21 de septiembre 2001 - 00:00

"Cavallo es un patriota", lo defendió el Presidente

El miércoles por la noche, mientras comían un pavo asado en el chalet de la residencia de Olivos, Inés Pertiné, Agustina y Juan Petracchi, Nicolás Gallo, Juan Pablo Baylac y dos invitados más, identificados misteriosamente como «los voceros que comen a dos bocas», se enteraron de que durante la tarde Fernando de la Rúa había mantenido una reunión importante con Domingo Cavallo. Supieron también que, en ese encuentro, el Presidente había convencido a su ministro de la conveniencia de no inmiscuirse en la campaña electoral. Y que Cavallo justificó sus dichos de ese día: «No dije que el gobierno perdería sino que la Alianza, en algunos distritos en los que no se apoya la política oficial, no tendría suerte en las elecciones». El que contó esos detalles, mientras comía también del pavo casi apáticamente, fue el propio De la Rúa, quien esa noche echó un vistazo sobre la galería de sus ministros de Economía. «(José Luis) Machinea hizo un buen trabajo pero, claro, una cosa fue lo que pensábamos encontrar antes de asumir y otra lo que apareció cuando ya estábamos aquí. Además, él y su equipo estaban muy acomplejados con lo que les había pasado cuando trabajaron con (Raúl) Alfonsín y eso les restaba fuerza...», comenzó el Presidente. Después sobrevoló sobre Ricardo López Murphy: «Fue muy generoso conmigo. Lo llamamos a París, donde estaba por una reunión como ministro de Defensa, y él no quería venir. Pero aceptó, vino y se hizo cargo». Los comensales levantaron la vista porque, suponían, venía el tramo más interesante del relato: la explicación que De la Rúa se da de la despedida que le brindaron a López Murphy a los pocos días de haber asumido.

• Conducta generosa

Lo demás, hay que pensar, ya lo sabían salvo que no lean los diarios, lo que es impensable en gente medianamente inquieta. Pero se quedaron con las ganas. De la Rúa no dijo una palabra sobre ese punto y enseguida hubo que pensar en Cavallo: «Es un patriota. Aceptó en una situación conflictiva aunque, también es cierto, se pudo beneficiar del blindaje que nos habían provisto en la gestión de Machinea. Pero su conducta fue muy generosa».

La definición sobre el ministro no era intrascendente esa noche. Cavallo se había lanzado verbalmente sobre los radicales, diciendo que perderían en todos lados y que él había sido convocado para arreglar el desbarajuste armado por los funcionarios de ese partido. Como se ve, él admite ser un patriota sólo que lo expresa más agresivamente. Pero las declaraciones del miércoles habían irritado al extremo la piel de todo el radicalismo y hasta hicieron pensar en que, más que un exabrupto, expresaban una estrategia que el ministro había diseñado para abandonar el gobierno. De la Rúa reveló ante los íntimos que comían con él que no era así y que, efectivamente, Cavallo había sido de nuevo víctima de su incontinencia verbal: «Hoy me vino a ver y me explicó lo que quiso expresar; él dijo que la Alianza como fuerza electoral puede perder en algunos distritos por ponerse en contra del gobierno, por no defender lo que hacemos delante de la oposición. Pero yo le aconsejé que no se meta en la campaña, ya que nadie del gobierno se va a meter».

Como se ve, De la Rúa no cree que sea la hora de desprenderse del titular del Palacio de Hacienda. Admitió después que «hay algunas dificultades pero vamos a alcanzar el déficit cero y ahora deberán entrar las provincias». Ya llegaba el helado y a sobrar la economía como tema de conversación. Alguien le preguntó a Agustina, la hija del Presidente, por su estado de salud (tuvo una fuerte lipotimia a comienzos de la semana) y ella aclaró que estaba recuperada y bien: «Tanto que mañana voy a ir a la inauguración del museo de (Eduardo) Costantini». Efectivamente, allí se la vio ayer, en la primera aparición de una estrategia oficial de imagen consistente en exhibirla más ante los medios. Finalmente Antonio, el hijo mayor de la familia, mereció algún comentario: «Shakira le hizo una canción, mejor dicho, se inspiró en él y salió bastante bien, es muy simpática». La aprobación era tan importante como la que mereció Cavallo esa noche: venía de Inés, la madre del muchacho.

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