BUENO: El pensador se eleva sobre las particularidades y compone una breve teoría (tampoco hay que pedirle tanto para una columna periodísticade domingo) sobre la diferencia con que interpretan el concepto de «justicia» los regímenes aristocráticos, populistas u oligárquicos. La excusa para montarse sobre esta ola se la provee a Grondona esta vez el caudal de aplazos que hubo en los exámenes de ingreso a varias facultades de Medicina y el debate sobre la institución misma de esas pruebas. El ensayo parte de la doctrina liberal, que no se interroga por el concepto de justicia social, sencillamente porque la supone parte de la dinámica del «derrame», por el cual el beneficio de los más competitivos tiene un efecto positivo sobre los más rezagados. Grondona aclara que esa doctrina puede ser cierta pero suele verificarse en el muy largo plazo, ése en el cual todos estaremos muertos, por citar la frase algo ansiosa de Keynes (mejorado por su discípula Joan Robinson, quien le agregó «pero no todos al mismo tiempo»). Para corregir la falta de tiempo Grondona recurre al filósofo del derecho John Rawls (ése que, entre nosotros, Carlos Nino le enseñó a leer a Raúl Alfonsín). Según el «principio de la diferencia» de Rawls, enseña el ensayista, una sociedad es equitativa cuando induce, deliberadamente, a que el progreso de los más competitivos se traduzca en el beneficio de los menos competitivos. «Juan, que es más competitivo, pasa de ganar uno a ganar tres. Pedro, que es menos competitivo, pasa de ganar uno a ganar dos. Gana menos que Juan, pero también gana» dice Grondona. Según Rawls, entonces, una sociedad es equitativa cuando distribuye bien las oportunidades y le da a todos similares posibilidades para competir. Con este itinerario Grondona pretende llegar a una conclusión: el populismo, muy extendido en la Argentina, no es justiciero ya que no se fija en el reparto de oportunidades que cada cual debe aprovechar activamente sino solamente en el reparto de ingresos, que aún los no competitivos reciben de manera pasiva. En conclusión: una sociedad justa, para Grondona, es una en la que todos tendrían el derecho de rendir el examen de ingreso, no de ingresar a la Universidad; todos deberían tener el derecho a trabajar y no a cobrar (como hacen «ñoquis» o beneficiarios de planes sociales que vuelven a la gente cada día más dependiente de quien los otorga y no de sí misma). Al final, el ensayista aterriza sobre las etimologías griegas, como se costumbre, en una defensa de la aristocracia como sistema que premia a los mejores (aristón) y no sólo a los acomodados o mejor ubicados, como hace la oligarquía. Grondona aprovecha el tango «Cambalache» («no hay aplazaos ni escalafón») para mezclar cultura clásica y lunfardo en la misma temática. Termina así el columnista su planteo: «Desde tiempos de Discépolo, los argentinos hemos perdido el rumbo de la justicia. Premiamos a los acomodados. Desalentamos a los esforzados. Convertimos en pasivos y dependientes a los necesitados. ¿Puede sorprender entonces que no avancemos desde hace décadas en el concierto de las naciones?». Demás está decir que este criterio supone una toma de posición respecto del papel del peronismo en la historia argentina que Grondona se niega a explicitar, aunque en él sea tan fácil de presumir: no es un dato a dejar pasar que para él la Argentina haya extraviado su concepto de justicia social exactamente en el ciclo histórico en que ese movimiento vio la luz y creyó consagrar por primera vez ese valor.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
