Todo se degrada con el paso del tiempo. Hasta la violencia y el coraje físico. ¿Qué habrá sido de aquella ametralladora antiaérea, de la Primera Guerra Mundial, que acompañaba a José Ignacio Rucci en la terraza de la CGT durante los años de conflicto con los Montoneros? Epoca en que los boxeadores retirados («pecetos» en la jerga gremial) fueron sustituidos por mano de obra desocupada que terminó, tras la pérdida de ese último «empleo», formando algunas bandas de infeliz memoria, como la de Aníbal Gordon (¿quedará algún memorioso en la UOM para contar esta historia?).
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Ahora todo se ha vuelto «light», casi posmoderno. Tanto que esta semana un grupo de integrantes del Consejo Directivo le pedirá una reunión a Hugo Moyano para plantearle cuestiones de estilo. Molesta a esos estilizados dirigentes sindicales la proliferación de barras bravas de Independiente que se verifica en el edificio de Azopardo 802 desde que asumió el nuevo triunvirat o. Nadie supone que sean militantes de Susana Rueda.
Tampoco de José Luis Lingier i, que luce más bien como víctima. Todo parece indicar que se trata de admiradores del camionero Moyano, quien les franqueó dos pisos de la casa y también la cochera.
• Hostigamiento
Allí los seguidores de Independiente hacen de las suyas. Bromean con los visitantes y hostigan a los dirigentes que, suponen ellos, no están alineados con su líder. Uno de los agredidos de manera gestual -lo miraron muy agresivamente y le hicieron un par de bromas por lo bajo- fue Lingieri. Será quien encabece el planteo en favor de las buenas costumbres de esta semana.
Queda el interrogante: ¿para qué necesita Moyano de una guardia de barras bravas? ¿Tan poco lo quieren los gremialistas? ¿O será por temor físico frente a las aguerridas chicas de la señora Rueda? Cualquier respuesta vale aunque debiera el camionero mejorar sus compañías. No vaya a ser que le suceda lo que al piquetero Luis D'Elí a, que terminó dando explicaciones judiciales por su «mala junta». Igual sigue en libertad.
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