23 de mayo 2001 - 00:00

¿Carrió este año candidata a vice?

La primera vez que se habló de la posibilidad se trató de una ocurrencia aislada y quien la expuso fue el propio interesado: durante un seminario de economistas, Domingo Cavallo dijo que sólo aceptaría formar parte del gobierno si lo colocaba allí el voto popular. Fue una condición tan principista como lejana era por entonces la posibilidad de que Fernando de la Rúa lo convocara. Pero aquella sugerencia le permitió a Cavallo plantar por primera vez bandera sobre una operación poco convencional: que se llame a una elección de vicepresidente para reemplazar a Carlos Chacho Alvarez. «Siempre que Alvarez no se presente, me presentaría yo», amenazó el cordobés ante una audiencia de empresarios que lo apoyó en su apuesta.

Sin embargo, cuando la marcha hacia el gobierno comenzó a acelerarse, Cavallo olvidó aquella condición del voto popular y le bastó con un decreto de De la Rúa para aceptar el Ministerio de Economía. La dimensión de la crisis -o de su ambición-cambió sus puntos de vista.

La semilla sembrada por el jefe de Acción por la República siguió, mientras tanto, en germinación. Ya no sería Cavallo quien propusiera una elección de vicepresidente sino un delarruista insospechable como Rafael Pascual, el presidente de la Cámara de Diputados. No debe interpretarse que este caudillo, astuto como pocos, entendió tarde lo que Cavallo había propuesto y, con el tiempo, descartado. Como sucede siempre en política, es más la oportunidad que la sustancia la que vuelve atractiva una idea. Y a Pascual le pareció interesante convertir la elección de octubre en un torneo por ver quién es el mejor vicepresidente. En su esquema debería postularse a Cavallo y, de ese modo, jaquear al peronismo que carece de un dirigente a quien proponer para ese cargo. Debajo del ministro se «colgarían» los candidatos a senador de la Alianza en las distintas provincias y eso mejoraría las chances del gobierno en las urnas. Una objeción que debía escuchar Pascual de sus interlocutores era que un Cavallo con votos propios debilitaría al Presidente de manera inevitable. Pero la respuesta era también bastante lógica: «No más de lo que ya lo debilitó nombrarlo como ministro».

De más está decir que la estrategia de Pascual se asentaba en una condición indispensable: Cavallo debía llegar a la campaña envuelto en el éxito de la reactivación, convertido en el hombre que liberó a la sociedad de la peste. Un papel que el cordobés todavía no está en condiciones de representar. Un poco por esto y otro poco porque De la Rúa nunca terminó de bendecir la iniciativa, la ocurrencia del ministro adoptada por el presidente de la Cámara de Diputados volvió a su estado larval.

Pero, como sucede casi siempre en el radicalismo con las iniciativas de Pascual, fue Federico Storani quien la hizo propia (después de haberla criticado sistemáticamente, claro). En el caso de «Fredi» la elección de vicepresidente se convierte en un arma de doble filo, con la cual enfrentar a la oposición y, sobre todo, al gobierno, al mismo tiempo. Por eso, en vez de postular a Cavallo como candidato, el ex ministro del Interior alienta la candidatura de Elisa «Lilita» Carrió.

Para Storani la diputada tiene la virtud de encandilar con sus largos discursos -en los que se mezclan hallazgos conceptuales con una estética de rosarios y vírgenes casi contrarreformista-a otros radicales bonaerenses tan decisivos como Raúl Alfonsín o Leopoldo Moreau. Alimentado por las encuestas y los movileros, «Fredi» cayó presa del lugar común que ganó a tantos cenáculos políticos en estos días: que el gobierno puede colapsar y que a la Alianza sólo le queda la carta de Carrió para una eventual elección anticipada. Frente a esa posibilidad, la convocatoria a comicios de vicepresidente sería un mal menor.

La figura de Carrió tiene para los storanistas una virtud inapreciable: además de hacer daño a la oposición peronista, lastima también al sector interno al que el ex ministro detesta. A esta fracción pertenecen desde Chrystian Colombo hasta (sobre todo) Patricia Bullrich, por no mencionar al Presidente con quien Storani está tan despechado desde que abandonó el cargo de ministro. Además, «Lilita» tiene otra condición que fascina a «Fredi»: una enemistad mortal con Angel Rozas, el gobernador del Chaco que pretende presidir el radicalismo y con quien el ex titular de Interior no pudo siquiera competir porque Alfonsín le retiró el apoyo imprescindible.

Habrá que esperar las reacciones de Carrió frente a los planes que se tejen sobre su estrellato mediático. Como se sabe, sus palabras de afecto referidas a correligionarios comienzan y terminan en Alfonsín. Ni Chacho consiguió arrancarle un mimo verbal, acaso porque conoce una versión demasiado prosaica del ex líder del Frepaso: la que le provee Alfredo Bravo.

De todos modos, Storani acaso consigue, sin saberlo, corregir la historia. Es que la actual diputada ya fue por un instante candidata a vice de los radicales. De la Rúa la postuló entre íntimos en un momento en que no se ponía de acuerdo con el Frepaso para realizar una elección interna como la que finalmente ocurrió contra Graciela Fernández Meijide. Desde entonces, nadie sabe a ciencia cierta si la dureza de Carrió con el Presidente no se debe, aunque sea en parte, a que ni siguiera le avisaron que ya no necesitarían de su candidatura. Es de esperar que Storani proceda, si fuera el caso, de manera más caballeresca.


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