Comentarios políticos de este fin de semana
(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)
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Cristina Kirchner y Roberto Lavagna
«Clarín».
Morales Solá, Joaquín.
«La Nación».
Prescindible. Con la misma letra, Morales Solá cambia el orden de las estrofas respecto de Van der Kooy. Se demora, primero, en el elogio de Lavagna, con los mismos argumentos que «Clarín» y que el ministro en Adefa: mejoró la tasa de actividad económica y eso se impulsa en los sectores productivos y no en los servicios (clave en la ideología del ministro). El columnista agrega un lamento, el mismo que se escucha en Economía: allí le reprochan a Kirchner tener un discurso antiinversión que desalienta a los empresarios. Cita Morales Solá el precoloquio de IDEA en Rosario y el vendaval de críticas lanzado desde el gobierno porque se advirtió el riesgo de una suba generalizada de sueldos. Lavagna puro: el problema de la economía es Kirchner que desalienta la inversión pero no Economía, aunque carezca de un programa de reformas para el país. Después el columnista ingresa en la cuestión de la Corte y de la salida de Boggiano.
Como Van der Kooy, explicaque en el Ejecutivo querían preservar a Boggiano, pero que los diputados y Cristina Fernández de Kirchner lo impidieron. Morales Solá escribe casi con candor esta página: dice que lo que el gobierno valora de Boggiano es que se apartó de la ex mayoría automática, y que salvó a la economía de los proyectos redolarizadores de entonces. El periodista no dedica un solo adjetivo a lo que está narrando: Boggiano pasó de una mayoría automática a otra; de la defensa de la convertibilidad a la justificación de su final. Curioso: fue Morales Solá quien, hace ya tiempo, informó con detalle (también sin abrir juicio de valor), en la tapa de su diario, sobre el pacto entre Roberto Lavagna y Boggiano para que el juez siguiera en la Corte a cambio de defender la pesificación. Es el pacto que se acaba de violar. Si bien el columnista no se alarma sobre esta transgresión a la división de poderes, sí censura otra: la que provocó Cristina Kirchner, que condenó a Boggiano en el Senado a pesar de ser la esposa del Presidente.
Es cierto que la primera dama condenando o absolviendo en el Senado a los magistrados sometidos a juicio político ofrece una imagen arcaica de la Argentina. Similar a aquella otra de tres integrantes del mismo estudio jurídico presidiendo los tres poderes del Estado, como publicó tantas veces Ambito Financiero: Carlos Menem, Eduardo Menem (a partir de 1991) y Julio Nazareno. Pero, por los mismos argumentos de Morales Solá en su nota, habría que consignar que en este caso Cristina Kirchner demostró una independencia rara: condenó a Boggiano cuando buena parte del gobierno de su esposo lo quería salvar. Es decir, las cosas son exactamente al revés de cómo las pinta la nota: la falta de independencia la tuvo Cristina Kirchner Roberto Lavagna el Ejecutivo en su pacto con el juez y no la senadora, que lo condenó casi con los mismos argumentos que se utilizaron en el caso de Eduardo Moliné O'Connor. Justamente esta conducta de Cristina es la noticia que los periodistas pasan por alto: por primera vez votó en contra de lo que quería el equipo de su marido. Como Van der Kooy, Morales Solá tal vez exagera el comportamiento de los senadores duhaldistas en el caso Boggiano, como si expresaran allí el disenso de la interna bonaerense. En rigor, Duhalde le debe a Boggiano (y a sus reuniones casi clandestinas con el entonces ministro de Justicia Juanjo Alvarez) mucho más que Kirchner, por eso no lo condena. Finalmente, también como el columnista de «Clarín», el de «La Nación» consigna que la interna bonaerense es de pronóstico reservado.
Explica lo que ya se publicó en Ambito Financiero: Duhalde no quiere acordar los cargos nacionales antes de demostrar que domina el territorio provincial. Y Kirchner quiere lo contrario.
Laborda, Fernando.
«La Nación».
Regular. Faltó ayer el ensayo de Mariano Grondona (de viaje en París), que fue sustituido con una columna de este periodista del diario. Tiene buena información, aunque un poco envejecida. Hace semanas se escribió en Ambito Financiero que una corriente del gobierno aspira a que Lavagna salga de Economía después de las elecciones. Unos lo imaginan en Cancillería, otros -radicales- lo quieren candidato a presidente en alianza con el duhaldismo. Nada novedoso, pero todo correcto. En especial lo siguiente: si el duhaldismo está incubando la candidatura de Lavagna para 2007, es lógico que Kirchner quiera destruir a ese aparato en 2005.
