Cristina cree que aplacó crisis del kirchnerismo

Política

Cristina de Kirchner cree vivir en medio de un clima más distendido que la semana pasada. Quizá la ayuda en su ilusión el descanso internacional que aportó el viaje a París. En la Casa Rosada se afirma que fue ese buen humor presidencial el que precipitó la llamada a los jefes de las cuatro entidades del campo con que se los invitó hoy a la Casa Rosada. El gobierno creyó haber conseguido un triunfo sobre el agro con el levantamiento del paro y por eso la demora en convocarlos al diálogo, al punto de forzar nuevas amenazas de cortes. Pero no fue ese el origen del optimismo que reinó tras la foto triunfal en la puerta del Elíseo.

Peronista al fin, el gobierno siempre teme más los embates internos que al enemigo externo. Tanto Cristina de Kirchner como su marido saben que en los últimos años del país la oposición al oficialismo siempre surgió del propio riñón peronista y raramente algún partido extraño pudo complicarles la existencia.

Ese fue el verdadero temor que acechó al gobierno en los días que siguieron a la tregua con los productores. La lectura que le hicieron sus íntimos a la Presidente sobre los movimientos de gobernadores y dirigentes díscolos fue cruda y brutal, como suelen ser las interpretaciones de la realidad en el kirchnerismo más íntimo. Por eso, en medio de una crisis que aún continúa, quizá más grave que al comienzo, el gobierno confía en haber conjurado las «conspiraciones».

Mario Das Neves, que dice contar con el aval del silencio del ex presidente ante sus embates contra Alberto Fernández, «actuó así porque creyó que la crisis con el campo anunciaba el final del gobierno kirchnerista». Así, simple y llana, fue la explicación que recibió Cristina de Kirchner.

Esa afirmación, entonces, abonaría la tesis de que el golpe de Das Neves al jefe de Gabinete fue un tiro por elevación a la residencia de Olivos. Es la teoría que sostiene Alberto F. y que se difundió sin problemas por la estructura del kirchnerismo.

El mismo tratamiento le aplicaron a Carlos Reutemann. En ese caso no se le recuerdan las millonarias obras públicas que se le cedieron desde la Nación como al chubutense, porque no existieron, sino el apuro en ventilar públicamente sus disidencias con el gobierno. Se recordaba ayer en La Rosada que Reutemann llegó al límite de criticar a la Presidente en reportajes que otorgó a medios santafesinos, muchos de los cuales ni llegaron a la Capital Federal. Lo afirman quienes lo conocen en su provincia. Reutemann también está acusado de creer que esta era había terminado anticipadamente.

Ambos son hoy el centro de un enojo presidencial que desplazó ya a un segundo plano al que tenía Cristina de Kirchner con los productores agropecuarios. «Se zafaron porque creyeron que Cristina se caía. Sobredimensionaron la crisis del campo», le confiaron ayer a este diario.

  • Perdonado

    Distinto es el caso del cordobés Juan Schiaretti, a quien el kirchnerismo le perdona todo lo dicho durante el paro agrario. «Schiaretti tuvo que lidiar en la elección con un apoyo a medias del gobierno que terminó abandonándolo, con el voto a favor de Lavagna y con el coqueteo de Luis Juez con el kirchnerismo. ¿A quién se le puede ocurrir que no escuchara al campo que le salvó la gobernación?». Ese argumento esgrimido en el gobierno le sirvió para ganarse la absolución presidencial, que ayer le daba en persona Cristina de Kirchner al recibirlo en la Casa de Gobierno.

    La Iglesia, aunque parezca extraño, sumó también para calmar los ánimos en la Rosada. Los dirigentes del agro recibieron el llamado del gobierno a dialogar cuando estaban camino a la Basílica de Luján para una misa que presidió el obispo Agustín Radrizani, el vicepresidente del Episcopado y hombre conocido como proclive al diálogo. La orden para que oficiara la misa para los hombres del campo le llegó desde Jorge Bergoglio, suficiente argumento para que en el gobierno aceptaran que el cardenal no estaba complicando la existencia.

    Durante el paro del agro, Bergoglio habló de clima de crispación, de la necesidad de volver al diálogo, de terminar con la confrontación. Pero nunca llegó al enfrentamiento con el gobierno. Otra victoria que se adjudica Cristina de Kirchner: «Ese es un triunfo de Cristina que Néstor no podría haber logrado», sostienen en el gobierno.

    El buen humor del kirchnerismoesta semana inundó tambiénal Congreso. Todos los pronósticos anunciaban una explosión dentro del bloque del Frente para la Victoria en Diputados. Muchos de ellos se pasaron el fin de semana pasado en sus provincias casi encerrados en sus casas por temor a represalias por parte de los agropecuarios.

    Finalmente no sucedió. El bloque oficialista se reunió el miércoles antes de la sesión. No hubo quejas ni catarsis a puertas cerradas. Por ahora, todos se encolumnan, quizás ante el temor de que Das Neves o Reutemann puedan protagonizaruna profesía autocumplida. Cuando bajaron al recinto soportaron los embates de la oposición que hizo llover pedidos de informes sobre la distribución de fondos entre Nación y provincias y el comportamiento de Martín Lousteau frente a las medidas del agro. Pero todos fueron derivados a comisiones y nada pudieron hacer los opositores en las bancas. Para el peronismo eso es un triunfo que viven con la misma pasión con que atacan en los pasillos del Congreso a la prensa, tal como ordenó la Casa Rosada.

    Pero hay algunos interrogantes que incomodan al oficialismo. Muchos kirchneristas presumen que si la Presidente aparece hoy sentándose frente a la dirigencia del agro es que existe alguna solución en marcha. En todo país civilizado, cuando una cuestión se somete públicamente al jefe de Estado es porque está arreglada.

    Seguramente se reconocerán problemas ante los dirigentes del campo y cada uno de ellos será derivado a una comisión específica para hablar de carne, leche y granos. El problema es si sólo el buen humor imperante en el gobierno impulsó a creer que de esa forma se podrá seguir con el diálogo.
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