Tanto el gobierno de Néstor Kirchner como un buen lote de las fuerzas que lo cuestionan parecen coincidir en un punto: hoy por hoy, piensan, merced a los buenos vientos que soplan en la economía mundial y favorecen las exportaciones tradicionales argentinas, el Presidente tiene la reelección garantizada y hasta podría permitirse el lujo de dar un paso atrás y cumplir con alguna cláusula secreta del débito conyugal que aparentemente reivindica su esposa.
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Los encuestadores de la corte aseguran que el doctor Kirchner tiene un formidable respaldo y agregan que su imagen positiva se origina en «su frontalidad», es decir, en su política de confrontación constante. Los estudios demoscópicos y la opinión de los aurúspices son instrumentos de navegación fundamentales para un gobierno que no tiene otra brújula que su dependencia de la opinión pública, determinada por su debilidad de origen («Soy el presidente menos votado de la historia argentina», recordó recientemente, con amargura, en la Plaza de Mayo). Esta dependencia lo llevó a recurrir a confrontaciones con sectores o instituciones circunstancialmente aisladas o políticamente demonizadas para beneficiarse con una polarización conveniente.
En cualquier caso, el poder que se le asigna a Kirchner es, en verdad, controvertible. En sus términos favoritos, las encuestas de opinión pública muestran hoy que la aprobación inequívoca ha caído por debajo de 50 por ciento (desde más de 70). Y si se mide en términos fácticos, ese poder fue siempre suficiente para enfrentar a una oposición política disgregada y desorientada, pero impotente ante la acción directa encarnada por minorías intensas (padres de Cromañón, que le voltearon a un virtual gobernador aliado; movilizaciones obreras en Santa Cruz que forzaron cambios en la política impositiva; piquetes de Gualeguaychú). Su debilidad quedó a la vista frente a demostraciones cívicas espontáneas como las que en su momento congregó el señor Blumberg o a las asambleas convocadas por los sectores del campo: en ambos casos se vio obligado a retroceder.
Ahora, la candidatura todavía virtual de Roberto Lavagna expone un incremento de la vulnerabilidad oficialista, porque con ella los desafíos al poder de Kirchner ascienden desde el plano de la acción directa de sectores atomizados de la periferia, al de una crisis en el propio bloque de poder.
Mientras los eventuales avances de lo que hastaahora respondía al nombre de oposición en cierto sentido podían ser funcionales a la lógica confrontativa del gobierno, cada paso de Lavagna tiene el efecto duplicado de sumarle fuerza y restársela simultáneamente a Kirchner, porque su crecimiento es un reflejo de la desagregación del bloque oficialista.
El apuro de la Casa Rosada en garantizarse ya mismo superpoderes «sine die», que le demanda un costo político, se vuelve incomprensible si no se entiende la clara conciencia que Kirchner tiene de su propia debilidad: hoy puede aún conseguir obediencia de los legisladores que se la juran, todavía logra que le aprueben todos los proyectos, pero no sabe qué puede ocurrir en algunos meses, en algunas semanas.
Las crisis importantes coinciden con situaciones de quiebre y dispersión en un bloque de poder. Eso ocurrió con la Alianza a partir de la renuncia de Carlos Alvarez, eso había ocurrido en la crisis de 1890 cuando el presidente Juárez Celman abrió un cisma en el roquismo al pretender bloquear la candidatura y la jefatura de Roca. Eso sucedió también a fines de los 90 del siglo pasado, cuando, más que triunfar la Alianza, el peronismo perdió el gobierno al no encontrar una fórmula viable para mantener la unidad y garantizar la sucesión, continuidad y superación del exitoso doble período de Carlos Menem.
La quiebra del bloque que empezó a amalgamarse a la caída de Fernando de la Rúa y se soldó con la devaluación asimétrica, se manifestó primero con la ruptura entre Kirchner y Duhalde, continuó con la asimilación del llamado aparato duhaldista por parte del kirchnerismo y asciende otro escalón ahora con la brecha entre Lavagna y el Presidente.
El telón de fondo, que ciertamente no carece de relevancia, es el creciente aislamiento internacional que padece el gobierno, no compensado, sino incrementado por su asociación con el régimen de Hugo Chávez.
Perón decía que la verdadera política es la política internacional, que se hace dentro o fuera de las fronteras.
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