PRESCINDIBLE: Una vez más el columnista de «La Nación» y Eduardo van der Kooy, del monopolio «Clarín» -al que también pertenece Joaquín Morales Solá vía el canal TN-, escriben casi la misma nota. Con diferencias literarias, es cierto, a favor de Morales Solá. Sin embargo, en este periodista hay un rasgo diferencial, como siempre, que es el calor que pone en la defensa de Roberto Lavagna. En ambos casos se comenta, casi exclusivamente, la discusión entre el gobierno y el Fondo Monetario Internacional. Y en los dos se parte de la misma hipótesis, que ni siquiera por un ejercicio de imaginación se osa revisar. Esta hipótesis es que la reestructuración de la deuda ha sido una operación cuyo éxito sólo no reconoce «el mundo». Morales Solá lleva al extremo esta idea diciendo: «El mundo no está dejando respirar al país. Ni siquiera le dio tiempo para que concluyera el canje acordado de bonos (por los obstáculos judiciales en los Estados Unidos) cuando los bonistas rebeldes pasaron a ser la prioridad casi absoluta de los que mandan en el exterior». El discurso de Lavagna, el día en que se anunció la cifra final de aceptación del canje, fue menos oficialista que este párrafo de su apologista Morales Solá, quien hasta habla de «bonistas rebeldes» (sic) para mencionar a los que no aceptaron una oferta unilateral. En efecto, tanto el periodista de «La Nación» como el de «Clarín» ignoran algo que cualquier análisis inteligente del problema debería tomar en cuenta: jamás en el exterior se consideró que una reestructuración casi no negociada, con una quita inédita y en la que el «default residual» es, por su volumen, el tercero de la historia del capitalismo, constituye una operación lograda. Lo que los expertos y la prensa internacional están dispuestos a aceptar es que el canje tuvo más adhesión que la prevista pero nadie lo confunde con una operación ejemplar. A pesar de que Morales Solá repita el criterio del ministro diciendo que la negociación debe medirse solamente por el porcentaje de deuda que quedó respecto del PBI (mejor que la de Brasil) y no por la aptitud en que se encuentra el país como tomador de crédito en el mercado internacional (peor que la de Brasil a pesar de aquella proporción). Es inevitable, Morales Solá siempre pierde el rumbo ante las cuestiones económicas. Lavagna se negó a negociar, arrastró los pies a lo largo de más de dos años, dio cada paso hacia un acuerdo sólo como resultado de una extraordinaria presión internacional y todo esto lo paga hoy con una imagen negativa respecto de su gestión en esta materia. Esta asimetría entre la visión que se tiene de la reestructuración fuera del país y la que se tiene fronteras adentro es un dato central para comprender la discusión con el fondo, que los columnistas de ayer ignoraron por completo. Otro error de Morales Solá es lamentar que «los bonistas disconformes tienen más poder real que los que aceptaron el canje» ya que éstos no pudieron efectivizarlo por los litigios en el juzgado de Thomas Griesa. ¿Supone que si no existieran esos fallos los acreedores de la Argentina, locos de contentos, intercederían ante el Fondo y el G-7 para que le den al país por saldado el problema del default? Es obvio que, a pesar de ser 14% del total de la deuda pública argentina (como Lavagna, Morales toma también la que está «performing» como base de su cálculo), son los bonistas que siguen fuera del acuerdo los que moverán la opinión internacional, no los otros. Otro apotegma lavagnista que vicia el análisis de Morales Solá es considerar que Brasil abandonó el acuerdo con el Fondo porque fracasó una negociación y no por vocación de la propia administración de Lula. Tanta afinidad intelectual con Lavagna por lo menos deja un rédito para el lector: el periodista deja caer un dato y es que Lavagna se niega a entrar en default con el Fondo. En cambio, preferiría abandonar los programas del organismo en una retirada ordenada que obligaría a saldar la deuda contraída en apenas cinco años. También admite que Kirchner no aceptará esa receta. Finalmente, Morales Solá se envuelve en la bandera norteamericana y, con acierto, le reprocha al gobierno ser tan estricto en materia de derechos humanos locales y, en cambio, tan indulgente con los que se le niegan a la ciudadanía en Cuba, bajo el imperio dictatorial de Fidel Castro.
