Comentarios políticos de este fin de semana
-
Luisa González: "América Latina debería construir un bloque como la UE, más allá de la ideología de los gobiernos de turno"
-
Sobreseyeron a Claudio "Chiqui" Tapia en una causa por presunto lavado de dinero
Hugo Chávez y Julio De Vido
«La Nación».
VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».
El columnista intenta desarrollar la hipótesis sobre las elecciones en la Capital Federal, según la cual, la pelea Kirchner-Telerman beneficia las chances de Mauricio Macri para ganar el cargo de jefe de Gobierno que se disputará en junio próximo. El eje de esa puja la atribuye, como tantos analistas de la subjetividad de los protagonistas de la política ( avatares íntimos que nunca explican mucho), a una pelea entre Jorge Telerman y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Van der Kooy muestra la entretela de su desarrollo cuando lamenta que esa riña se haya instalado sin piedad para nadie en la campaña. ¿Acaso -siguiendo sus propios argumentos- el columnista no quiere que Macri gane las elecciones? Debería aclarárselo más abiertamente a los lectores de su periódico que lo compran sin saber que es un órgano partidario del oficialismo.
El resto es literatura, es decir, una reseña de las especulaciones veraniegas sobre el futuro electoral: que Kirchner quiere dejar a Cristina para volver en 2011, pero que si fue el miembro informante de la ley que la habilitó y que los trajinados fondos de Santa Cruz provinieron de esa operación). Acaso el dato más relevante de toda la nota de ayer de Morales Solá esté al final: anuncia que habrá una renegociación de los contratos de explotación de petróleo para extender su vencimiento. Y que la Nación intervendrá en esa discusión, aun cuando no esté previsto ya que esas concesiones son provinciales. Pero, claro, es un año electoral. Esto Morales Solá no lo apunta, pero también es decisivo.
VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».
El columnista intenta desarrollar la hipótesis sobre las elecciones en la Capital Federal, según la cual, la pelea Kirchner-Telerman beneficia las chances de Mauricio Macri para ganar el cargo de jefe de Gobierno que se disputará en junio próximo. El eje de esa puja la atribuye, como tantos analistas de la subjetividad de los protagonistas de la política ( avatares íntimos que nunca explican mucho), a una pelea entre Jorge Telerman y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Van der Kooy muestra la entretela de su desarrollo cuando lamenta que esa riña se haya instalado sin piedad para nadie en la campaña. ¿Acaso -siguiendo sus propios argumentosel columnista no quiere que Macri gane las elecciones? Debería aclarárselo más abiertamente a los lectores de su periódico que lo compran sin saber que es un órgano partidario del oficialismo.
El resto es literatura, es decir, una reseña de las especulaciones veraniegas sobre el futuro electoral: que Kirchner quiere dejar a Cristina para volver en 2011, pero que si está en dificultades va a ser él el candidato y que, en este caso, ya no va a tener poder para dejar a ella, etcétera. Provisorio, como cualquier especulación, ya que habría que demostrar antes que Kirchner ya tiene hoy dificultades para creer que puede poner a Cristina como sucesora.
Sobre la Capital, las especulaciones son también provisorias: un acuerdo con Macri como el que quiere Lavagna -según dice Van der Kooy- difícilmente se base sobre un retiro del candidato lavagnista a jefe de Gobierno para apoyar al presidente de Boca. El radicalismo, que es la base principal de la candidatura de Lavagna, tiene hace rato candidato y es Telerman. El verdadero gerente de la candidatura de Lavagna en el distrito, Jesús Rodríguez, ya apoyó la fórmula Ibarra-Telerman y trabajó contra Macri en anteriores elecciones. Ese sector del radicalismo cogobierna la Ciudad de Buenos Aires y no cambiaría de candidato por un acuerdo Lavagna-Macri.
En el final de la columna, Van der Kooy pasa el mismo mensaje que su colega Morales Solá en «La Nación»: dice el gobierno que Kirchner no es tan chavista como apareció en el viaje a Caracas; que Washington ya sabe que el presidente argentino contiene como corresponde al bolivariano y que éste, aunque grite desde las tribunas contra Bush, cumple puntualmente con los términos del acuerdo de comercio que su país tiene con Estados Unidos y que incluye venderle más de 13% del combustible que consume el país del Norte.
LANATA, JORGE.
«Perfil».
Este columnista, cuya calidad sigue dependiendo de lo que le aportan sus informantes, recae en uno de sus temas predilectos, pero que siempre da leche: las peripecias del gobierno en una resbaladiza relación con el bolivariano Hugo Chávez. No descubre mucho al decir que el embajador real ante Venezuela es el ministro Julio De Vido, o que su gerente para tratados con Caracas es Claudio Uberti, quien dedica a ese mester los ratos libres que le deja el control de los peajes criollos.
La novedad de la entrega es el resultado de un paseo por Tribunales para examinar los antecedentes bancarios de una firma que fabrica ascensores y que se ha beneficiado con contratos para proveer al gobierno venezolano con cargo al fideicomiso de la energía.
Ese sistema se alimenta con los dineros que le paga la Argentina a Venezuela por provisión del gasoil que, según el acuerdo Kirchner-Chávez, deben aplicarse a compras de aquel país a empresas argentinas. La oficina de Uberti, reseña Lanata, es la que filtra -cual casilla de peaje- qué se le puede vender a Venezuela y qué no. La prosa del columnista amplía las entrelíneas de manera que el lector suponga que hay márgenes para aventuras corruptas. Lo hace el encabezar la entrega con una profecía: Venezuela será en el futuro lo que el affaire de las armas fue para Carlos Menem, es decir, un calvario de procesos y calabozos.
Interesante cuando Lanata afirma que el gobierno no es tan exigente al revisar los antecedentes de las empresas con las que contrata como lo son los bancos que prestan plata sólo a quienes superan el Veraz. Lo demostró antes, cuando designó a un juez de la Corte Suprema de Justicia que justificó no haber pagado sus cargas previsionales porque no creía en la eficacia del sistema y encima le dio la oportunidad de ponerse al día, algo que no se le permite tan fácilmente al ciudadano de a pie, al que se lo agobia con las lindezas de la «nueva cultura tributaria».




Dejá tu comentario