12 de mayo 2008 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

Hugo Chávez
Hugo Chávez
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».


Fiel vocero de las iniciativas oficiales, este columnista agrega argumentos a la tesis que intenta imponer el propio Néstor Kirchner en el gobierno de su esposa y que replica en la Cámara de Diputados su delegado Carlos Kunkel: los dirigentes del campo no reclaman por su negocio, sino que son la punta de lanza de un operativo imperial de Washington que pretende tumbar a todos los gobiernos populistas de América latina.

La queja de los ruralistas, dice ese armado argumental, replica la que sectores adinerados plantearon en 2002 contra Hugo Chávez en Venezuela y en estos días a Evo Morales en Bolivia. Buscan derrocar gobiernos que se oponen al Consenso de Washington y al neoliberalismo. Difícil imaginar mayor extravío explicativo de esta pelea por el reparto de los impuestos, una puja que se plantea en todos los países desde tiempos inmemoriales. Se entiende que manejándose el gobierno con estas quimeras que no explican nada haya caído en una parálisis ante un frente heterogéneo, improvisado y hasta ahora despolitizado como es el del campo, a la espera de que un incendio o un volcán modifiquen el humor colectivo.

Verbitsky remite la sensación de rechazo de los sectores medios contra el gobierno, esta vez en oportunidad de la pelea con el campo, a una provocación de los medios que aumentan las quejas y transmiten una sensación de caos, cuando las encuestas -que manda hacer el gobierno, claro- siguen mostrando que hay mayoría de opinión en favor del gobierno y contra las protestas del campo. Debería Verbitsky avisarles a los funcionarios del gobierno y a los Kirchner mismos, que creen estar ante un problema gravísimo, que, encima, reflejan encuestas que hablan de que las adhesiones a Cristina de Kirchner han caído por debajo de 28% en algunos distritos de la provincia de Buenos Aires.

¿Qué debería hacer el gobierno? Convocar a un plebiscito -el último refugio de las administraciones con muchos problemas y pocas ideas-para arrastrar al público a una polarización en favor o en contra suyo. Según el columnista, esa idea se la dio Kirchner a Chávez y le permitió zafar con el plebiscito revocatorio de 2004 de la oposición; ahora usará el mismo recurso, dentro de 90 días, Evo Morales, otro discípulo del santacruceño. Exagera Verbitsky al atribuirle a Kirchner ser en aquella oportunidad el consejero de Chávez. De lo único que lo convenció al bolivariano fue de que aceptase la legalidad de las firmas juntadas por la oposición, gestión que hizo Kirchner por pedido de los Estados Unidos. El gobierno de George W. Bush le pidió ese favor para que supiese Chávez que si no se respetaba el reclamo de la oposición, Washington consideraría ilegítimo al gobierno de Caracas. Kirchner-cumplió y Chávez aceptó la idea. Llamar a un plebiscito sería, según el columnista, «una salida democrática a un desafío autoritario».

Admitir esa vía, sin embargo, sería una descalificación del resultado electoral del 28 de octubre pasado, que impuso a Cristina de Kirchner en la silla de su esposo sin que mediase consulta -política o partidaria, se entiende- con nadie. También implicaría atornillar la forma de relación que han mantenido los Kirchner con la sociedad: ignorar todos los foros de discusión de política (prensa, partido, gabinete, organizaciones civiles, etc.) y limitando la mediación a los discursos desde el Salón Blanco. Una forma clásica de demagogia. Si ese plebiscito avanzase, con los antecedentes de los Kirchner, a diferencia de lo que opina este columnista, sería «una salida autoritaria a un desafío democrático».

La columna despacha otras broncas; por ejemplo, defiende al sello kirchnerista La Cámpora (que se referencia en el broker inmobiliario Máximo Kirchner) de la provocación de conspiradora que no identifica que consiste en distribuir por Internet fotos y documentos hackeados de las PC de Ernestina de Noble y de Héctor Magnetto.

También describe como servidor de todas las conspiraciones antigobierno al periodista Jorge Lanata, a quien no nombra, pero que parece esconderse detrás de esta identificación: «Un mercenario en alquiler a cualquier gobierno, hoy a órdenes del Ministerio de Planificación». O sea que Verbitsky toma partido en la pelea de palacio por Alberto Fernández.

¿Por qué debería el gobierno reaccionar como los de Bolivia y Venezuela ante esta asonada de los ricos agricultores?

Porque debe apoyarse en la mayoría de la población, que es de raíz indígena, según una investigación que ahora descubre Verbitsky (20 millones de argentinos tienen sangre aborigen; 16, sangre europea). Equivale a decir que los argentinos son tan indígenas como bolivianos y venezolanos, y sufren la dictadura de los blancos europeizantes, de quienes deberían liberarse cuanto antes. Nunca en este ciclo de la política argentina se había expuesto tamaño racismo para explicar lo inexplicable. Tan ridículo es este argumento que supera la imaginación y da lugar a una cadena de especulaciones: por ejemplo, en qué bandos de esa puja habría que anotar a los croatas Kirchner o al «indio» Verbitsky y qué destino les cabría en una revuelta de los pueblos originarios.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


El racismo fantasioso de Verbitsky convierte al profesor en un dechado de moderación cuando les reprocha a los Kirchner, metafóricamente, haber producido una segunda devaluación que ha seguido a la deuda que impuso Adolfo Rodríguez Saá (este ex presidente niega ser el autor de un default, pero Grondona no le ha creído). Es la devaluación de la palabra, concepto con el cual el profesor quiere describir el viejo hábito de la mentira.

