible ladero, Dante Dovena.
Anteanoche, con típico menú peronista -empanadas y asado- Alberto Fernández se entretuvo en una larga charla con los diputados, hizo un balance de la «plaza del sí» y dejó, al menos bosquejadas, algunas indicaciones sobre cómo sigue la construcción del kirchnerismo.
Primero agradeció por la «dedicación» de los diputados para empujar las leyes que envía la Casa Rosada. Un gesto que, aún repetido, siempre es bienvenido por legisladores y sobre todo, sirve como una señal de apoyo, a la conducción del bloque y de la Cámara.
Positivista, el jefe de Gabinete interpretó el acto del 25, como una «reconciliación» entre la clase política y «la gente» porque, confesó, le generó alegría volver a ver a dirigentes -no intendentes o gobernadores que, en general, tienen más vínculo con la calle- caminando entre la gente. Fue en el repaso de la «plaza del sí», cuando Fernández se sumergió en el debate sobre el carisma del patagónico.
Lo más relevante, y fue un detalle del que tomaron nota todos los presentes, es sobre el formato que tendrá la «pluralidad» que impulsa el gobierno. «No habrá acuerdo electoral con la UCR: cada uno debe mantener su identidad y avanzar con acuerdos de fondo, no pactos electorales», se detuvo a aclarar el jefe de Gabinete.
Loas y brindis entre sonrisas y, sobre el final, una muestra más de lo incorregible que son los peronistas. Luego de que Alberto dedicó casi una hora a hablar de la pluralidad, la cena terminó con todos -incluso Fernández- cantando la marcha.
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