21 de diciembre 2001 - 00:00

Cavallo, desconsolado: "Hasta acá llegamos"

"Armando, hasta acá llegamos. Que todos los secretarios y directores ayuden a los que los sucedan. Que todo sea tranquilo." Un desconsolado Domingo Cavallo puso su brazo derecho sobre el hombro del hasta ayer titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Armando Caro Figueroa, y dio las últimas instrucciones para su equipo económico. Serio, el hasta ayer recaudador salió del edificio del ex ministro en Ocampo y Libertador a las 10.00 y fue uno de los primeros en vivir en directo la furia popular. Logró, sin embargo, dar las instrucciones de Cavallo a los secretarios que más cerca tenía.

Caro Figueroa fue, además, el único integrante del equipo económico que pudo llegar hasta su despacho y quitar sus pertenencias personales y sus principales papeles.
Sucede que el titular de la AFIP llegó a las 7.45 al ex edificio del Banco Hipotecario, donde funciona el organismo recaudador, cuando aún no se registraban desmanes en la Plaza de Mayo, vestido de «civil» y sin su tradicional saco azul cruzado. «Gracias. Lamentablemente todo se precipitó», repitió apesadumbrado mientras saludaba con la mano a la veintena de colaboradores que a esa hora circulaban por el ex Hipotecario. La circulación por el primer piso del edificio de la AFIP no fue fácil. El titular de la Dirección General Impositiva (DGI), Horacio Rodríguez Larreta (que hasta ayer a la tarde continuaba en su cargo al tener la venia de Carlos Ruckauf, lo que generó un malhumor absoluto en Caro, que soñaba con renuncias masivas de todos sus colaboradores), había dejado la noche anterior la ventana de su oficina abierta. Las palabras fallidas de Fernando de la Rúa generaron la espontánea marcha a la Plaza de Mayo en la madrugada de ayer y la posterior represión con gases lacrimógenos. El producto químico ingresó en la oficina del hombre fuerte de la DGI, se propagó y concentró en varios salones y despachos (incluyendo el principal, Carlos Tacchi) y provocó que muchos de los empleados del edificio tuvieran descompostura.

• Desmantelamiento

El resto de los secretarios que acompañaron a Cavallo no pudo llegar a la otra sede del poder cavallista, el cuarto y el quinto pisos del Ministerio de Economía, para despejar sus escritorios, ya que cuando llegó la orden definitiva (a las 10), la Plaza de Mayo ya estaba en plena ebullición. La orden, entonces, de los colaboradores directos de los ex hombres de confianza del cavallismo fue que sus secretarias, secretarios y amigos hicieran la tarea del desmantelamiento general de papeles importantes, fotos personales, objetos de culto (como un premio que Guillermo Mondino tenía en su despacho de sus días de economista privado) y misceláneas varias (como una planta de un secretario privado de Cavallo). Así se vio, entre las 11 y las 13.30, un constante circular de cajas de cartón, valijas con rueditas y un par de Samsonite verdes saliendo de los salones privados del quinto piso, donde tradicionalmente trabajan los equipos económicos, hacia los ascensores con destino al estacionamiento. Una vez llenos, los automóviles abandonaban el Palacio de Hacienda por la salida de Paseo Colón hacia los destinos particulares de los ex funcionarios. Incluso hubo dos viajes de un Peugeot 607 gris desde Economía hacia el piso de Libertador y Ocampo.

Al mediodía, y ya cuando en la Plaza de Mayo había una batalla campal entre manifestantes y Policía Federal, en el Palacio de Hacienda sólo quedaban los empleados rasos.
Estos lentamente fueron concentrándose en la terraza del edificio, frente a la Casa de Gobierno, para ver los incidentes. Hacia las 14.00, en una esquina del otro lado de la Plaza de Mayo (Rivadavia y San Martín) comenzó la concentración de unos 300 empleados provenientes de la City porteña. Quedó así como una postal del 20 de diciembre de 2001 cómo los empleados de Economía (incluyendo a varios secretarios y ex colaboradores directos pero no de primera línea de Domingo Cavallo) y empleados de bancos (incluyendo a gerentes y operadores de mesas de dinero de entidades importantes) aplaudían a los manifestantes y abucheaban a los policías que trasladaban a los primeros hacia los carros celulares que se estacionaron en la vereda del Banco Nación, donde hasta hace unos pocos días Cavallo daba sus legendarios discursos.

A las 15.00 llegó la orden definitiva, tanto dentro del edificio de Economía como para los funcionarios que aún quedaban en la sede de la AFIP. «Todos deben abandonar el edificio», fue la orden que un sargento de la Policía Federal llevó a ambos lugares cruzando corriendo la calle Hipólito Yrigoyen y trasladando las órdenes del jefe de la Casa Militar de la Casa Rosada. Los hombres de Cavallo, con tranquilidad, comenzaron a traspasar la pequeña puerta que quedó abierta en Paseo Colón 171.

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