Comentarios políticos de este fin de semana

Política

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


Se despertó hegeliano el profesor y con todo el ánimo de hacer, en un par de carillas, una historia dialéctica de la Argentina del mismo sesgo que la que ensaya en su entrega de ayer su contradictor ideológico Horacio Verbitsky (ver aparte). Grondona ensaya una simplificación de la historia económica del país que consiste en atribuirle al peronismo un modelo económico de « clausura industrial» en el cual la renta agropecuaria subsidió a una industria perpetuamente enclenque que ha provisto al país de pobres hacinados en los conurbanos de las grandes ciudades y que le aseguran a ese partido el combustible del voto.

Ese modelo agoniza, imagina el profesor, y el testimonio es el alzamiento del campo que impugna su esclavitud y reclama su «exclusión unitaria» en lo que resultaría la antítesis del proceso histórico. La expresión de esa crisis sería el voto de los sectores medios de las grandes ciudades contra el actual gobierno.

¿Y la síntesis? Vendrá, vaticina Grondona, de la forja de un nuevo modelo de país en el cual el campo y la industria -que son las caras de una misma moneda- asuman que tienen en el fondo los mismos intereses y comiencen a concertar sus proyectos. «El campo y la industria están llamados a ser socios, no rivales», dice el columnista en una simplificación como lo son todos los desarrollos dialécticos, empapados del clima de época en que se forjó esa percepción de la realidad cuyo principal teórico fue el filósofo Georg Hegel. La impronta más fuerte de ese pensamiento se la provee -como a otros hegelianos de ayer, de hoy y de siempre, como Grondona hoy- el romanticismo, que explica las conductas de una sociedad como si éstas se comportasen como personas individuales; la historia misma sería algo parecido a una biografía y los países nacerían, se desarrollarían y morirían alguna vez. Una hipótesis romántica que la realidad no ha probado, aun cuando su vigencia le ha costado millones de vidas a la condición humana, sacrificadas en los altares de la dialéctica.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación». 


El esfuerzo de análisis que hace el columnista en la entrega de ayer lo basa sobre dos afirmaciones: 1) el gobierno de Cristina de Kirchner vuelve a apostar a la moderación y la búsqueda de acuerdos. Lo expresó la Presidente en su discurso en el acto del PJ de la cancha de Almagro el miércoles; dio una señal en el mismo sentido Néstor Kirchner cuando en « decisión acertada» (según Morales Solá) eligió no hablar en esa concentración partidaria. El público no se enteró bien de ese rumbo porque faltó poder de persuasión en sus funcionarios, especialmente Alberto Fernández.

2) Se equivocaron los hombres del campo el jueves al relanzar las medidas de protesta y no oír el sentido de las presidenciales palabras. ¿Qué falló? Según el columnista hubo una mala comunicación en uno y en otro sentido. Gobierno y frente del campo parecerían ser víctimas no de diferencias insalvables en sus posiciones acerca de la política agropecuaria, sino de herramientas ineficaces de mediación.

A los dos frentes les ha faltado, cree Morales Solá, hacer política con resultados positivos. Eso los ha complicado porque el resto de la sociedad tiende a respaldar las quejas del campo en respuesta a otras demandas hacia la Casa de Gobierno: inflación, inseguridad, desorden público, arrogancia del poder. En ese fracaso de la política anota el columnista también el protagonismo que alcanzó la violencia en la semana que pasó con la reaparición del amenazador Luis D'Elía, los tumultos en el acto del PJ y las agresiones a Luciano Miguens, presidente de la Sociedad Rural. Pero, optimista, Morales no se rinde y concluye que «La política tiene todavía medios eficientes como para fijar un límite entre la discordia y la violencia».

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


Los aficionados a las conspiraciones dirían, ante la entrega de ayer de este columnista, que se percibe un tono más complaciente en el monopolio hacia el gobierno. Lo revela cómo celebra Van der Kooy las señales amistosas hacia el campo, un sector que, afirma, no entendió bien ese llamado. Se lamenta, sin embargo, de que lo ocurrido en los últimos 60 días entre las dos partes haya destruido la confianza mutua, imprescindible para cerrar algún acuerdo. La intención del gobierno y el campo de haber reducido la puja a una pulseada para decidir quién tiene el poder también ha lastimado la posibilidad de que se supere esta crisis que parece la más grave de la era Kirchner inaugurada en 2003.

Con la misma fuente que usó Morales Solá para su columna, destaca la anécdota -que agrega poco al relato- de que Néstor Kirchner le dijo a su esposa Cristina que no hablaría en el acto del PJ cuando volaban en helicóptero entre Olivos y el partido de Tres de Febrero.