Que los políticos mientan no es un invento kirchnerista, por más que Grondona quiera atribuirle todos los males de la Argentina. Como no existe un criterio de verdad que comparta todo el género humano, afirmar que alguien miente es siempre discutible. En lo político quizá sería más apropiado hablar de insinceridad y no tanto de mentira. Para Grondona los presidentes Kirchner han mentido desde que asumieron (doble comando, números del INDEC, etc.).

El columnista usa este desarrollo para citar a Vilfredo Pareto cuando dice que el hombre de campo respeta más la verdad que el habitante de las ciudades, lo cual explicaría la disidencia entre Alberto Fernández y los dirigentes del campo sobre si el gobierno alguna vez dijo que iba a mover las retenciones móviles. Los hombres de campo, como diría Pareto, dijeron la verdad al afirmarlo, mientras que el jefe de Gabinete se escondió en juegos de palabras para desmentirlo.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


Retoma el columnista la disidencia sobre la modificación o no de las retenciones móviles que provocó la última ruptura con el gobierno, pero sin agregar ninguna explicación a las que dio este diario la semana que pasó (los ruralistas leyeron bien que se hablaba de retenciones en el Plan Bicentenario para el campo, que dice en un párrafo que se analizarán los «mercados a futuro», afectados por las retenciones móviles).

El centro de su entrega de ayer es la crítica a la incapacidad del gobierno para resolver cualquier problema que se le presente, llámese crisis con el campo, puja con el Uruguay por las papeleras, los índices de precios dibujados por Guillermo Moreno o la caída de la inversión externa directa, rubro en el cual el país se ha quedado por debajo de la modesta y hermana República de El Salvador.

Incluye como un adelanto de su columna algo que también ya advirtió este diario la semana que pasó: la guerra con el campo la va a plantear en el próximo capítulo por el lado de la evasión impositiva. Este punto lo ha expuesto el gobierno en todas las reuniones con buena intención, pero también con extremado voluntarismo: querer aprovechar esta crisis para blanquear en una semana a los productores que trabajan en la informalidad (cerca de 50%) es otra quimera del oficialismo. Ese blanqueo debe producirse, pero ocurrirá, con suerte, lentamente y a lo largo de varios años. Querer ponerlo como condición de un acuerdo de coyuntura es una manera de negarse a una solución.

Como este columnista huye siempre del pesimismo, se da un consuelo: imagina que hay dos Kirchner (Néstor). Uno es rabioso y rompe proyectos de conciliación que le acercan los ministros y hasta su propia esposa cuando lo miran sus amigos del fútbol, que esperan verlo en un combate eterno con la realidad. El otro se apacigua en la soledad con la esposa y el jefe de Gabinete, se amiga con los hechos y ensaya amague de conciliación. Una fantasía, como aquella que aplicaba Domingo Cavallo cuando iba a los Estados Unidos y decía que había dos Carlos Menem; uno era el visionario transformador y el otro era el pícaro riojano rodeado de una banda de irregulares. Su trabajo, decía, era lograr que actuase el Menem bueno y no el Menem malo. ¿Será tarea de Alberto Fernández conseguir que el Kirchner bueno se imponga sobre el Kirchner malo? Que lo diga Morales Solá.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


Con ese ánimo conmovedor de agresividad -y que se le extrañó hasta hace unas pocas semanas-, el monopolio dedica la entrega de su columnista estrella a reseñar el comienzo del final del kirchnerismo («empieza a crujir», imagina Van der Kooy). El principal indicador es para él la tasa que se pagará por el dinero que va a prestar Hugo Chávez al país, 13% contra el 5% de la tasa con la cual se financia Brasil en estos días.

En ese desmantelamiento del kirchnerismo anota el columnista el alejamiento de gobernadores como Juan Schiaretti o un senador como Carlos Reutemann, que apoyaron a los Kirchner, pero que no quieren pasar de las puertas del cementerio. Entre esos aliados que se van está el ex gobernador Jorge Busti, que tiene un olfato pampa para advertir la malahora y que adelanta siempre, como las golondrinas, las migraciones políticas dentro del peronismo.

Frente a ese trizamiento interno, el gobierno no logra ni el apoyo de los radicales concertadores y apenas cuenta con la verba de Carlos Kunkel y Luis D'Elía. Ante tal panorama de agresividad, exasperación, de gobierno encerrado en una cápsula, a Van der Kooy la aparición de Mauricio Macri y Jorge Telerman juntos en un acto le parece, en metáfora inolvidable, «un aguacero bendito».

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