Laborda se aboca a este tema en el párrafosiguiente. Allí tal vez se entusiasma demasiado con una martingala de almanaque, pero de escasa probabilidad política. Es cierto que el 24 de agosto se pueden fusionar listas (las de Cristina y Chiche, por ejemplo) en un frente. Pero es muy difícil imaginar que Duhalde lance a su mujer, con toda la agresividad que tendría ese gesto, para después negociarla. Más probable es que el caudillo de Lomas decida todo esta semana: si lanza a su mujer y rompe con Kirchner para siempre o si se somete a la Casa Rosada. Gana la nota cuando describe los argumentos de los dos lados en la seducción de los intendentes. «Entrá que cierra el cine», dice Aníbal Fernández (siempre con algo de reo) y «los van a usar y tirar como a Ibarra», atemoriza Duhalde. El final es sensato: puede haber un arreglo, pero la relación política entre los dos líderes está quebrada.
Verbitsky, Horacio.
«Página/12».
Prescindible. El columnista, a quien algunos animadores suelen llamar «Dr. Verbitsky» por su afición a los temas jurídicos, repasa la historia de la Corte Suprema desde 1983 con datos conocidos con el solo propósito de justificar la acción del gobierno para lograr una mayoría propia, que ya tiene. Sin abrir la boca sobre el doble rol de Cristina de Kirchner como seleccionadora oficial de candidatos al tribunal y de juzgadora en los despachos que usa, alternadamente, en el Senado y en la Casa de Gobierno, Verbitsky simplifica la cuestión a estos dos aspectos: 1. Si la gente le renuncia a Kirchner en la Corte, como ha hecho Augusto Belluscio, ¿por qué dicen que se presiona al tribunal? Su deber, en todo caso, es promover a los reemplazantes. 2. La presión sobre la Corte es la medida que más popularidad le trae al gobierno. Los dos argumentos son una simplificación de esta historia que debería revisar el gobierno al que Verbitsky intenta defender: el combate a la Corte sólo ha hecho agravar los problemas que algunas conductas de los jueces habían generado en el sistema judicial.
Después de la puja abierta que lanzó la fugaz alianza y el gobierno de Duhalde, que la actual administración sólo ha continuado con más énfasis y aplicación -y por lo tanto con más éxito-, la Argentina no es un país más seguro jurídicamente. Eso ahuyenta las inversiones, le hace descreer más al público en la solvencia de los jueces, licua el respeto por la ley y, claro, aumenta los honorarios de los abogados que les dicen a sus clientes que la cancha está más pesada. Todo más caro para todos.
Tampoco es seguro que la guerra judicial desatada por el peronismo sobre la Corte formada por el mismo partidoen los últimos 15 años esté a la cabeza de los reclamos del público, salvo en las manzanas que rodean a los tribunales porteños o en las resbaladizas encuestas oficiales que sirven más como avisos publicitarios que como sondeos ciertos sobre la realidad.
En tren de justificar, la síntesis final de la columna es que la anterior Corte estaba « corrompida hasta la médula» y que los nuevos jueces nombrados por Kirchner son más buenos y más independientes que los anteriores. No hacía falta tanta prosa para llegar a conclusión tan simple. Un dato cierto que aporta Verbitsky debió ampliarlo más: a los jueces cuestionados Eduardo Moliné y Boggiano no se los ha procesado por «mal desempeño» y sí por el contenido de sus sentencias -algo prohibido expresamente por la Constitución-. Eso debilita la posición del Congreso y puede ser en el futuro, en otro contexto y merced a alguna apelación a tribunales internacionales como la que ya está corriendo por presentación de Moliné, causal de reposición, como ocurrió en Perú con los jueces que había desplazado Alberto Fujimori con el mismo método.
Habrá que esperar. Un recuadro del panorama lo dedica Verbitsky a despachar su inquina con Felipe Solá, de quien hace escarnio con el propósito de que lo lea el Presidente y no se le ocurra satisfacer las pretensiones del gobernador en el (des)acuerdo que se discute en estas horas entre gobierno y duhaldistas y sobre el cual Verbitsky demuestra un supino desconocimiento, como el resto de los columnistas dominicales.



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