11 de julio 2007 - 00:00

Cede Kirchner a Picolotti para salvar a Miceli

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
Cuando Romina Picolotti entró, a las 17.15 de ayer, a la Casa Rosada abrazada a una carpetita, su permanencia en el gobierno corría con tiempo de descuento. Unas horas antes, Néstor Kirchner había decidido clausurar el ciclo de la dama como secretaria de Medio Ambiente.

Consuelo último, Picolotti es -por ahora- dueña de las formas de su retirada. Quizá, además, de los tiempos. Por lo pronto, anoche no hubo palabra oficial sobre el desplazamiento de la secretaria.

En cuanto a las maneras, una renuncia culposa, casi una admisión de lo que se le imputa, es la música que le gustaría escuchar al presidente Kirchner. Tampoco le sonaría mal una salida estruendosa con pataleo y gritos; a lo Gustavo Béliz.

El patagónico prefiere evitar (pero lo hará llegado el caso) echarla. Ajusticiarla implicaría reconocer que Picolotti, en su temporada en el gobierno técnicamente con dependencia de la Presidencia, cometió una colección de torpezas que nadie detectó ni previno a tiempo.

  • Interpretación

  • Las sospechas de desprolijidades no son, por supuesto, un motivo menor. Hay, sin embargo, otra razón poderosa que explica el «delete» de Kirchner a Picolotti: la simultaneidad de su escándalo con la mala hora de Felisa Miceli, la ministra de Economía.

    El patagónico, según una de las hipótesis más escuchadas en la Casa Rosada, interpreta que no puede permitir que las dos crisis -la de Miceli y la de Picolotti- perduren sin una reacción oficial que no puede expresarse de otra manera que con recambios.

    Más simple: Picolotti hizo méritos para su destierro, pero también le debe a la pasión por el pago en efectivo de Miceli su salida -más temprano que tarde- del gobierno. De manera figurada, Picolotti se convirtió en el colchón que amortigua a Miceli.

    A través del prisma con que el gobierno observa los dos incidentes, el caso Miceli entró en un terreno propio de la metafísica o de la magia. «Ella ya dio sus explicaciones: ahora es una cuestión de creerle o no. ¿Es torpe o corrupta?», hacen como que la protegen.

    Sobre Picolotti la mirada es menos inocente. ¿Será consecuencia de que la secretaria jugueteó tanto con el concepto de su independencia y su condición de no política que ahora no hay, salvo y en goteo Alberto Fernández, nadie que le tienda una mano?

    Ayer, encima, tres denuncias desembarcaron en la Justicia luego de que trascendieron los supuestos desaguisados en la administración de Picolotti en Medio Ambiente, área de la que el realismo mágico kirchnerista excluyó la disputa por las papeleras.

    A tribunales ingresaron, ayer, acusaciones por «defraudación» e «incumplimiento de los deberes de funcionaria», entre otros delitos. El abogado Ricardo Monner Sans fue uno de los denunciantes. Un rato después, Picolotti se vio con Alberto Fernández.

    En ocasiones, las formas dicen mucho. El lunes, la secretaria no tenía agenda definida con el jefe de Gabinete. Una especie de desprecio poco sutil. Son los modos que usa el kirchnerismo con los que considera descarridos. No en vano se tentaban con ver a Picolotti como versión femenina de Béliz.

    Un dato más para completar el ciclo: en las últimas horas hubo sondeos informales, alguna consulta cruzada, tanteos de ocasión, en busca de un potencial reemplazo para la secretaria de Medio Ambiente. Kirchner tendría el nombre. Quizá antes consulte a Cristina.

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