4 de julio 2008 - 00:00

Cerca de Londres, lejos de la virgen

Harta quizás de la espera -en rigor, una flagrante negativa-, la Presidente le buscó otro destino a un ex ministro silencioso de su marido: Alberto Iribarne, ex de Justicia. Como se sabe, a él se lo pretendió enviar como embajador ante el Vaticano y la jerarquía católica archivó el pliego: no podía aceptar en su casa un diplomático divorciado (recordar que, ahora, la Iglesia no deja siquiera comulgar a los divorciados). Esos rígidos detalles no le interesaron al kirchnerismo, más bien se ofendieron por el rechazo. E Iribarne, escaldado, aguardaba otro paradero. Ya lo tiene, dicen: lo designarían en Londres (en lugar de Federico Mirré). O sea, para un bon vivant no demasiado creyente, un bonus de vida superior al confinamiento en la liturgia vaticana (por más que uno se evada luego en Roma).

Esta novedad a confirmar, justo, coincide con una liquidación temporaria en el extremodel Salón Blanco de la Casa Rosada, cuando comienza la alfombra roja en el primer piso: allí, antes, cualquier funcionario devoto o visitante católico podía detenerse y encomendarse a Dios (por no hablar de los presidentes que, al salir del ascensor, al menos se persignaban). Esa mínima capilla fue suprimida por razones de funcionamiento, algunos creen que en busca de otra ubicación en la Casa Rosada. Y, en su lugar, se colocó un escritorio con una notebook que pertenece a un tal Max, diminutivo para un personaje de obediencia sureña al ex mandatario Néstor. Un hombre clave, sin duda, al menos más terrenal. Habrá que aguardar una guía futura del gobierno para saber dónde se instaló esta tradicional capillita, seguramente más lejos de Cristina (debajo de ella, tal vez, en la planta baja), quien ayer confesó que cree mucho en Dios. Amén.

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