VAN DER KOOY, EDUARDO «Clarín»
PRESCINDIBLE: Lavagna es en las notas de Morales Solá lo que Rafael Bielsa en las de Van der Kooy. Esta vez el columnista del monopolio hace interpretar al canciller una versión de la polémica con el Fondo. No difiere, en esencia, de la del ministro de Economía en la nota del otro periodista. Es decir: el sistema internacional no está dispuesto a reconocer el éxito de la negociación de la deuda tal como la llevó adelante Lavagna. Van der Kooy va más allá de esa frontera y dice que ese éxito fue tal que provocó una crisis en el seno del G-7. Como si los países que se niegan a aceptar los resultados expuestos por Economía no fueran los mismos que se negaban, antes de conocer esos resultados, a bendecir su método de negociación (o de no negociación). Van der Kooy, como Morales Solá, dice que el gobierno de George Bush mira con buenos ojos la reestructuración (Bielsa le dijo que ése fue el motivo del llamado del presidente norteamericano a Néstor Kirchner hace poco más de dos semanas). Pero no se siente obligado a aclarar lo que él mismo consigna: que Anne Krueger -íntima de Condoleezza Rice- es quien más se opone en el comando del Fondo a aceptar que la Argentina haya salido del default. Al hablar de cómo el Presidente mira el problema, es cierto, Van der Kooy se aproxima más al realismo: dice que Kirchner no está dispuesto a bajar la bandera electoral de un tipo de relación con los acreedores que le rindió mucho en las encuestas en un año de comicios « plebiscitarios». Martín Redrado viene en la nota del columnista a apoyar esa postura diciendo que Wall Street ya dio por descontado que la Argentina saldría del default y que la Cámara de Apelaciones de los Estados Unidos le dará la razón a Griesa y confirmará la negativa a embargar los bonos del canje. Como Morales Solá al escribir sobre el eventual default con el Fondo, también Van der Kooy habla de diferencia entre Kirchner y Lavagna respecto de reabrir o no la negociación con los acreedores que no aceptaron el canje. Según éste columnista, Lavagna adopta el rol más contemplativo y el Presidente el más duro como una maniobra de «halcón y paloma» pactada entre ellos, tanto que el comunicado argentino frente al Fondo y el G-7 lo redactaron juntos. Donde las dos notas se vuelven una es en la frase «de nada sirve salir de un default para caer en otro», criterio que los dos columnistas le atribuyen al gobierno. Después Van der Kooy repasa los apoyos recibidos por Kirchner en esta negociación durante la última semana. E informa sobre un dato desconocido: una charla que habría tenido José Luis Rodríguez Zapatero con Rodrigo de Rato para abogar por la Argentina, pidiéndole que no preste demasiada atención a la inflación (sic) y que tampoco presione por un mayor superávit fiscal. Zapatero lo habría hecho en una defensa indirecta de los intereses de las empresas españolas. Al columnista no se le ocurre preguntarse si Kirchner le adelantó al primer ministro alguna solución para las compañías de ese país que esperan todavía regularizar sus contratos y tarifas. Es una pregunta obvia si se conoce el dato sobre esa gestión. Tampoco se le ocurre a Van der Kooy, cuando salta de surco, decir de qué hablaron Alberto Fernández y Eduardo Duhalde la semana pasada, en una conversación que él se encarga solamente de consignar. VERBITSKY, HORACIO «Página/12» PRESCINDIBLE: Domingo a domingo este columnista va dejando de lado la vida pública para concentrarse en la crónica de sus obsesiones profesionaleso personales. La semana pasada dedicósu columna a una insólita nota contra el cardenal Jorge Bergoglio, calificándolo como peligroso -entre otras cosas-porque vela la enfermedad de los curas de su diócesis durante las noches. Le contestó el padre Guillermo Marcó en un extenso perfil del arzobispo tomado casi al dictado de este vocero por el diario «Il Corriere della Sera», el sábado pasado. Esta vez Verbitsky vuelve sobre el «exterminio» que se planifica según él en las cárceles bonaerenses, según un informe del instituto que él regentea, el Centro de Estudios Legales y Sociales y otros organismos de derechos humanos vinculados a la izquierda ideológica. Es curioso que este asesor presidencial deje pasar en su columna que el gobierno al que habitualmente halaga se abstuvo de nuevo en el debate que se desarrolla en las Naciones Unidas respecto de las violaciones a los derechos humanos en Cuba, decisión que se tomó la semana pasada. En cambio se dedica a presentar a la gestión de Felipe Solá como un equivalente a escala local de lo que fue el nazismo con sus campos de concentración. Un buen servicio a su asesorado Kirchner, por las dudas de que deba justificar por qué, en un eventual pacto con Eduardo Duhalde, no se vio tampoco obligado a ninguna incondicionalidad con Solá.
Dejá tu comentario