Cavallo, desconsolado: "Hasta acá llegamos"
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Caro Figueroa fue, además, el único integrante del equipo económico que pudo llegar hasta su despacho y quitar sus pertenencias personales y sus principales papeles. Sucede que el titular de la AFIP llegó a las 7.45 al ex edificio del Banco Hipotecario, donde funciona el organismo recaudador, cuando aún no se registraban desmanes en la Plaza de Mayo, vestido de «civil» y sin su tradicional saco azul cruzado. «Gracias. Lamentablemente todo se precipitó», repitió apesadumbrado mientras saludaba con la mano a la veintena de colaboradores que a esa hora circulaban por el ex Hipotecario. La circulación por el primer piso del edificio de la AFIP no fue fácil. El titular de la Dirección General Impositiva (DGI), Horacio Rodríguez Larreta (que hasta ayer a la tarde continuaba en su cargo al tener la venia de Carlos Ruckauf, lo que generó un malhumor absoluto en Caro, que soñaba con renuncias masivas de todos sus colaboradores), había dejado la noche anterior la ventana de su oficina abierta. Las palabras fallidas de Fernando de la Rúa generaron la espontánea marcha a la Plaza de Mayo en la madrugada de ayer y la posterior represión con gases lacrimógenos. El producto químico ingresó en la oficina del hombre fuerte de la DGI, se propagó y concentró en varios salones y despachos (incluyendo el principal, Carlos Tacchi) y provocó que muchos de los empleados del edificio tuvieran descompostura.
Al mediodía, y ya cuando en la Plaza de Mayo había una batalla campal entre manifestantes y Policía Federal, en el Palacio de Hacienda sólo quedaban los empleados rasos. Estos lentamente fueron concentrándose en la terraza del edificio, frente a la Casa de Gobierno, para ver los incidentes. Hacia las 14.00, en una esquina del otro lado de la Plaza de Mayo (Rivadavia y San Martín) comenzó la concentración de unos 300 empleados provenientes de la City porteña. Quedó así como una postal del 20 de diciembre de 2001 cómo los empleados de Economía (incluyendo a varios secretarios y ex colaboradores directos pero no de primera línea de Domingo Cavallo) y empleados de bancos (incluyendo a gerentes y operadores de mesas de dinero de entidades importantes) aplaudían a los manifestantes y abucheaban a los policías que trasladaban a los primeros hacia los carros celulares que se estacionaron en la vereda del Banco Nación, donde hasta hace unos pocos días Cavallo daba sus legendarios discursos.




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