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Desde el título se advierte, por lo menos, la equivocación: «Kirchner y Tabaré, entrampados». Demasiado premio del columnista para el mandatario argentino, ya que su situación no se corresponde con la de su colega uruguayo. Al menos, si se consideran las últimas dos votaciones internacionales, en las cuales la Argentina perdió por goleada -debe ser la única actividad en la que el país padece tanta disparidad con los orientales-, en las que ni siquiera obtuvo la solidaridad de una sola nación. Habla también de la tensión fronteriza, la amenaza de una tragedia entre los dos países y, en verdad, no aporta ningún dato. Como, por ejemplo, que hay activistas de Gualeguaychú que planifican operativos de acción directa sobre Fray Bentos o sobre la empresa Botnia, que algunos políticos -quizá pensando en las elecciones de marzo del año próximo- hasta podrían justificar acciones de ese tipo. Dentro del cinismo habitual, hay que entender -lo que no dice Van der Kooy- que casi 40% de los votantes entrerrianos se encuentran sobre la ribera controvertida de las pasteras.
Precisa, eso sí, que los Estados Unidos -con su voto en contra en el Banco Mundial- le aplicaron a la Argentina la venganza por sus idilios con Hugo Chávez. Parece valioso ese material, pero ¿cuál es la razón que motivó el voto contrario de los otros países? ¿También la demagogia del venezolano? Está claro que no y es sintomático como, en la Argentina, se buscan justificativos para explicar lo obvio. Lamentable que un columnista se involucre en esa necedad.
También que ingrese en la teoría conspirativa de que a Tabaré Vázquez la oposición no lo deja mover y lo acecha, que hasta propicia actitudes contra la investigación de las violaciones de los derechos humanos del pasado (en clara alusión a que Kirchner realiza todo lo contrario). En rigor, la oposición de blancos y colorados en el Uruguay cuestiona cierto amateurismo administrativo del Frente, quejas populares por no satisfacer lo que habían prometido -basta leer los graffiti en las calles de Montevideo para entenderlo-; el tema de las papeleras, en cambio, los reúne y alienta.
Se cierra la columna sin una respuesta, más bien vaticinando una escalada de violencia, y sin mencionar que otra papelera, la nativa y cuasi estatal Papel Prensa, renovó su directorio, echó sin explicaciones a Claudio Escribano de «La Nación», colocó como presidente a Héctor Magnetto y, luego de haber blanqueado al diputado Dante Dovena, ahora lo sucede con Carlos Mazzón, hijo de un asesor de Kirchner, a quien le atribuyen la buena performance presidencial en la última elección de Misiones. Sobre si esa empresa contamina nadie habla.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
El columnista dedicó la entrega a un ejercicio dentro del género de la moralidad. Con un razonamiento silogístico intenta destacar las razones del error en política con un resultado resbaladizo, ya que las acciones en ese terreno se tejen con más ingredientes que la lógica y la prudencia.
Dice Grondona que si Carlos Rovira se hubiera dado cuenta de que perder el plebiscito en Misiones por su reelección implicaba su «muerte política» no hubiera emprendido esa acción que califica de «inmoral». Esto último es cuestionable como calificación ética, quizás habría que decir que es inoportuna o inconveniente en un país con su arquitectura electoral pulverizada y un peronismo que gobierna con clientelismo explícito. En caso contrario serían inmorales todos los gobiernos que en el mundo (y también en provincias argentinas) tienen reelección indefinida para sus mandatarios y legisladores. El problema de la Argentina parece ser que los malos gobiernos no se conforman con serlo; además buscan perpetuarse en el poder, habida cuenta del sino de todo ex gobernante criollo que debe prever para su retiro -haya hecho algo malo o no- una inexorable temporada en el infierno judicial.
¿Reprimirían los políticos esas aventuras de tener el esclarecimiento de su suerte en caso de fracaso? Grondona, que lee los clásicos, podría aportar una reflexión sobre la facultad de la sindéresis, que según los escolásticos era el conocimiento de los principios prácticos universales de la acción moral. Algo que en criollo traduce la palabra prudencia, otro insumo escaso en la vida pública argentina.
Esas conductas de desmesura como la de Rovira o de los activistas de la UBA que impiden la elección del nuevo rector, terminan alimentando a los adversarios que ellos dicen combatir. La pretensión desmesurada, remata Grondona, es también el mal de Néstor Kirchner en la silla presidencial y la oposición que despunta en el horizonte, cree ver el columnista, está animada por una «incipiente modestia» que puede traerle rédito en el juego contra los desmesurados. ¿Por qué? Y aquí viene el vaticinio que hace tambalear tanta lógica y tanta moral: la Argentina que viene es, según el columnista, «moderada y consensual», lejos de la impotencia delarruista y de la omnipotencia kirchnerista. Bien haría Grondona en explicar por qué dice esto que parece tan lejos de las intenciones de los protagonistas de la lucha política, de uno y otro lado del mostrador.
MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».
Poco aporte informativo, ayer, el del columnista. Se dedica nuevamente al conflicto de las papeleras reiterándose a sí mismo:
Sostiene que, como el gobierno no quierehacer respetar la ley (los funcionarios dicen «reprimir»), hay una perspectiva de violencia para el verano si se insiste en los cortes de ruta y se exaltan los ánimos en Fray Bentos.
La intransigencia de los vecinos se corresponde con la de Botnia: Finlandia no hará nada porque la empresa traslade su planta, imitando a la española ENCE.
El rey de España no quiere siquiera ser facilitador (mucho menos mediador). Ahora los diplomáticos de ese país definen su rol como el de «inspirador» del diálogo. Lo más probable es que la Cancillería española haya cometido un error grave aceptando el involucramiento del Borbón en el conflicto. Esto Morales Solá no lo dice.
En cambio, detecta un fenómeno interesante: el hipermachismo de Aníbal Fernández, el ministro el Interior, quien le atribuyó a Elisa Carrió estar preocupada por el conflicto porque «está con la bikini en la mano y quiere viajar a Punta del Este». Le recuerda el columnista que ya tuvo una expresión sexista cuando identificó una discusión de Cristina Kirchner, Chiche Duhalde y Olga Riutort con una querella de peluquería.
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