El ánimo conciliador que Van der Kooy le atribuye al gobierno lo sindica en el ex presidente, que «empieza a estar convencido de que el gobierno de Cristina tiene que rastrear horizontes diferentes». Ya en la campaña electoral de 2007 el lema fue el «cambio dentro del cambio»; más todavía, esa consigna permeó en los analistas políticos que esperaron que la asunción de Cristina de Kirchner significaría un cambio de ideas y de personas. Hasta ahora eso no ha ocurrido; por eso, que el columnista del monopolio afirme que Néstor Kirchner insiste en el cambio dentro del cambio, es toda una novedad.

¿De dónde viene este aire conciliador que Van der Kooy registra en el ex presidente? En su preocupación por la situación del peronismo en grandes distritos como Santa Fe y Córdoba, a los que advierte enfrentados con el gobierno, una situación que puede amenazar la gobernabilidad del PJ en los próximos meses.

Alimenta la buena onda hacia el gobierno de esta columna la autopsia que ensaya del frente de los ruralistas; los une el espanto (innova), y cada uno de ellos tiene proyectos contradictorios respecto de los demás. Eduardo Buzzi, por ejemplo, lo elogia en las reuniones a Luis D'Elía, a quien además apoyó el año pasado cuando el piquetero oficialista era precandidato a intendente de La Matanza.

Para quienes no hay perdón en el monopolio es a D'Elía y Hugo Moyano, a los que califica de «personeros oficialistas con peor consideración social». El gobierno, afirma, debe sacarlos del medio para que reine la paz y la felicidad en una sociedad «irritada y también harta de que la Argentina vea pasar con fatalismo, de a una, sus oportunidades».

VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».


Como si supiera de qué tema escribiría su contradictor Mariano Grondona, el columnista más amigo del gobierno imagina, también en clave dialéctica, que el sector del campo va a lanzar el Luis D'Elía Hugo Moyano 25 de mayo en Rosario un Partido Agrario que sería expresión de «las clases dominantes» (¿ incluirá este lema verbitskiano al kirchnerismo, formación que domina hoy en la Argentina?). El llamador de esa constitución sería el ex embajador Abel Posse desde columnas del diario «La Nación» (sería bueno que Posse y ese medio tomasen noticia de este acontecimiento liminar).

Este Partido Agrario, discurre Verbitsky, debió existir antes en el país, pero a comienzos de los años 20 algo ocurrió en la Argentina y esas «clases» de antaño abjuraron de su proyecto liberal, se reconciliaron con la Iglesia Católica y formaron el Partido Militar. Más daba Lerú ( editor de aquellos deliciosos resúmenes simplificados que usaban las clases dominantes para no fracasar en las clases de la secundaria).

Si el columnista supiera algo de historia eclesiástica recordaría que la exaltación de la Iglesia Católica en la política argentina no se debe a una elección de una clase (otro pergeño de la dialéctica romántica, en este caso la de tendencia marxista) sino a una medida del primer gobierno de Juan Perón, fruto del golpe de 1943 y que, cuando asumió la presidencia, llamó a la Iglesia a formar parte del poder. Con esa concesión, novedosa en un país en el cual esa institución no había sido un problema en el siglo XIX, la Iglesia dominó en la educación y se puso en el centro del escenario público como un actor importante. Un proceso bien distinto del de otras nacionesdel continente que tenían, a diferencia de la Argentina, una pesada tradición virreinal, con Iglesias importantes, y en las cuales el tema religioso fue central en su emancipación, incluyendo guerras de religión como en México, Colombia y Brasil.

Verbitsky ensaya en cada nota una geometría política distinta. En algunas ocasiones sindica el nuevo partido de las clases dominantes en Mauricio Macri. Ahora lo hace en el campo encabezado por Posse, que fue candidato del kirchnerista Roberto Lavagna. Debería ponerse de acuerdo para no confundir a sus lectores, especialmente del gobierno, que están también confundidos («No entiendo qué quieren», ha dicho en público Alberto Fernández sobre las demandas de las entidades rurales).

La columna tiene algunas revelaciones, como una que hace del pensamiento de Cristina de Kirchner cuando subía hace algunos días por un ascensor y se le ocurrió comparar el centenario de 1910 con el bicentenario de 2010. Se sabía que Verbitsky había sido oficial de inteligencia de una banda armada, pero no que tuviera facultades telepáticas para adivinar el pensamiento de la gente.

Otro mérito de la columna es desmentir la leyenda que propala el propio gobierno de que es una administración fuerte. «Esta imagen fue una ficción conveniente a todas las partes. Básicamente débil, resultante de la inundación devaluatoria sobre la tierra reseca de la convertibilidad, ese gobierno disputó su derecho a existir día a día.» A diferencia de tanto que ha escrito este columnista con anteojeras sobre esta administración, que él afirme una cosa así es la contribución más grande que ha hecho a la comprensión del ciclo Kirchner.

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