Como se sabe, Cristina de Kirchner viaja el 6 de marzo a Bruselas y, para su vistoso currículum de entrevistas, cambiará opiniones con el titular del Parlamento Europeo, el izquierdista José Manuel Barroso, hombre que le hará pendant para la habitual música del matrimonio Kirchner sobre los derechos humanos: hasta descubrirá una placa de los desaparecidos europeos en la Argentina, como si no hubieran sido gobernantes y militares europeos -y norteamericanos- los que asesoraron al trío Videla-Massera-Agosti para la represión en el país. De eso no se habla. Sí, en cambio, la mandataria argentina disertará sobre un tema: «del liderazgo local al liderazgo global» (¿pensará en un Premio Nobel, igual que Carlos Menem, cuando se postulaba para el de la Paz?), le harán una reunión con intelectuales o famosos de esos gremios y la acercarán a la vecina ciudad de Brujas. La excusa: ver museos y obras de arte en ese lugar donde se comen papas fritas con mejillones (frites et moules) y se conservan, como congeladas, infinidad de viviendas (y el sistema de esclusas) de una ciudad poderosa para el tráfico del comercio naviero en siglos pasados. También podrá observar una réplica de la guillotina que imperó en Francia, ese repugnante instrumento que mutiló gobernantes ajenos a lo que requería su pueblo.
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